miércoles 23.10.2019

Vivir de las rentas

Creo en una sociedad que facilite a sus integrantes ser libres y autónomos en el desarrollo de sus capacidades.

Creo en una sociedad que respete los derechos fundamentales de todos los ciudadanos. Creo en una sociedad que facilite a sus integrantes ser libres y autónomos en el desarrollo de sus capacidades. Creo en una sociedad que recompense el esfuerzo y los méritos de aquellos que trabajen especialmente por el bien común. Por contra, no me parece lo más edificante y congruente con esa sociedad que sean los parásitos de la misma y aquellos que se aprovechan del trabajo de los demás los que más beneficio saquen. No podemos estar en contra de la gente que ha contribuido a mejorar en cualquier aspecto este mundo, inventores, emprendedores, luchadores por los derechos, pero no creo que esté justificada la apropiación de una gran parte de la tarta social por aquellos que aplican contratos basados en la ausencia de los mínimos Derechos Humanos, por aquellos que se enriquecen con la venta de armamento tal vez para bombardear niños, por aquellos que se aprovechan de la privatización de los bienes públicos y pasean sus yates por nuestros mares, por aquellos que se enriquecen con los dineros públicos al margen de la Ley, por aquellos que especulan y arriesgan el dinero de los demás y son capaces de expropiar el dinero de la mayoría para pagar su vicio de avaricia, por aquellos, en definitiva, que viven de las rentas generadas por el trabajo de otros sin pegar un palo al agua.

Se califica de rentista a aquella persona que percibe una renta, o persona que vive de sus rentas o de los ingresos que le producen sus inversiones. De ellos, escribe Stiglitz[1] que “las rentas no son más que redistribuciones de una parte de la sociedad a los que obtienen esas rentas. [Y que] Gran parte de la desigualdad en nuestra economía es el resultado de la captación de rentas, porque es una actividad que, hasta cierto punto, traslada el dinero de los de abajo a los de arriba”. De esta forma “la captación de rentas distorsiona la asignación de recursos y debilita la economía”.

Si consideramos además que “Cuanto más dinero se concentra en la cima, más disminuye la demanda agregada [...] la demanda total en la economía será inferior a la oferta, y eso significa un aumento del desempleo, que apagará la demanda todavía más[2]”. Hemos de convenir, por tanto, que vivir de las rentas no parece la mejor manera de contribuir al bien social.

Uno de los adalides de la lucha por la disminución de las desigualdades crecientes en este mundo es el economista, ya mencionado anteriormente, el premio nobel Stiglitz. Cuenta Stiglitz que durante una cena el anfitrión había reunido a destacados multimillonarios, intelectuales y otros a quienes preocupaban la desigualdades. Durante las primeras conversaciones oyó decir sin querer a uno de ellos cuyo único mérito había consistido en heredar una fortuna, comentar con otro el problema consistente en cómo la gente vaga trataba de salir adelante aprovechándose de los demás, sin que se dieran cuenta de la contradicción, de la ironía. En muchas ocasiones somos ciegos a las inmensas bolsas de ineficiencia sociales y, sin embargo, nos detenemos insistentemente en casos que a fin de cuentas inciden menos negativamente en la sociedad.

En esta economía globalizada y financiarizada el mayor sistema rentista, que ha socavado gravemente los cimientos de las economías desarrolladas, es el sistema financiero, retirando ávidamente recursos económicos del sistema productivo. Así “En los últimos años, el sector financiero ha obtenido alrededor del 40 por ciento de todos los beneficios empresariales. Eso significa que su aportación social entra en la columna del haber, en absoluto. La crisis ha demostrado hasta qué punto podía causar estragos en la economía. En un mundo que busca vivir de las rentas, como es hoy el nuestro, los rendimientos particulares y los rendimientos sociales no tienen nada que ver entre sí[3]”. Jugando en la bolsa y especulando no sólo, a veces, no se crean bienes y servicios necesarios para la sociedad en su conjunto sino que, incluso, se destinan recursos que deberían dedicarse al crecimiento económico y mejora de la sociedad a fines espurios y en muchos casos innecesarios.

Las empresas de calificación han vivido también de rentas extraídas del sistema productivo. Han demostrado ser una herramienta de manipulación a países y empresas, informando aquello que beneficiaba a los que pagaban. No podemos olvidar que antes del verano de 2007 las tres grandes agencias de calificación otorgaban  calificación máxima al 80 % de los paquetes subprime que en breve tiempo provocarían el derrumbe por efecto dominó del mundo inmobiliario. También es muy famoso el caso de Lehman Brothers con calificación de alta solvencia antes de su bancarrota en septiembre de 2008. Por eso hay que aplaudir el anuncio efectuado esta semana por la Alcaldesa de Madrid de la posible rescisión a finales de año de los contratos que el Ayuntamiento de Madrid mantiene con las agencias de calificación Standard & Poor's y Fitch, alegando que no tiene intención de emitir más deuda, sino, al contrario, de afrontar los pagos pendientes de la misma. Los contratos (que se renuevan anualmente) suponen que el Ayuntamiento tenga que desembolsar 50.469,12 euros en el caso de Fitch y 56.481,55 euros en el caso del contrato con Standard & Poor's. Esto nos demuestra que la política puede encontrar maneras y recursos para dar la vuelta a la situación actual de expansión de la desigualdad.

Sin embargo, a dos meses de las elecciones, Cáritas ha avisado que se está perdiendo la batalla frente a la pobreza y la exclusión. Parece que no queremos darnos cuenta que incrementar las rentas de los que viven de ellas sin aportar apenas nada y sí extraer más de lo que les corresponde es un mal social que tiene mala pinta. Por desgracia, no puedo por menos que coincidir nuevamente con Stiglitz cuando dice que “entramos en un mundo dividido no solo entre ricos y pobres, sino también entre los países que no hacen nada para remediarlo y los que sí[4]”. Debemos hacer hincapié en que la economía no es más que la herramienta pero los objetivos a conseguir los marca la política. Por eso no es la economía, en contra de lo que decía el lema de la campaña de Clinton, sino que ¡Es la política, estúpido!

[1] Stiglitz, Joseph E. (2015:120-121). La gran brecha. Taurus.
[2] Ibídem. (2015:119).
[3] Ibídem. (2015:120).
[4] Ibídem. (2015:143). 

Vivir de las rentas