jueves 1/10/20

Austria, Italia y Nicolas Cage

Resulta que, al segundo intento y por la mínima, Austria ha esquivado el peligro de hacer presidente a un ultraderechista. Un suspiro de alivio recorre Europa, que este año no gana para sustos. A toro pasado, se felicitan los entendidos y nos recuerdan con despliegue de infografías de distribución del voto que nuestra forma de vida ha estado a un tris de irse al garete por culpa de los austríacos de pueblo. Sí, esos devoradores de salchichas que cultivan el retorno al fascismo entre pastos y edelweisses (o como quiera que se diga) y que han votado en masa por un impresentable. Menos mal que nos quedan Viena y otras ilustradas y modernas urbes superverdes, superecológicas y hasta veganas.

Mientras esto sucedía, al otro lado de los Alpes los italianos aprovechaban que les llamaban a las urnas para deshacerse de Renzi con cierta justicia poética, puesto que el ya ex primer ministro no se ganó el sillón en ellas. En este caso, nos dicen, la culpa de que los ciudadanos rechacen un remiendo de la Constitución y un zurcido de sus instituciones más centralistas la tienen Beppe Grillo, el Movimiento Cinco Estrellas y el populismo. Sobre todo el populismo, esa rara enfermedad senil del capitalismo cuyos síntomas, por cierto, a veces complican el diagnóstico. Vamos a explicar esto. Anoten. Si Daniel Ortega o Evo Morales deciden repetir candidatura, es populismo. Si Merkel se presenta por cuarta vez, es compromiso con la estabilidad. De nada.

Ciudades contra mundo rural y reformistas contra populistas, decíamos. Bandos que veremos repetidos, probablemente, en los próximos procesos electorales de Holanda, Francia y Alemania. Cómodas categorías que alumbran el camino y sustituyen a otras, como las clases sociales. Porque ahora somos muy de reducir los conflictos a binomios cuquis, del estilo de espíritus refinados contra chavs ignorantes e, incluso, chicos contra chicas. Así se explican desde el brexit hasta la victoria de Trump. Olvidamos - conscientemente - otras variables. Como que muchos latinos votaron republicano, que cerca de cien millones de estadounidenses con derecho a voto no lo ejercieron o que lo único que tienen en común Hillary Clinton y las madres solteras con trabajo precario es su condición de mujer. Igual eso no basta para despertar entusiasmo.

Un dato lleva a una conclusión, pero abusar de las correlaciones es peligroso. Las cifras de americanos ahogados al caer en una piscina dibujan desde hace lustros la misma curva que el número de películas anuales en las que aparece Nicolas Cage. Y la tasa de divorcios en el estado de Maine cae al mismo ritmo que el consumo doméstico de margarina. Pero ni la obstinada reincidencia del sobrino de Coppola ni el abandono de la mantequilla vegetal devienen necesariamente en ahogamientos y separaciones. El miedo al futuro, la indignación y la sospecha de que el sistema y sus gestores nos abocan a la frustración y la desigualdad explican mejor las sombras que hoy se abaten sobre el mundo que la mera rivalidad entre votantes listos y votantes tontos y otros espejismos estadísticos por el estilo.

Austria, Italia y Nicolas Cage