lunes 26/10/20

Estado de desecho

Hay que endurecer las leyes, hay que dotar de más medios a Justicia y Fiscalía, independizándola del Gobierno...

Conversaba yo una tarde con un buen amigo sobre la diferente cultura política entre los pueblos latinos de Europa y los pueblos germanos y nórdicos. Metafóricamente, le sintetizaba la diferencia entre unos y otros con respecto a lo colectivo, a lo que es de todos (la res publica o cosa pública que llamaron los antiguos romanos). Le decía yo a mi amigo, grosso modo, que en los países del sur de Europa el ciudadano piensa de su vecino, amigo o familiar: “haz lo que quieras con tus asuntos o negocios siempre que no me jodas”; mientras que en los países nórdicos de Europa el ciudadano piensa de su vecino, amigo o familiar: “haz lo que quieras con tus asuntos o negocios mientras no nos jodas a todos”. Y de ahí se deriva toda una actitud política que lleva a unos y otros, europeos del sur o del norte, a ser o no fiscalizados, a ser o no denunciados.

En una emisión de La Sexta Noche, Íñigo Errejón, de Podemos, le decía a un contertulio que “la casta” había convertido el Estado de Derecho en un desastre, y yo le apuntaba desde el sofá: “en un Estado de desecho”. Esa es la percepción que hoy tiene la mayoría de ciudadanos españoles ante la riada imparable de corruptelas políticas y empresariales que se están sucediendo últimamente, semana tras semana, y que recuerda a los últimos años de los gobiernos de Felipe González, cuando los españoles nos desayunábamos, semana sí, semana también, con algún nuevo caso de corrupción política, siempre aparejada a la corrupción empresarial. Hay dos pautas que se repiten machaconamente: maridaje entre políticos y empresarios, y corrupción absoluta allá donde hay mayorías políticas absolutas.

Le decía yo a mi amigo que la corrupción en los pueblos latinos de Europa es ancestral, forma parte de su Historia, de su cultura, está asociada a la política como un mal menor o mayor que hay que soportar para que el Estado funcione medianamente. Y esa corrupción en la política típica de los pueblos latinos es la que, con profusión, exportamos los españoles a América Latina, cuando la conquistaron y colonizaron nuestros antepasados. No es que no haya casos de corrupción en el centro y norte de Europa –con muchísima menor frecuencia, desde luego-, que los hay, sino que la diferencia en la reacción de gobiernos y ciudadanos es tan abismal que, en nuestros territorios latinos y mediterráneos, hemos hecho de esa corrupción un motivo más de resignación, costumbrismo y humor. Hasta ese punto nuestros pueblos, cálidos y familiares, están sometidos al chantaje de la política, a su -parece que permanente- simpatía con el lucro y la mentira.

La corrupción político-empresarial va ligada, sin duda, al poder y al dinero. “De donde no hay no se puede sacar”, que dice el refranero popular. Y así, la conquista de América –con el sistema de encomiendas-, la industrialización del XIX –con su financiación pública y su gestión privada-, el desarrollismo económico de la segunda mitad del franquismo, la europeización iniciada en los ochenta con los fondos de cohesión comunitarios y, finalmente, la expansión ligada a la burbuja inmobiliaria de las dos últimas décadas, dibujan los períodos más excelsos de la Historia de la corrupción política en España.

Sin embargo, el neoliberalismo tan desmedido con el que se ha acompasado la globalización económica en nuestro país ha llevado a los corruptos a cometer desmanes sin medida ni contención, amparados en un bipartidismo que todo lo controlaba y con el que se creían a salvo corruptores y corrompidos. Griegos e italianos saben bien de lo que hablamos en España. Ahora nos toca a nosotros, parece, y la democracia liberal, el Estado de Derecho, tan controlado por el poder económico y financiero, comienza a resentirse tras décadas de impunidad. Porque, no lo olvidemos, las leyes contra los corruptos las han ido haciendo los mismos políticos que sabían que tendrían que aplicarlas contra ellos jueces y fiscales. Y de aquellos barros, estos lodos, como también nos ilustra el refranero popular.

