domingo 9/8/20

Los árboles mueren de pie

Trees die standing, miss Bottle, pero acaban cayendo. El principio literario -de Casona, creo-, no puede desafiar eternamente las leyes de la física y la falta de riego. 

Trees die standing, miss Bottle, pero acaban cayendo. El principio literario -de Casona, creo-, no puede desafiar eternamente las leyes de la física y la falta de riego. No es que Newton fuera jardinero, aunque le gustaran las manzanas para merendar y para explicar con metáforas la caída de los objetos, pero los árboles, si no se riegan, se secan, se mueren y se caen. Elemental, querido Watson.  

Si, hoy, Jardiel Poncela estrenara su comedia “Eloísa está debajo de un almendro”, el público madrileño pensaría que se trata de una obra satírica sobre la indiferencia municipal ante el deterioro de los parques y los jardines capitalinos, y que la tal Eloísa, en vez de yacer enterrada bajo un productor de almendrucos, había fallecido a causa del desplome de un árbol, como ayer pudo haber ocurrido, cuando dos árboles se desplomaron a la puerta de dos colegios, afortunadamente sin producir daños a niños, ni a adultos, claro.  

Dos personas han muerto en pocos meses en Madrid a causa de la caída de ramas, en una veintena de accidentes semejantes, que pueden ir a más en poco tiempo, dado el deterioro de la masa arbórea y en general de la flora de la ciudad.

At Madrid (Spain), trees die standing, miss Bottle, but not alone, los árboles no mueren solos, les ayuda la incuria municipal, la falta de agua, de abono, de podas adecuadas, de cuidados; es decir, de presupuesto. Y esta es otra herencia de aquel nefasto humanoide que desgobernó la ciudad durante unos años en que la capital del capital parecía la Tierra de Jauja, el Dorado y la Isla del tesoro tierra adentro y todo junto, pues tal fue el saqueo de las arcas municipales para acometer las gigantescas construcciones con que el alcalde-faraón quiso dejar memoria de su paso fugaz por esta vida, con el gravoso coste de legar a las generaciones venideras una deuda muy difícil de pagar.

Pero, en vez de criticar el desafuero de su compañero de partido e interesado mentor, y rechazar el cargo que, como un caramelo envenenado -poisoned candy, Miss Bottle- el artero alcalde le ofrecía, para, una vez roto de modo unilateral su compromiso con Madrid, poder volar hacia otros destinos de la administración, Ana Botella, imprudentemente o mal aconsejada, admitió las condiciones de la sucesión y con la vara consistorial aceptó el oneroso legado. Como si Madrid fuera una ciudad fácil de gobernar y la deuda contraída fuera una minucia. That’s all, my relaxed lady.     

Los árboles mueren de pie