jueves 05.12.2019

Elecciones 2019: la política continúa trufada por la religión

Pablo Casado, en la Semana Santa de Ávila.
Pablo Casado, en la Semana Santa de Ávila.

Muchos jóvenes (de izquierdas) aupados a la política en estos últimos años desconocen la importancia que tienen los principios laicistas para la democracia, para los derechos y las libertades

La política continúa trufada por la religión y no porque una parte de la campaña electoral de las generales y las autonómicas valencianas coincidan, en esta ocasión, en plena “semana santa”, sino porque la religión sigue impregnando la política institucional y la de casi todos los partidos políticos.

No es nada nuevo, en vísperas de unos nuevos procesos electorales, la casi totalidad de quienes toman las decisiones en los partidos políticos, se sitúan entre el nacionalcatolicismo más casposo... y/o una especie de neo-confesionalidad (de corte vaticanista), cuyos resultados (tras las elecciones del 28 de abril y del 26 de mayo) será, que no sólo no se avanzará en materia de laicidad institucional, sino que se corre el riesgo de que se establezcan sustanciales y muy peligrosos retrocesos.

Por un lado, la derecha (clásica) aviva las emociones religiosas nacional-católicas y patrióticas, sin ningún tipo de complejos...  y, por otro lado, la vieja y nueva izquierda o, más bien, quienes responden al centro izquierda político, tratan de evitar (en programas y discursos) que se hable de laicidad y de la enorme influencia y poder económico y político que las corporaciones religiosas mantienen desde la Transición y que, como se sabe, en algunas cuestiones y ámbitos han aumentado muy considerablemente.

Por ejemplo, el poder que ejerció el Opus Dei en la vida política durante la dictadura y aún después, se podría considerar poca cosa, comparada con el actual enorme “negocio de la caridad” y el potencial económico e ideológico que ha aumentado en la Enseñanza (universitaria y no universitaria), en todo lo que atañe al patrimonio cultural y en otros muchos ámbitos -más o menos ocultos- de la economía empresarial y financiera española, además del resurgimiento de potentes grupos de presión religiosa, sobre todo en la esfera del cristianismo, más o menos oficial, sin menospreciar otros grupos que existen en diversidad de religiones.

La paradoja que supone que haya una sociedad cada vez más secularizada, frente a unas instituciones y políticas partidarias cada vez menos laicas, hace que si algún día la derecha más rancia (a lo “Bolsonaro” o “Trump”, por ejemplo, o la que representan tantos otros populismos de corte religioso y neofascista que renacen en casi toda Europa), alcanzará el poder en España, algunos de los derechos civiles ya conquistados, con mucho esfuerzo, correrían enormes riesgos.

Y si eso ocurriera no habría que echar solo la culpa a la derecha política del momento, sino, sobre todo, a quienes, desde posiciones de centro izquierda, están poniendo alfombras de oro, por acción u omisión, para que ello pueda ocurrir.

No es una casualidad que, desde las intendencias electorales de partidos como el PSOE, Podemos (y algunas de sus confluencias) y algunos otros de tipo territorial o nacionalista hayan dado órdenes -expresas- para que no aparezcan en los programas electorales cuestiones que pudieran generar conflicto con los obispos y/o el Vaticano o con líderes de otras religiones. Además de recomendar que, en los mítines, comparecencias públicas, eslóganes, etc., aparezca lo menos posible, alguna mención a cuestiones relacionadas con la laicidad o a la construcción de un Estado laico.

Me da la sensación de que la cultura republicana y laicista del centro izquierda político es historia. No sé si algún día se volverá a impregnar la política en general (incluida la derecha), del pensamiento de Voltaire, de Spinoza, Locke, Condorcet... y de tantos otros ilustrados, que en plena era digital y del avance de la inteligencia artificial, son más necesarios que nunca tener en cuenta.

Muchos jóvenes (de izquierdas) aupados a la política en estos últimos años desconocen la importancia que tienen los principios laicistas para la democracia, para los derechos y las libertades.

Y ello conlleva un grave riesgo para la democracia, para la democracia de verdad, no para un modelo de convivencia tutelado por el capitalismo y por las corporaciones religiosas, que aunque aparezcan –hipócritamente- como “defensoras” de los pobres, de la ecología, de los migrantes, etc. (nada más y nada menos), son, en realidad, el brazo armado del capitalismo más depredador en todo el planeta, ocupando el poder en parlamentos, gobiernos y en el poder judicial.

