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miércoles. 08.02.2023

Nieve

nieve carreteras

Si hay algo que pueda proporcionarnos cierta seguridad respecto al azaroso caos que se advierte ahí afuera, cierto equilibrio en la familiaridad de su repetición, es el ciclo de las estaciones. A pesar del cambio climático, de la evidencia de que antes llovía más y hacía más frío y de que ya no hay inviernos como los de antes, todos los años acabamos pisando las mismas hojas muertas del otoño, comiendo setas de temporada y fantaseando con tardes antiguas y lentas,con ese olor acastañas asadas que, repentinamente, inunda las calles de la ciudad. La primavera, por ejemplo, se nos presenta a menudo en forma de estornudo y un incesante carrusel de noticias acerca de lo insidiosas que vendrán las alergias este año. Y como siempre, mientras lidiamos con picores e irritaciones, nuestro corazón se emociona con el regreso de tan amables temperaturas y esas fragancias marinas que la brisa arrastra tierra adentro dejándonos un regusto de verano infantil. Porque, en la caprichosa mecánica del recuerdo de las cosas, el verano siempre es la memoria de la infancia, aquellas tardes interminables de agosto en las que uno podía aburrirse a conciencia, callejear y encontrarse con los amigos en cualquier esquina (el WhatsApp de aquel entonces, la acera, y no hace tanto, que estoy hecho un chaval). Ay, el verano; por muy malo que venga, siempre nos regala algunos días de playa o piscina. Aunos, todavía hoy, vacaciones, y a otros el recuerdo de las que tuvieron alguna vez. Pero el calor siempre acaba llegando, como las caravanas de la llamada Operación Salida, sin contemplaciones. Lo mismo que el frío de enero y las lluvias y la nieve, ese fenómeno meteorológico que hay quien cree indefectiblemente causa y efecto del gobierno de turno, de algún empresario maléfico o de la incompetencia atmosférica de los presentadores del telediario o de los servicios de emergencias. Es imperdonable que la concesionaria de una autopista obligue a pasar por caja a sus usuarios atrapados por la nieve o por las espeluznantes colas que se forman frente a los peajes, como ha pasado tantas veces, pero también lo es la estupidez de quien decide saltarse todas las advertencias y subir al Angliru por diversión para luego exigir que otros arriesguen la vida para ayudarle. Toda nuestra tecnología no puede contra la fuerza de los elementos. Siempre es lo mismo, la nieve, la inconsecuencia, y eso de que “la culpa de todo la tiene YokoOno”… En fin.

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