El peor resultado de toda la polémica por las declaraciones sobre unas evaluaciones estandarizadas o las alegrías que compartimos por la vuelta de la filosofía, es que no se habla de las cuestiones claves para la derogación de la LOMCE

En estos tiempos de incertidumbres tenemos tendencia a magnificar algunas cuestiones como si fueran maravillosos diagnósticos o soluciones mágicas. Nos protegen de las inseguridades, las dudas o los errores. Ni las cifras de PISA sometidas a tortura dan pautas sobre qué hacer, ni una asignatura por muy necesaria que sea, van a revertir los recortes ni encauzar el modelo educativo, ni solucionar una mínima parte de los problemas que sufre nuestro sistema educativo.

Las intervenciones en las tertulias han estado bien teñidas de partidismo en el peor de los casos o de ideología como no puede ser de otra manera, pero cualquier persona que opina lo hace con la contundencia de quien se cree en posesión de la verdad absoluta. Ni hay verdades absolutas ni hay asepsia en educación y menos aún en estos momentos donde se juegan tantos intereses y tantas batallas por el poder, con convocatorias electorales a corto y medio plazo.

No obstante, el peor resultado de toda la polémica por las declaraciones sobre unas evaluaciones estandarizadas o las alegrías que compartimos por la vuelta de la filosofía, es que no se habla de las cuestiones claves para la derogación de la LOMCE. No se realizan análisis serios sobre el modelo, se anuncian aumentos de becas o de las plazas en FP, que no está nada mal. Pero, con esas medidas puntuales, electoralistas, incluso demagógicas en algunos casos, no se atacan los auténticos déficits y disparates retrógrados de la LOMCE. No se ataca la segregación del alumnado entre la vía “académica” y la “aplicada” como si la formación profesional no tuviera fundamentos científicos y se limitara a formar en oficios de bajo nivel, sin conocimientos que sustentan la formación técnica. Desgraciadamente una amplia mayoría piensa en una FP que no existe desde 1991 y permanece un gran desconocimiento de sus niveles técnicos de calidad (aunque haya mucho que mejorar)

Aunque en algún momento se intenta adquirir distancia respecto del electoralismo de unas y otras posturas de los partidos, se suele incidir en la validez o no de los indicadores de PISA. Al menos se señala la complejidad de los análisis de la sociología de la educación. Pero siguen convirtiéndose en cortinas de humo, cuando el auténtico problema es el fracaso del Pacto educativo, el poder de la Iglesia o la total ausencia de un verdadero debate de fondo sobre el modelo educativo.

El modelo educativo está siendo cuestionado desde instancias menos partidistas, menos cortoplacistas o electorales pero tan interesadas como las direcciones de recursos humanos, las entidades que promueven la digitalización, los organismos internaciones o la Unión Europea. Algunas de las demandas ya han sido abordadas en múltiples artículos, desde muy diferentes puntos de vista, como parte de la ola de preocupaciones sobre la digitalización. Algunas reivindicaciones instrumentales son pertinentes y posiblemente asumibles, para una modernización de las prácticas educativas, pero tampoco son la panacea para cambiar el modelo.

Cobran fuerza unos principios neoliberales de fondo que no están siendo percibidos con el peligro que encierran. Son principios que marcan un modelo de sociedad, que proveen de las conductas necesarias para aquilatar una ciudadanía basada en la libertad para consumir, en el individualismo extremo de los proyectos vitales, donde lo colectivo se reduce a colaborar para sacar adelante proyectos de emprendimiento empresarial. Estos valores están impregnando todas las propuestas para modificar el sistema educativo y la formación profesional, pivotando sobre la desvalorización del papel de la fuerza de trabajo, ocultando la esencia de las relaciones capitalistas de producción, alejando la responsabilidad del Estado o de las empresas para depositar en las “personas” la obligación de adquirir los conocimientos o las competencias que faciliten su “empleabilidad”.

Un nuevo modelo educativo equitativo, de calidad, con rentabilidad social, que favorezca la superación de las desigualdades que sufrimos como sociedad y que forme para una ciudadanía crítica, reflexiva, que no se deje manipular ni caiga en las emociones primarias que están alimentando las derechas de toda Europa. Un modelo educativo que pueda resignificar el papel del conocimiento contra la acumulación de información irrelevante, que promueva la corresponsabilidad del centro y las familias, con una legislación que garantice auténticamente el derecho a la educación. De todo esto y muchas otras cuestiones de fondo deberíamos estar debatiendo, para que en algún momento seamos capaces de cambiar el modelo educativo. Con procedimientos eficaces, que desarrollen la mejor calidad con el menor esfuerzo y la máxima gratificación, con las inversiones adecuadas y suficientes, las políticas públicas de carácter social, sin voluntarismos ni apelaciones vacías o demagógicas a la “vocación” del profesorado o al “sentido común” que funciona con estereotipos provenientes de experiencias personales.

La preocupación pasa por dilucidar si, colectivamente, seremos capaces de profundizar, diagnosticar y proponer prácticas sociales, institucionales, pedagógicas, que realmente superen las tradiciones, las modalidades, los contenidos o las metodologías que están impidiendo el cambio de modelo. Si nuestra sociedad tendrá la madurez democrática necesaria para pensar en un futuro colectivo, como sociedad, para compartir principios y valores que afiancen las complicidades entre escuela y familia, entre instituciones educativas y otras instituciones sociales, sin las cuales ningún cambio será eficaz. Todo ello se asienta en una recuperación del papel del Estado como representante de intereses colectivos, sentido compensador de desigualdades y de anticipación ante los desafíos. Quizás se preferible mantenernos en las preguntas, en los interrogantes, valorando el cuestionamiento y las diferentes vías, sin buscar respuestas dogmáticas o soluciones mágicas