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sábado. 28.01.2023

Los conflictos ficticios de la política

Había pensado escribir sobre Cataluña y todo ese teatro de declaraciones y trascendencias, de gestos solemnes y desobediencias burguesas.

Había pensado escribir sobre Cataluña y todo ese teatro de declaraciones y trascendencias, de gestos solemnes y desobediencias burguesas colmadas de una excitación reivindicativa como de activismo insurgente o pro derechos civiles (símil que el propio Artur Mas no tuvo reparo, ¿vergüenza?, en emplear para justificar la proclamación independentista del parlamento catalán del pasado día 9 de noviembre. Ya lo ven, Mas como la Rosa Parks de los catalanes). Había pensado ser irónico, mofarme un poco de todo ese ajetreo de banderas y palabras rotundas, del dramático sentimiento de opresión de quien jamás ha tenido alrededor del cuello otra cosa que sus corbatas, del grito desgarrado de libertad de quien tiene el privilegio de disfrutarla plena y pacíficamente como pocas veces ha ocurrido en la historia de la humanidad… En fin, que había pensado bromear sobre la épica de la frivolidad, el boato de la irresponsabilidad, la relación entre el aburrimiento y la estupidez (citando, por supuesto, las ingeniosas palabras de Fernando Savater en su Diccionario filosófico y la genial Teoría de la Estupidez de Carlo Maria Cipolla), y, para terminar, hacer hincapié en la hondura sentimental de los felpudos del Ikea. Pero, qué quieren que les diga, no estoy de humor. Cada vez siento un mayor desinterés por los conflictos ficticios de la política. Para conflictos ficticios prefiero los de una buena novela. La política ficticia me desencantó hace tiempo, debido, entre otras cosas, a aquella profusión de aeropuertos sin aviones, megalómanas e inútiles Cidades da Cultura, Palacios de las Artes… y, más recientemente, al desmantelamiento de la Sanidad y la Educación públicas como solución (ficticia) a la crisis financiera (de los financieros, más bien), al mismo tiempo que empezaban a florecer todas esas cajas B de la política (real, esta vez) y sus correspondientes cuentas en Suiza como gran metáfora de la neutralidad ideológica que representa la corrupción.

Y hablando de corrupción, ¿alguien tuvo la oportunidad de ir a ver B, la película de David Ilundain sobre el caso Bárcenas? No era fácil, porque solo llegó a exhibirse en dieciséis salas de todo el país… Normal, aquí las únicas películas sobre corrupción política que interesan son las americanas… ¡qué buena Todos los hombres del presidente!, ¿recuerdan? Cabría preguntarse, tal como hacen los creadores de B, si en este país ¿la verdad no cambia nada?

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