lunes 01.06.2020

La Gran Decepción

Ese sería el nombre que muchos asignaríamos a la crisis política generada en el sur de Europa tras la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la deuda soberana...

Ese sería el nombre que muchos asignaríamos a la crisis política generada en el sur de Europa tras la Gran Recesión de 2008 y la crisis de la deuda soberana en la Eurozona.

La “gran decepción” nos la han causado gobiernos y parlamentos que se han rendido a las directrices de la banca y de instituciones supranacionales, gobernando y legislando de espaldas a sus ciudadanos y defendiendo con sus medidas los intereses particulares de grandes corporaciones económicas.

La “gran decepción” nos la han causado grandes sindicatos en los que teníamos depositada una inmensa confianza, aquella que resultaba de convocarnos para enfrentarnos al poder político con grandes manifestaciones y huelgas generales que cortaran el paso a las soluciones neoliberales que recetaba dicho poder (mandatado por el poder económico) y con las que solo se pretendía salir de la crisis recortando el Estado del bienestar. Dichas movilizaciones no han conseguido esos objetivos, sumiendo a los grandes sindicatos en un callejón sin salida al comprobar que su músculo no ha doblegado el brazo ni al poder político ni al poder económico.

La “gran decepción” nos la han causado grandes medios de comunicación que antes de esta crisis se atrevían a cuestionar el poder económico y político y que, ahora con ella, solo sirven de correas de transmisión de un universal pensamiento único divulgado a diestra y siniestra, que aboga por el fortalecimiento de los sistemas políticos bipartidistas, los más cómodos al gran capital, del que los grandes medios de comunicación son una mera extensión.

La “gran decepción”, finalmente, nos la han causado los partidos socialdemócratas europeos que, bien por convicción, bien por rendición, han girado su ideario económico y lo han situado al borde del neoliberalismo, en esa fracción del progresismo que se llama social-liberalismo.

Todas estas grandes decepciones han aumentado el grado de desafección por las democracias representativas, alimentando bien el populismo bien la abstención, es decir, la huida hacia delante, hacia soluciones extremistas (con xenofobia y racismo incluidos) o hacia el total abandono del homo politicus, que se convierte en homo solitarius y lucha solo por aquello que le reporta algún beneficio individual.

Con esta terrible solución, los ideólogos de las crisis capitalistas y sus brazos políticos, los neoliberales, están obteniendo una victoria inesperada, aquella que resulta de la inacción de los agentes que protagonizaron el nacimiento y consolidación del Estado del bienestar: partidos socialdemócratas y sindicatos de clase. Ambos han renunciado a dar la batalla por dicho Estado, aceptando sin más que su demolición forma parte del legítimo juego político establecido por la alternancia en el poder y de las soluciones que quien lo ocupa temporalmente crea que son necesarias para salir de la crisis. Una prueba más que evidente de dicha renuncia es la complacencia con la que partidos socialdemócratas y sindicatos de clase admiten el uso desmedido de la fuerza por parte de los gobiernos neoliberales que ocupan el poder no solo en España, Grecia o Portugal sino también en otros países donde igualmente surge la protesta indignada ante medidas que recortan los derechos y el poder adquisitivo de los ciudadanos para salvaguardar grandes intereses económicos de grupos poderosos.

Estos dos entes fundamentales del Estado del bienestar, partidos socialdemócratas y sindicatos de clase, creen que el regreso al poder les permitirá recomponer la merma de dicho Estado. En realidad, con su actitud ocultan lo que saben: que ya no será posible concebir una Europa social como la que se había construido en la segunda mitad del siglo XX, al menos por unas cuantas décadas. ¿Por qué lo intuyo? Por el silencio y la sordera que imprimen a la expulsión del sistema económico de cientos de miles de ciudadanos sin que se les ocurra otra cosa que dejar constancia de su rechazo en acta pública parlamentaria o mediática.

Cuando ni las manifestaciones ni las huelgas sirven ya de acicate para que los gobiernos reculen en sus infames decisiones, me viene a la memoria aquel último parte de guerra que decía: “cautivo y desarmado el ejército rojo…”. En esas estamos: “cautivo y desarmado el Estado del bienestar y sus defensores…”.

La Gran Decepción