En estos diez meses de gobernanza, el gobierno de Sánchez ha dado muy pocas “señales” de avances en cuanto a la separación del Estado de las religiones y sus socios en el ámbito parlamentario, (con ligeros matices) se han mantenido en la misma línea. Al menos en lo trascendental.

Podría citar decenas de ejemplos. Pero me ciño sólo a dos, muy recientes: En lo simbólico, está siendo un gran caos. El pasado 12 de abril, el Gobierno aprobó seis reales decretos por los que, como cada año, se concede el indulto a seis presos con motivo de la Semana Santa, a solicitud de diversas cofradías católicas, algo ilegítimo, casposo y ancestral. Este es un escueto ejemplo, un síntoma, pero hay muchos más. Y el segundo ejemplo, entre otros, es la tan cacareada reforma educativa que se ha propuesto y que en materia de laicidad no aportaba nada nuevo, al volver a la LOE de 2006 (PSOE), ley que deslizó una buena dosis de confesionalidad y mercantilización al sistema educativo.

Con el “voto del miedo” y las amenazas, que en esta campaña electoral abundan a izquierda y derecha, no se solucionan las grandes cuestiones pendientes que tiene la sociedad española y europea.

Mucho me temo que, en estos procesos electorales de 2019, va a haber mucho voto prestado, mucho voto contra algo o contra alguien. Y ese es un “voto basura”: “pan para hoy... y hambre...”. Aunque, por desgracia, es tendencia en toda Europa, en este XXI.

Algunos de los muchos amigos y amigas que estos días defienden, apoyan o, incluso, son [email protected] en partidos y coaliciones de izquierda y que aluden “al voto del miedo”, quizá no entiendan esta reflexión en este momento, pero no me importa. No es la primera vez que lo hago a lo largo de los procesos electorales con este y otros temas. ¿Duele?, evidentemente, a mí, al que más. Pero la verdad, vaya por delante y en política si cabe, más.

Desde luego, no seré yo quien pediré cuentas (expresas) a cierta derecha, sobre su tendencia anti-laicista, porque lo llevan en el ADN, como lo llevan los obispos y los líderes de otras religiones, pero (sí) repruebo a los líderes de la izquierda o del centro izquierda político, que renieguen de uno de los valores más universales para la paz y la concordia, para conquistar y salvaguardar los derechos humanos, la libertad de conciencia y la libertad de expresión de las personas, de forma individual y colectiva. Porque no colocar la laicidad en la agenda y en el centro del debate, es -en el fondo- renegar de ello. Y [email protected] lo saben muy bien.

Y sobre todo lo que más disgusto me causa, es que [email protected] líderes y asesores de la izquierda, utilicen -estos días- algunos de los argumentos más mezquinos de los líderes religiosos y de la derecha más reaccionaria, como: “el proyecto laicista va en contra de las creencias”. O esta otra batería argumentaria de falso corte electoralista “en tiempo electoral no queremos conflictos con las religiones” o ”esta vez tampoco toca, hay problemas más importantes sobre la mesa...”. Que, por desgracia, lo vengo escuchado, elecciones, tras elecciones. Y suma y sigue.

Demostrando, con ello, una muy preocupante incultura política, mucho cortoplacismo y enormes complejos. Pero, en realidad, más que electoralismo, lo que ocurre, además, es que estos partidos (viejos y nuevos), siguen y están trufados de lobbys y personas, que apoyan la actual situación de privilegios institucionales, de todo tipo, de los que disfrutan las corporaciones religiosas. Y ese statu quo no quieren alterarlo. Y no lo van a alterar, al menos en lo importante. Y si no, al tiempo.

Aunque, es una evidencia que la peculiaridad del momento hace que apenas queden espacios para debatir sobre cuestiones (de fondo) relacionadas con la democracia, los derechos civiles, la convivencia y las libertades. Y la LAICIDAD (con mayúsculas) es uno de los soportes fundamentales de toda DEMOCRACIA.

Elecciones 2019: la política continúa trufada por la religión