Ahora se plantea la falacia de las trabajadoras del sexo. Ahora se plantea la maternidad subrogada. Dos caras de la misma moneda en manos de Ciudadanos, con dificultades para el PP por sus valores religiosos

Algunos de los debates actuales se asientan en cuestiones ya planteadas en estas páginas, en concreto por mi parte en agosto del año pasado y a principios de julio de este año, con los artículos “Reflexiones sobre la dicotomía entre libertad y derechos” y “Los modernos opios del pueblo: emprender, consumir, libertad de elegir”. Además, he asistido a la magnífica función de Lehman Trilogy, dirigida por Sergio Pérez Mencheta, que plantea de forma teatral pero verdadera la realidad del marketing neoliberal, para que todo el mundo crea que es libre…para comprar, para que todo el mundo se crea dueño de su individualidad… para consumir.

Ahora se plantea, reiteradamente desde el neoliberalismo, la libertad de elección como el valor máximo, en la fantástica elucubración de su universalidad, en la mayor de las mentiras generadas por el capitalismo para generar consumo. No insistiré en el modelo de emprendimiento o la elección de centros educativos o sanitarios, porque ya han sido suficientemente analizados. Ahora se plantea la falacia de las trabajadoras del sexo. Ahora se plantea la maternidad subrogada. Dos caras de la misma moneda en manos de Ciudadanos, con dificultades para el PP por sus valores religiosos. Dos caras de la misma moneda, de la misma trampa neoliberal para quienes se dicen de izquierdas apartidistas, o incluso pretendiendo una existencia marciana sin ideología. Por suerte, en estos casos tanto Podemos (que prefiere promover el debate) como IU (que se declara abolicionista) e incluso el PSOE tiene claras las opciones (aunque no sabemos hasta cuándo)

Más allá de las reacciones o posturas de nuestras fuerzas políticas, sería deseable que algunas feministas y algunos que se creen que defienden derechos, reflexionaran un poco antes de legitimar la explotación de las mujeres pobres social, cultural o económicamente. Se mezclan distintas ocupaciones, como el cine porno o el streaptease, que pueden considerase trabajos, que pueden incluirse en eso que llaman industria del sexo, sin inmutarse. Se pueden caracterizar otras ocupaciones similares, que pueden significar una mayor regulación, sin duda. Pero, mezclar esas actividades con la prostitución es, al menos, una temeridad cultural y por otro lado, un inicio de legitimación de la explotación sexual de las esclavas de la trata de blanca de las mafias o de proxenetas que ejercen su poder con diferentes fórmulas

Todo ello fundamentado en dos líneas argumentales: la libertad de las mujeres sobre su cuerpo (comparando con el aborto) y la defensa de derechos laborales (porque se supone que son trabajadoras del sexo). Cuando la primera libertad que deberíamos reivindicar es la económica, brindando herramientas para no se vean obligadas a prostituirse; cuando el primer derecho que hay que reclamar es servicios sociales y educativos que las liberen de la esclavitud. No se trata de moralinas, se trata de una defensa de derechos humanos fundamentales, de evitar la marginación, la exclusión social, de brindar la educación y la seguridad social que permita aspirar a un empleo digno. Para esta defensa sería importante una organización colectiva, un agrupamiento en defensa de esos derechos, logrando la protección y las opciones que necesitan.

Pero, claro, el supuesto clave es la libertad de elegir, que vuelve a funcionar en relación con el origen de clase. Si una mujer se dedica a la prostitución libremente, será seguramente de alto nivel, muy probablemente sin proxeneta ni obligaciones de esclava, lo más probable es que esté dada de alta como autónoma en la seguridad social. En cambio, las que se encuentran esclavizadas, por su origen social y cultural muchas veces inmigrantes, sufren esa situación precisamente porque no ven otra salida de supervivencia o están dominadas desde el origen. ¿Las condenamos a continuar legitimando esas relaciones como laborales?

No hay soluciones fáciles, como con todas las situaciones sociales enquistadas, que se viven como “de toda la vida”, “la profesión más antigua del mundo”, hasta se identifica con María Magdalena. Como tantas otras lacras de la especie a las que no nos resignamos, como tantas otras barbaridades que hemos cambiado a lo largo del desarrollo humano, como tantas otras situaciones que la civilización ha eliminado, no podemos resignarnos, ni aceptarlo como inevitable. Defender a estas mujeres esclavizadas no se puede asentar en la creación de un sindicato, donde la patronal serían delincuentes o aprovecharían para blanquear sus actividades. Habrá que buscar las fórmulas apropiadas, sin paternalismos ni moralinas, diferenciando las distintas ocupaciones que puedan ser encauzadas en normas laborales de la prostitución propiamente dicha, sin aceptar que son libres de elegir porque es una fantasía (aunque ellas lo crean, por aquello de la relación amo-esclavo).

Dar naturaleza legal a la prostitución o a la maternidad subrogada significa condenar a las mujeres más desvalidas, a las más débiles, a la explotación. Significar aceptar que el sexo, fuente humana de placer compartido, esencia de relaciones emocionales entre seres humanos y origen de la reproducción de la especie (mientras no sea su única función), se puede comprar y vender. Y en el caso de la subrogación significa legitimar que el cuerpo (sobre todo el útero) de la mujer se puede comprar y vender. Porque seguir convalidando la falacia de la libertad de elección, cuando las acciones facilitan la intermediación del dinero, es una de las mayores trampas del neoliberalismo.

No hay recetas, habrá que ahondar en las salidas posibles, buscar muchas vías de superación, si defendemos los derechos humanos lo que no podemos es resignarnos ni legitimar la libertad de comprar o vender el cuerpo de las mujeres.