Sin embargo, parece que esta Gran Recesión iniciada en 2008 ha desnudado los entresijos de lo que, en ciertas latitudes, ha intensificado dicha crisis económica y, apabullados, los ciudadanos nos hemos despertado de un sueño en el que dormíamos tranquilos. Afortunadamente, la tolerancia con la corrupción se está resquebrajando y ya, votantes de izquierda o de derecha, parecen dispuestos a no asumir -en este escenario de recortes y empobrecimiento- ni una excusa más contra los corruptos que se han llenado los bolsillos en connivencia con los gestores públicos, en quienes votantes de unas y otras opciones han depositado su confianza para administrar lo que es nuestro, lo que es de todos.

Así, el análisis que desde cierta izquierda se hacía de esta crisis económica se revela ahora certero y demoledor. Dicha crisis, en España, se agrandaba por un cáncer concreto: la falta de control, de transparencia, en la gestión de lo público, y la falta de responsabilidad penal y civil en los procesos judiciales contra los corruptos, que no devuelven lo robado o beneficiado, y que además no cumplen en prisión el tiempo proporcional a la traición cometida en la confianza de los ciudadanos que, además, les han pagado durante años su sueldo público. “Hay que cambiar el sistema político”, decían dos alcaldes del PP esta semana, tras el escándalo Granados. Bienvenidos a la familia de los antisistema y populistas. Parece que no se creían que el sistema había tocado fondo…

Y cambiar el sistema no es limitar o acabar con la democracia, como falsamente acusan peperos y sociatas a los de Podemos y Ganemos. Cambiar el sistema es mejorar la democracia, haciéndola más transparente y poniéndola al servicio de los ciudadanos para que éstos puedan fiscalizar la gestión de lo público que hacen unos cuantos representantes políticos que esos ciudadanos han elegido en unas urnas, ya que con ese mandato dichos representantes nombran asesores, directivos y cargos de confianza para administrar la res publica. De eso se trata, entre otras cosas. De mejorar la democracia, ampliándola, abriendo el foco a la ciudadanía, para que pueda observar lo que pasa dentro de esa democracia y para que pueda denunciar lo que se corrompe a la mínima sospecha. Puertas y ventanas abiertas o transparentes…

Solo Podemos, con su denuncia clara y meridiana, con su metodología interna y con sus propuestas de control ciudadano, podrá emprender la regeneración del sistema, el reseteo de nuestra democracia, que inicialmente anunció Equo. Y, por supuesto, IU tendrá que sumarse, si no quiere caer también con PP y PSOE, por acompañamiento sospechoso o resignado en ciertos gobiernos que sostienen con su coalición o apoyo parlamentario. Y muchos otros partidos políticos, claro que sí, tendrán que unirse a ese proyecto de todos por salvar nuestra democracia, por rescatarla de los que quieren seguir secuestrándola para beneficio propio o partidista.

Hay que endurecer las leyes, sin duda; hay que dotar de más medios a la Justicia y a la Fiscalía, independizándola definitivamente del Gobierno; hay que encarcelar a los corruptos hasta que devuelvan lo que han robado; hay que expulsarlos inmediatamente de los partidos; hay que poner en manos de los ciudadanos y no de las administraciones los concursos, contratas y adjudicaciones públicas, a modo de jurados populares. Hay muchas cosas que se pueden hacer para limpiar la política de corruptos, pero nada se conseguirá si los políticos, y solo ellos, se siguen controlando a sí mismos. Ha llegado la hora de que los ciudadanos entren en política, por tiempo tasado y sin hacer de la misma una profesión vitalicia. Ha llegado la hora también de que los ciudadanos fiscalicen la actividad política, desde fuera y sin intereses en la gestión pública. Y eso solo podrán llevarlo a cabo aquellos partidos políticos que nos ofrezcan nuevas ideas, nuevos gestores y nuevos métodos para atar en corto a los administradores de lo público. Cada vez más gente se da cuenta de quiénes son esos partidos porque cada vez más gente tiene presente aquel cartel que el 15M hizo tan popular: “no hay pan para tanto chorizo”.

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