martes. 16.04.2024

En el amor, siempre principiantes

Releo a Raymond Carver y vuelvo a maravillarme con cada relato, con cada situación, con cada personaje. He vuelto a Principiantes, ese libro que antes se llamó De qué hablamos cuando hablamos de amor y que en 2009 se reeditó bajo este nuevo título en una revisión que incluye los textos originales del escritor norteamericano antes de que su editor decidiese recortarlos, casi en un cincuenta por ciento, para su publicación en 1981.

La prosa de Carver es directa, fotográfica, y posee una intensidad que tiene que ver con la humana y mundana cotidianidad de las escenas que describe con minuciosa melancolía. Casi todos los relatos me provocan un íntimo desasosiego. Yo soy un mero espectador guiado por la cámara fija del narrador, un espectador enganchado a cada historia de frustración, de fracaso, de violencia que se desarrolla en una cocina, en un bar, en el patio trasero de una casa. Sin embargo, ese relato que da título al libro, Principiantes, entre todos ellos, me parece sublime. Su estructura compendia la esencia de la forma de escribir de Carver, de esa corriente literaria que se dio en llamar “realismo sucio” y de la que él, junto a mi también admirado Richard Ford, fue máximo exponente. Principiantes es un relato de unas treinta páginas que se desarrolla íntegramente alrededor de la mesa de una cocina. Dos parejas pasan la tarde del sábado bebiendo ginebra. No sabemos nada de ellos salvo por los detalles que el narrador, uno de los personajes, deja traslucir a través de la conversación que mantienen y los gestos y actitudes que describe. Hablan del amor, de las diferentes formas que puede llegar a adoptar y de las consecuencias que tiene para las vidas de las personas atrapadas en su delirio o en el vacío que tantas veces deja a su paso. Porque el amor puede llenar de sentido nuestra vida o arrasar con todo, puede hacer que nos sintamos completos o mutilados, dichosos o terriblemente infelices. En el tono de la conversación, en la tensión velada que poco a poco va enturbiando la tarde, en el trasiego de ginebra, uno advierte todas las cicatrices que el amor ha dejado en las vidas de aquellos personajes extraños y a la vez entrañables. Por momentos uno tiene la impresión de estar allí con ellos, emborrachándose lentamente, asintiendo con la cabeza cuando uno de ellos dice: “¿Qué sabemos cualquiera de nosotros del amor? Me da la impresión de que en el amor, no somos más que unos completos principiantes”.

En el amor, siempre principiantes