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lunes. 15.08.2022

Gracias, presidente Suárez

Más allá de diferencias ideológicas, la transición fue pilotada por Adolfo Suárez con aciertos y desaciertos...

En el día de su sepelio, me sumo a las condolencias por el fallecimiento del expresidente del Gobierno, Adolfo Suárez, y reconozco la labor desempeñada por él durante los años de la transición a la democracia. Asimismo, agradezco al expresidente Suárez su valor y coraje para enfrentar un proceso complicado en el que tuvo que vérselas con distintos sectores que querían impedir, ralentizar o acelerar la transición a un régimen democrático y que, en algunas ocasiones, hicieron peligrar el camino que la inmensa mayoría de la sociedad española quería recorrer en paz y libertad.

Más allá de diferencias ideológicas y de defectos o limitaciones, la transición fue pilotada por Adolfo Suárez con aciertos y desaciertos, pero con un horizonte claro y un objetivo final, que se consiguió con la promulgación de la Constitución de 1978, texto que, por otro lado, necesita de una reforma total o parcial que corrija las carencias que la crisis económico-política actual ha puesto encima de la mesa.

Adolfo Suárez supo ver las nuevas formas políticas y económicas que necesitaba España después de una larga y cruenta dictadura, y supo dirigir el proceso de distanciamiento con el régimen franquista, coordinando los deseos de una clase política aperturista con las demandas de una oposición social y política que llevaba años expresándose en las fábricas, en la Universidad y en la clandestinidad.

Las transformaciones políticas profundas y pacíficas solo son posibles si la presión social consigue cambiar el inmovilismo de quien gobierna. Adolfo Suárez convenció a quienes desde el poder tenían la llave para que las puertas de la democracia que la sociedad española demandaba desde hacía años se pudieran abrir sin romper la paz social que dicha sociedad se había dado a sí misma para no repetir los estragos de épocas pasadas. Solo por ese mérito, el expresidente Adolfo Suárez merece el respeto y la consideración de la sociedad española, lo que no impide la crítica a otras debilidades y carencias de la transición, que seguimos pagando los de siempre.

    No comparto el desmerecimiento con el que le trata  cierta izquierda, achacándole la responsabilidad de haber descafeinado una transición hacia un régimen más justo y equitativo para la clase trabajadora y para la España que había perdido la Guerra Civil. Esa izquierda parece olvidar las circunstancias dificilísimas en las que tuvo que operar Adolfo Suárez, con unos poderes fácticos franquistas tutores del proceso de transición a la democracia. ¿Qué hubiera sido de la misma si el Rey hubiera elegido a otro?

Creo que Adolfo Suárez hizo mucho más de lo que esperaban dichos poderes fácticos y, por eso mismo, en cuanto comenzó a gobernar en 1977, ya como presidente legitimado por las urnas, conspiraron contra él, pues descubrieron que los horizontes que se había marcado traspasaban los límites de una ideología conservadora-liberal, estando su acción de gobierno incluso más cerca de la socialdemocracia que el propio ideario de Felipe González, como han apuntado en varias ocasiones políticos y periodistas que vivieron aquellos años de gobiernos suaristas.

Algunos también le achacan la maldad de haber favorecido al Partido Comunista solo con el objetivo de dividir a la izquierda, en un intento de reproducir aquí la escenografía electoral italiana, de manera que un partido de centro-derecha gobernara de manera permanente, con más o menos apoyos a un lado o al otro de la bancada parlamentaria. En ese sentido iría el diseño del sistema electoral que su Gobierno aprobó, y que en lo básico permanece invariable en la actualidad. Puede que esa maldad fuese cierta, pero también lo es que Suárez no podía dar por sentado entonces que siempre PSOE y PCE fueran a estar divididos. Y, por otro lado, el PSOE ha gobernado 21 años y nunca ha cambiado dicho sistema electoral para hacerlo más proporcional, como tampoco ha modificado los acuerdos preconstitucionales con la Santa Sede, al igual que tampoco ha acometido una reforma del Poder Judicial que hubiera limpiado éste de personajes franquistas, ni tampoco ha embridado el enorme poder de las patronales bancaria y empresarial.

Que dicha izquierda se fije más en los vacíos que Suárez dejó en el camino que en los huecos que no llenaron los supuestos gobiernos progresistas de González y Zapatero tiene, cuanto menos, algo de guasa. Ya me hubiera gustado a mí ver al propio González, a Carrillo o a Tierno Galván con la mitad del arrojo que Suárez le echó al asunto frente a esos poderes fácticos que llevaban cuarenta años acostumbrados a mover los hilos. Solo por esa determinación, que causó sorpresa hasta en la izquierda menos moderada, ésta debería reconocerle hoy su papel y agradecerle, aunque sea un poquito, el esfuerzo que puso en incluir a esa izquierda en el nuevo régimen democrático,  con lo que estaba cayendo entonces.

No soy monárquico ni suarista pero tanto al Rey como a Suárez les reconozco el mérito y la valentía de haber restaurado el juego democrático antes que el régimen constitucional, pues desde julio de 1976 a diciembre de 1978 Don Juan Carlos no hizo uso de algunos poderes franquistas heredados como Jefe de Estado para facilitar la transición y Adolfo Suárez se jugó el todo por el todo para que nosotros, hoy, disfrutemos de esta democracia constitucional que tantas mejoras necesita.

Gracias, presidente Suárez