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miércoles. 28.09.2022

Obesos, fumadores y otras lacras

Me escribe mi amigo J. Swift, irlandés residente en Londres, lo siguiente: “Es un asunto melancólico para quienes frecuentan ciudades y villas ver los dispensarios, ambulatorios y hospitales atestados de fumadores, de obesos e incluso (qué despropósito) de fumadores obesos. Aquí, en el Reino Unido, el Sistema Nacional de Salud (NHS) anuncia que, salvo en casos muy graves y como medida para ajustar costes, dejará de operar a los pacientes con sobrepeso, a quienes abusan del cigarrillo y, obviamente, a aquellos en los que coincidan ambas circunstancias. Los dirigentes de la NHS pronostican que en el futuro tomarán "más y más" medidas de esta guisa, con el equilibrio presupuestario como meta.

Por mi parte, habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su cálculo. Porque la población tabaquista y con exceso de michelín no enjugará el déficit por sí misma, ni en nuestras islas, ni el continente.

Se hace imperativo ampliar los nichos de recorte presupuestario y candidatos no faltan. Para que no digan, me pongo el primero, como gordo y fumador. Pero hay muchos más. Por ejemplo, atendiendo a las estadísticas de siniestralidad, los automovilistas heridos en tránsito o estacionamiento podrían ser incluidos también en la relación, pues saben de los peligros de ir al volante. Igual que los consumidores de alcohol, cafeína, colesterol, azúcares y, en general, cualquier alimento procesado, tercamente sordos a los consejos del endocrino.

No debemos olvidar el enorme coste que supone atender a quienes, ya jubilados y ociosos, en lugar de crear startups derrochan recetas y atenciones para sus males crónicos. Y que resultan casi tan ineficientes desde el punto de vista económico como podrían serlo los niños si viviéramos en un planeta superpoblado. No deberían escapar de nuestra atención tampoco esos flojos que, pudiendo ascender a base de esfuerzo por el ascensor social hasta la subdirección adjunta de una gran empresa, con derecho a seguro privado, se empeñan en estar de pie en la caja ocho horas al día o en subirse a un andamio, con los consiguientes riesgos para las cervicales y para la contabilidad nacional.

Runners, domingueros y deportistas sin federar en general son otros atolondrados e insolidarios responsables de gastos que podrían evitarse optando por el yoga o la contemplación. Por no hablar del propio personal sanitario, protagonista del más absurdo de los dislates. Es inconcebible que, por ejemplo, un doctor acuda a ser tratado... ¡por otro doctor! ¿De verdad son necesarios dos médicos para un diagnóstico? Gente perfectamente instruida para solicitarse cita previa, vendarse, recetarse ibuprofeno cada ocho horas o, llegado el caso, operarse de apendicitis prefiere, egoístamente, solicitar una segunda opinión. A costa de nuestro bolsillo, claro. Intolerable.

A lo tonto, a lo tonto, añadir todos estos colectivos a la lista de apestados haría innecesaria la propia existencia del sistema sanitario. Los hospitales podrían, con el ahorro que eso supone, convertirse en morideros, espacios de beneficencia sufragados por la caridad de ricos filántropos y en los que resignarse al dolor antes del adiós. Ojo, que esto último no es idea mía, la pretensión era aportar una modesta proposición al debate, no ser beatificado ni canonizado por ello”.

Obesos, fumadores y otras lacras