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sábado. 04.02.2023

La hipocresía de la muerte

La gente muere ametrallada en las calles de París y sube la cotización de las empresas de armamento. ¿Acaso todo esto tiene algún sentido?

Es un cliché muy extendido el sentir cierta lástima, incluso aprensión, por quienes han orientado su carrera profesional hacia el sector funerario. Sin embargo, todos estamos de acuerdo en que se trata de una tarea que no solo reporta beneficios económicos, sino sociales. Una huelga indefinida de los servicios funerarios provocaría una crisis social, de salud pública e incluso moral sin precedentes. Nos puede parecer una forma triste de ganarse uno la vida debido al drama permanente en que se desenvuelve cada jornada laboral, incluso tenebrosa, por el tabú y el miedo que la muerte entraña para nuestra sociedad, pero a nadie se le ocurriría poner objeciones al desarrollo de su labor.

Morirnos es lo peor que nos puede pasar (desde un punto de vista teórico, claro, porque en determinadas circunstancias, la práctica de la vida puede ser el mayor de los suplicios). Si nos pasásemos la vida pensando en la muerte que nos espera, muchas de las cosas que hacemos diariamente carecerían de sentido. Así pues, dejamos la muerte a un lado y cuando no queda más remedio que hablar de ella lo hacemos en bajito. La muerte se susurra, se adorna con flores y, finalmente, se deja en manos de profesionales con trajes oscuros, rostros serios y ademanes sigilosos. 

Otra industria relacionada con la muerte es la armamentística, y, a pesar de la crudeza de su labor y su dudosa moralidad, socialmente, se trata de un sector mejor valorado que el funerario.

En buena parte del planeta es ilegal, por ejemplo, cultivar plantas de marihuana, fumarse un porro en la calle, llevar en el bolsillo una cantidad inocua de hachís para consumo propio, también pasearse desnudo o beber alcohol a plena luz del día… y, sin embargo, con más o menos restricciones, uno puede comprar, vender y portar armas de fuego sin el menor problema legal.

¿Existirá un registro tan meticuloso de las armas y su munición como para que el operario que fabricó el fusil o la bala que mató un día cualquiera a cualquier ser humano en cualquier parte del mundo, pueda llegar a conocer el destino final de su labor, quizá desarrollada en una jornada algo tediosa, un día en que solo pensaba en salir pronto del trabajo para tomarse unas cervezas con los amigos? ¿Y para el directivo, el empresario, el exportador, el inversor… el legislador?

La gente muere ametrallada en las calles de París y sube la cotización de las empresas de armamento. ¿Acaso todo esto tiene algún sentido?

La hipocresía de la muerte