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jueves 19/5/22

La soledad del inquilino

Quienes nos hemos pasado la vida viviendo de alquiler, y con la seria intención de seguir haciéndolo mientras nos dejen (la salud, el trabajo y el mercado inmobiliario), no hemos padecido ese abuso bancario de las cláusulas suelo por el que de la noche a la mañana gobierno, oposición  y otra gente del montón (cientos de bufetes de abogados que ahora se publicitan hasta en los autobuses urbanos) se tiran de los pelos espantados ante este ¿nuevo? caso de, ¿cómo llamarlo?, ¿fraude?, ¿atraco? perpetrado por esa gente con corbata a la que tanto se ha admirado en este país.

No deja de resultar curioso que, hasta hace nada, a atracadores, atracados y gobiernos varios, todo esto de las hipotecas y la compra de pisos (habitualmente sembrada de irregularidades, por no decir trampas) les parecía una cosa de lo más normal, la ley del mercado, decían. La gente, con tal de tener un piso en propiedad, mandamiento que parecía provenir de alguna ley familiar, gubernamental e incluso divina, estaba dispuesta a dejarse hacer de todo; quizá no gustosamente, pero sí con el templado espíritu de quien cree estar cumpliendo con lo que se espera de él y… bueno, que comprar un piso desgravaba mucho y nadie quería ser el más tonto del pueblo. Para esa figura ya estábamos nosotros, los inquilinos, esos pobres desgraciados a los que el gobierno de Aznar retiró sus escasas prebendas fiscales como paso previo a una suerte de criminalización que ha perdurado hasta nuestros días.

En la época de la burbuja, quien se compraba un piso, no solo aceptaba todo tipo de gastos extraordinarios y disparatados, sino que, muchas veces, asumía que el precio que aparecía escriturado iba a ser inferior al que en realidad le iba a tocar pagar. Quizá, algún día, pueda reclamarse también este abuso, me temo que difícil de justificar. Mientras tanto, los banqueros españoles se ven ahora obligados a devolver todo el dinero cobrado indebidamente a sus clientes, eso sí, con la cabeza bien alta, sin ponerse colorados, vaya. Y todos esos bufetes frotándose las manos, y, además, “sin comprometer la solvencia de las entidades”, según el Presidente de la Asociación Española de Banca. Así que todos tranquilos, parece ser que para pagar sus pufos, de momento, les llega con el dinero que ya les dimos para el rescate de todo el sistema hace unos años.

Mientras tanto, nosotros, los parias, los inquilinos solitarios, seguimos pagando nuestros cada vez más altos alquileres sin hacer demasiado ruido, no nos vayan a aplicar un desahucio exprés, sin leche ni nada.

La soledad del inquilino