viernes. 19.04.2024

El atasco

No hay nada peor para la irritación colectiva que un atasco. Bueno, menos que se caigan Facebook o Whatsapp.

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No hay nada peor para la irritación colectiva que un atasco. Bueno, menos que se caigan Facebook o Whatsapp. Pero tras el Wi-Fi, que sustituye a las necesidades fisiológicas en la pirámide de Maslow, inmediatamente después viene el embotellamiento de tráfico.

El coche, catedral gótica con ruedas de la modernidad, que diría Barthes, es una herramienta mágica del libre albedrío. Así que tenerlo en punto muerto a primera hora de la mañana y bajo la lluvia es un drama. No ya por el amontonamiento de tareas personales pendientes, ahora imposibles de cuadrar en esa promesa de orden que es tu agenda. Es porque provoca una verdadera conmoción en la Fuerza. La paciencia del Jedi se agota y el Universo todo se tambalea, desatando la necesidad de encontrar un culpable.

La ira se dirige al transporte escolar, a la ausencia, molicie o inoperancia de los agentes de movilidad o, como saben bien los creadores de opinión pública, hacia las autoridades en su papel de garantes últimos de la normalidad. La lluvia fina y aznarina te convence en una hora de retención de casi de cualquier cosa, incluso de que si tu voto hubiera sido otro el atasco desaparecería.

No es extraño. Los automóviles se nos anuncian como máquinas que devoran kilómetros financiados cómodamente, sin emisiones contaminantes y gastando menos que un mechero. Y, por lo general, en los spots de televisión recorren solitarias carreteras islandesas flanqueadas de lava o pistas desérticas en Utah, paraísos sin señales de 90 y en los que ver el warning del autobús de delante está fuera de lugar.

La realidad es que los anillos urbanos más que aligerar el tráfico lo incrementan, en un efecto llamada que obliga a más carriles para más vehículos que a su vez precisan de más carriles donde meter nuevos coches y así en bucle hasta el infinito y más allá. Mejor dicho, hasta la almendra central que, en nuestros mejores sueños, no es un casco histórico patrimonio de la Humanidad con sitios de tapas y souvenirs. En el imaginario colectivo, el centro ciudad es un agujero negro con boina negra capaz de repartir sin límite tickets de aparcamiento y aumentar sin fin la densidad de la miles de toneladas de acero inoxidable que devora y comprime cada mañana.

En La autopista del sur los automovilistas atrapados en el acceso a París por la pluma de Cortázar moldeaban durante su casi eterna espera y desde la nada una sociedad nueva. En ella surgen líderes al mando del suministro y reparto de víveres, jóvenes que atienden a los ancianos y promesas de romance al calor de un motor al ralentí. Cuando por fin la retención cede y se disuelve, todos regresan apresuradamente a sus coches, a la normalidad, a la obviedad reglada de lo cotidiano, olvidando que durante unas horas fueron realmente dueños de su destino.

Por eso es tan importante garantizar la circulación sobre el mejor horario previsto por la organización, con el mantra de la radio en los altavoces y acogidos a esa excepción que permite hurgarse o maquillarse en público siempre que sea al volante. No vaya a resultar que por culpa del atasco y en un momento zen, con el tiempo suspendido por la lluvia y los semáforos en ámbar, nos de por preguntarnos quiénes somos y, sobre todo, hacia dónde vamos con tanta urgencia.

El atasco