martes 28/9/21

Hugo di Perna: quizás una víctima más

Nuestro amigo Hugo se quitó la vida con la dignidad de quien no quiere vivir indignamente y en silencio, después de haber gritado con nosotros en tantas manifestaciones...

El sábado 22 de junio, recién comenzado el verano, mientras yo hacía unos arreglos en la casa donde almacené todas sus cosas durante nueve meses, nuestro amigo Hugo se ahorcaba en un puente sobre el río Manzanares. Nosotros lo hemos sabido ahora, cuarenta días después de la denuncia oficial de su desaparición, aunque la Policía descubrió su cuerpo el mismo día del suicidio, un suicidio motivado en parte por una ruina económica, consecuencia de esta estafa que llaman crisis.

Yo conocí a Hugo en sus buenos tiempos, cuando sobrevivía bien de sus trabajos de diseño y confección en teatro y musicales, o de los cursos en la Universidad, financiados por la Comunidad de Madrid. A lo largo de los últimos años habíamos coincidido en algunos eventos de amigos comunes, gente del cine y del teatro. Y también nos poníamos de acuerdo algunas veces para acudir a manifestaciones, desde que comenzó esta estafa que llaman crisis. Nunca le pregunté a quién votaba o dejaba de votar. Él me seguía, leía mis opiniones y artículos, y unas veces coincidíamos más y otras veces menos, pero siempre nos unía la indignación por esta estafa global y la rebeldía por intentar pararla.

Sin embargo, Hugo y yo comenzamos a intimar un poco más a raíz de un viaje a Almagro a comienzos del verano de 2010, invitado él a un homenaje al dramaturgo Francisco Nieva, con quien nuestro amigo había trabajado en alguna ocasión. Ahí fue cuando comencé a saber que Hugo, argentino de nacimiento, llevaba unos treinta años en España, que había sido propietario de una Escuela de Moda en Madrid, que había diseñado y confeccionado vestuarios para teatro y cine, y entonces comprendí por qué su agenda estaba repleta de actores, actrices, directores, productores, diseñadores, periodistas, etc.

Hugo entonces vivía todavía bien en su piso señorial del Parque de las Avenidas de Madrid. Sin embargo, en 2011 comenzaron a torcerse las cosas. Los encargos para cine y teatro siempre se posponían (“ahora no hay dinero” le solían decir) y la puntilla se la dieron con la supresión de los cursos de estampación que impartía a través de la Comunidad de Madrid. A finales de 2011 se vio obligado a dejar su vivienda y a viajar a Argentina para resolver una herencia complicada que podía haberle resuelto un poco la vida. Yo le aconsejé que no volviera, que se quedara en Buenos Aires, que ahora Argentina despuntaba y que allí, a pesar de no ser ya joven, con todo su curriculum podría encontrar trabajo decente, sobre todo en el tradicional y prestigioso teatro bonaerense.

Hicimos la mudanza y almacenamos toda su vida material en una casa de pueblo que tengo cerca de Madrid. Allí estuvieron sus cajas, libros y costuras durante nueve meses. Hugo se resistía a pensar que, después de tres décadas, España ya no tuviera sitio para un profesional como él y, cuando tuvo la certeza de que la herencia era más complicada de lo que le habían dicho, regresó a Madrid con un préstamo que le hizo su familia. Tuvo la suerte de trabajar en 2012, una vez más, para Jaime Azpilicueta, en el vestuario del musical My fair lady. Fue su último trabajo. A partir de ahí, otra vez las expectativas: unos cuantos vestuarios en proyecto que no terminaban nunca de cuajar. Hugo pagó algunas deudas y se quedó con lo justo para sobrevivir, esperando una nueva oportunidad, que no vino nunca más: ni vestuarios ni cursos…

Dicen que los pueblos latinos, de acá y de allá, tienen una actitud ante la vida que les impide seguir con ella si no pueden sobrellevarla con dignidad, y que prefieren quitársela antes de ser un incordio para familiares o amigos. Nuestro amigo Hugo tenía esa dignidad. La estafa que llaman crisis había reducido al extremo las posibilidades de sobrevivir con vestuarios para cine o teatro. Los cursos que impartía para la Comunidad de Madrid pasaron a mejor vida con los recortes. Y nuestro amigo Hugo dejó de ingresar dinero, un mes tras otro, acumulando impagos y más deudas. Quizá también a su última decisión se sumó la posible detección de un nuevo cáncer maligno que, sumado a su precaria situación económica, hizo estallar la paciencia de nuestro amigo. Su dignidad le llevó a no molestar a más familiares o amigos, a vivir en silencio su extrema debilidad y su decisión final.

Siempre he pensado que el suicidio es el acto más cobarde y al mismo tiempo más valiente que puede cometer un ser humano. Los clásicos greco-latinos también así lo entendían. Nuestro amigo Hugo se quitó la vida con la dignidad de quien no quiere vivir indignamente y en silencio, después de haber gritado con nosotros en tantas manifestaciones. Sin embargo, su último grito, el que sólo a él afectaba, se lo calló. ¡Hasta siempre, Hugo! En cierto modo fuiste una víctima más de esta estafa que llaman crisis y que a tanta gente de tu edad está dejando en la cuneta sin que a los grandes poderes les importe lo más mínimo. Ellos solo manejan estadísticas. Nosotros, los de abajo, manejamos emociones.

Hugo di Perna: quizás una víctima más