viernes 6/8/21

El debate de las sillas vacías

No es Rajoy, a pesar de su querencia por buscar las tablas tras el plasma, un caso aislado o el único llamado a escabullirse.

En 2012, el candidato Mitt Romney pidió y obtuvo el apoyo de Clint Eastwood para su campaña presidencial. Durante la convención republicana en Tampa, el actor y director subió al escenario y entabló un debate-elpais-20d-2imaginario diálogo con una silla vacía, preguntando a un no menos imaginario Obama por las promesas incumplidas durante su primer mandato al frente de la Casa Blanca.

El truco escénico fue empleado también por Pablo Iglesias durante el debate a cuatro en el que (algunos) candidatos a la presidencia del Gobierno debatieron sin Rajoy en el plató. El atril desocupado, reservado al candidato popular y presente aún a sabiendas de que no acudiría a la cita, hacía aún más patente su ausencia… Y poco más.

Porque finalizado el encuentro, una de las televisiones que lo emitió mostraba en pantalla una encuesta según la cual el ganador del debate era precisamente el candidato huidizo. Otra encuesta afirmaba que un 70 por ciento de los preguntados reprochaba el escaqueo, entre ellos uno de cada cuatro votantes del PP, lo que visto desde otro ángulo viene a decir que al treinta por ciento restante igual le da la presencia que la renuncia, y ese es un porcentaje de voto que todos firmarían el 20D.

Obama respondió a la teatral interpretación de Eastwood publicando en Twitter una foto en la que aparecía sentado en el sillón presidencial, acompañada de la siguiente frase: “Este sitio está ocupado”. Una imagen contra un discurso, un meme frente a un argumento. Las fotos de Rajoy en estos días lo muestran arrellanado en otro canal de la tele, sentado a la partida de dominó o subido a un banco en pleno mitin, un Speakers´ Corner en versión Benavente.

Los nuevos tiempos y hábitos nos vuelven incapaces de fijar la atención más allá de un instante, así que ya no son necesarios en campaña ni los datos ni los programas. De hecho, empiezan a desaparecer, a ser sustituidos por la mera presentación pública de un slogan. El más o menos profundo debate de una hora tiene el mismo impacto electoral que una ocurrencia afortunada, una foto compartida cientos de miles de veces o un minuto televisivo de calculada complicidad en prime time.

Y no es Rajoy, a pesar de su querencia por buscar las tablas tras el plasma, un caso aislado o el único llamado a escabullirse. Nada nos asegura que el resto de candidatos no opte por el silencio o por la ausencia física como estrategia de comunicación si alcanza el poder. Hay precedentes y ejemplos en los que los aspirantes han protagonizado espantadas frente a la tesitura de enfrentarse a determinados entrevistadores o formatos. A diferencia del juego de las sillas, sospechan que quien no se sienta cuando cesa la música (aunque se vea expuesto y señalado por un breve momento) no es necesariamente quien al final pierde la partida.

El debate de las sillas vacías