lunes 27/9/21

La vida, una banda sonora

musica

Hay momentos en la vida, épocas enteras o situaciones muy concretas, incluso sucesos fugaces que, no obstante, se quedaron grabados en un lugar privilegiado de la azarosa caja oscura de la memoria, cuya evocación está íntimamente relacionada con la música. No dejaba de sonar por todas partes Ni tú ni nadie, de Alaska y Dinarama cuando mi infancia se vio sacudida de pronto por el gran calambre del amor. Ella tenía el nombre inolvidable de un grandioso continente. No creo que los platónicos devaneos de aquella primera experiencia romántica y también, ya de algún modo, sexual durasen más allá de un verano y, sin embargo, en las escasas ocasiones en que he vuelto a escuchar esa canción, su recuerdo regresa y con él aquellos años que parecían eternos y que ahora poseen una luz nostálgica como de atardecer en tecnicolor y que, todo hay que decirlo, bien podrían pertenecer a cualquier otra persona; a otra vida.

Recuerdos con banda sonora. Eso es lo que pensé este verano en O Grove cuando volví a ver a Los Enemigos en concierto y de nuevo hace unos días en el Garufa club, donde Josele Santiago vino a presentar Transilvania, su último disco en solitario. Llevaba muchos años sin escucharlos. Los Enemigos se habían separado en 2002 y, a pesar de su reencuentro en 2012, yo parecía estar ya en otra cosa. Mis gustos musicales se habían ampliado mucho y el rock que tanta presencia había tenido en mi juventud había dejado paso a otros géneros y estilos. Tener a ese grupo mítico de nuevo delante de mí, su sola presencia en el escenario, constituyó una suerte de flashback maravilloso. La música es una máquina del tiempo. Tenía veinte años y sus letras no eran un himno sino una suerte de tratado filosófico, “Me alegra que puedas trabajar y sepas hacia donde vas, muy bien chaval… pero a mí me sabe tan mal. Yo no quiero ser feliz”, un canto a la lucidez, “Debes ganar y pisar fuerte, hay que impresionar. Vas a flipar, tendrás que ser mejor que los demás…”

Tantos años después Josele sigue transmitiendo todo ese descreimiento, el desencanto que tantas veces resbala por los márgenes de la vida, “Prestao el nombre, prestao el pan…” para la comodidad de muchos. Verlo de nuevo, plantado delante de mí con su guitarra, hidratándose ahora con una botella de agua mineral, me trajo de golpe aquel tiempo, aquel Fernando de entonces, tan distinto y tan el mismo. Y a seguir.

La vida, una banda sonora