viernes 13.12.2019

La celada de Aguirre

La mejor defensa es una loca carrera hacia el precipicio. O eso parece pensar Esperanza Aguirre.

La mejor defensa es una loca carrera hacia el precipicio. O eso parece pensar Esperanza Aguirre, arrebatada el bastón de mando municipal, sin alcaldes afines de peso y con el trono de la presidencia local del partido bajo amenaza. Tras la debacle electoral, ha decidido aplicar de nuevo la estrategia que mejor domina: ser indiscutible poniéndose al frente. De lo que sea, pero al frente.

Se ha envuelto ya, sucesiva y concéntricamente, en la bajada de impuestos, en los valores de la Pepa, en la enseña nacional, en capotes, mantones y mantillas, en camisetas deportivas… Casi momificada con tanto envoltorio, dobla la apuesta y se arropa ahora nada menos que en la defensa de la democracia occidental (“Hoccidental”, escribiría Cortázar).

Un sistema amenazado, como saben, por el maquiavélico plan de Carmena consistente en acoger desahuciados, ampliar el horario de bibliotecas y polideportivos y, finalmente, dominar el mundo.

Por lo visto en las urnas, la mayoría de los madrileños tiende a pensar en el Apocalipsis como una ciudad con señoras de cierta edad huyendo de los municipales, políticos subastando colegios, hospitales o el agua del Lozoya y bíblicas plagas de sobres, emprendedores y runners, además de taxistas cambiando de sentido en plena carrera cuando les sale de la capilla, rollo Mad Max.

Pero resulta que no, parece decirnos con su último arrebato místico. El advenimiento del Juicio Final se acerca y no está en relación con la Gürtel o la Púnica, si no con la llegada de Manuela, como demuestran palmariamente la toga de su armario y el que defienda los derechos humanos, la reinserción y las bicicletas, nada menos.

Es lo que tiene verse rodeada y con derecho tan sólo a pataletas mensuales como oposición en los plenos. Por si fuera poco, la cascada de dimisiones, en directo o en diferido, no cesa. Fabra. Bauzá, Cospedal, Herrera o Rudi marcan tendencia. Aguirre mira para otro lado como el que no quiere la cosa, pero se suceden codazos y guiños entre la concurrencia. Nadie señala con el dedo todavía, que es una cosa muy fea, pero crece la expectación, ya tu sabes.

Ante la disyuntiva que se le plantea, susto o muerte, la lideresa se decide por meter miedo e intentar - con un soberbio grand jeté que ni la Pávlova - colocar al PSOE en la encrucijada de seguir sus pasos o quedar poco menos que a la izquierda de Trotsky. Incluso ofrece un gambito de dama, el sacrificio o celada de una alcaldía que no tiene, a cambio de mantenerse en el extremo centro del tablero. Blancas juegan.

Ya han dicho los socialistas que no cuela. Pero elmovimiento ha calado en el PP, que se debate entre bailar el agua a Aguirre o enredarse en nuevas batallas internas en vísperas de congresos y generales.

Ella sabe que sólo ese escenario, su liderazgo nacido de un posible derrumbe o caos en el partido, el desplazamiento de otras fuerzas a la periferia y la construcción en el imaginario popular de un monstruo capaz de expropiar los repsoles a los abuelos, puede salvarle de la irrelevancia y el olvido.

La celada de Aguirre