jueves. 20.06.2024

La sociedad del trabajo

¡Iniciemos el año con un buen pie nos queda un largo camino! ¡Ha llegado el momento de una sociedad poslaboral! ¡Busquemos la mejor solución! ¡Feliz año!...

La sociedad desarrollada en la que nos movemos está secuestrada por el mundo del trabajo y éste, a su vez, se rige por los principios de la libre empresa en un marco que cada día es más internacional. En este marco las naciones y las empresas tienen que luchar desesperadamente por los ingresos que puedan mantenerlas a flote. La fuente de dónde beben para sobrevivir se denomina “competitividad”, una especie de varita mágica que se cree convierte en oro todo lo que toca, pero que es fuente de desigualdad, pobreza, malestar, injusticia, hambre, luchas de poder, olvido del ciudadano, inmovilidad...

Es verdad que el trabajo socialmente tiene connotaciones que se encuentran en el meollo del desarrollo de las personas, pero, también es verdad, que no deberíamos vivir para trabajar sino trabajar para vivir y buscar un desarrollo más libre y enriquecedor de nuestra persona y de nuestras relaciones sociales. Marta Nussbaun, en este sentido, defiende la creación de capacidades en las personas y citando al premio nobel Amartya Sen escribe: “lleva años sosteniendo que el mejor modo de entender la pobreza es viéndola como una falta de capacidad, y no solamente como un problema de escasez de bienes o, ni siquiera, de renta y riqueza. La pobreza supone una serie heterogénea de pérdidas de oportunidades que no siempre guardan una correlación clara con la renta; además, las personas que se hallan en situaciones de exclusión social pueden tener dificultades para convertir su renta en funcionamientos, por lo que los ingresos económicos no son ni siquiera un indicador representativo de las capacidades.[1]” Pero esto es pedir demasiado...

En un mundo en el que el trabajo humano es escaso ya que al ser el coste más importante de las empresas se tiende a minimizarlo para obtener mayores rentabilidades. En un mundo en el que los salarios son cada vez más desiguales y mientras unos pocos tienen unos incrementos exponenciales, la gran mayoría tienden hacia el 0, haciendo que la pobreza esté instalada ya entre los que tienen trabajo, pero trabajo casi esclavo mal pagado y precario. En un mundo en el que las riquezas nos vienen ya dadas y poco tienen que ver con el esfuerzo hecho. En este mundo resuenan las siguientes palabras de Bauman a pesar de su antigüedad: “Siempre habrá pobres entre nosotros; pero ser pobre quiere decir cosas bien distintas según entre quiénes de nosotros esos pobres se encuentren. No es lo mismo ser pobre en una sociedad que empuja a cada adulto al trabajo productivo, que serlo en una sociedad que --gracias a la enorme riqueza acumulada en siglos de trabajo-- puede producir lo necesario sin la participación de una amplia y creciente porción de sus miembros. Una cosa es ser pobre en una comunidad de productores con trabajo para todos; otra, totalmente diferente, es serlo en una sociedad de consumidores cuyos proyectos de vida se construyen sobre las opciones de consumo y no sobre el trabajo, la capacidad profesional o el empleo disponible[2].”

El hambre es una de las consecuencias del sistema social y económico en el que estamos asentados. Pero, el hambre en nuestro mundo es un problema político de justicia social y distributiva y “es con mucho la mayor pandemia y la mayor vergüenza de la humanidad. Además el hambre y la pobreza son el caldo de cultivo de problemas como la emigración ilegal y la violencia internacional. En un mundo tan interrelacionado e interdependiente como el de comienzos del siglo XXI, el hambre no solo es un castigo para los que la sufren sino un peligro para toda la Humanidad. La  Seguridad Alimentaria es la condición sine qua non para la Paz y la Seguridad Mundial, por lo que erradicar el hambre en el mundo es hoy imprescindible aunque solo fuera por egoísmo inteligente[3].”

La realidad, por otra parte, es que cuando hablamos de trabajo estamos acostumbrados a pensar exclusivamente en el trabajo que se realiza a cambio de un salario. Pero el trabajo no se puede confundir con el empleo, no debemos olvidamos de actividades que son útiles, necesarias y se hacen para el bien de la comunidad. Sin ellas difícilmente se podrían alcanzar los niveles de bienestar que se han alcanzado. Es trabajo que no figura en el PIB porque no está remunerado. Pero “El trabajo no remunerado es más voluminoso a nivel mundial que el remunerado, aunque esta afirmación haya que calibrarla con una definición precisa de qué se entiende por trabajo, especialmente en el trabajo del cuidado. Su mayor volumen se debe a la participación intensa de la población femenina en todo el mundo, y sobre todo en las áreas menos desarrolladas y en los sectores sociales con menos recursos.[4]”

En este marco se haya el trabajo llamado reproductivo; aquel que realizan los miembros de la familia en el seno del hogar, en beneficio de la propia familia, o los trabajos realizados por la propia comunidad vecinal, local o nacional de forma voluntaria o forzada, o los trabajos de autoconsumo, ya que al no existir remuneración monetaria, no se cuentan como empleo ni como producto. Sin embargo muchos de ellos resultan esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo y de las relaciones sociales. Son, incluso, soporte indispensable del trabajo productivo. Es verdad que en los últimos tiempos se había recuperado el debate sobre el trabajo de cuidados al que se considera imprescindible para la reproducción social y el bienestar cotidiano de las personas. Trabajo que aún sigue siendo responsabilidad casi exclusiva de las mujeres, siempre con menos oportunidades sociales, y que no se tiene en cuenta en las medidas del producto habituales. Raj Patel piensa que “La reproducción de los trabajadores exige más que el simple nacimiento de bebés: hay un complejo proceso de crianza, alimentación, vestido, vivienda, educación, socialización y disciplina, y en estos costes radica tal vez una de las mayores explotaciones a escala mundial: el lugar del trabajo doméstico de las mujeres. El trabajo diario de criar a los hijos, mantener un hogar y realizar trabajo comunitario (esos eslabones impagados de la cadena laboral que las feministas han dado en llamar la triple carga de las mujeres) sigue sin ser valorado a escala mundial.[5]”

Pero es este trabajo no remunerado el que contribuye a la cohesión social más que ningún otro y, por contra, aquellas personas que son sus artífices soportan los mayores niveles de pobreza e injusticia. Así, esta sociedad protege con mayor intensidad, como es propio de un mundo definido por el empleo,  los derechos de los trabajadores retribuidos (si bien es verdad que últimamente no parece brillar por esto) y no a aquellos otros que no lo son. Un ejemplo claro son los derechos de los padres empleados en comparación con aquellos que no tienen empleo que, por desgracia, cada vez son más. Por estas razones “los logros de cohesión social no pueden restringirse a la inserción en la producción, olvidando el papel clave que juegan las familias y especialmente las mujeres dentro de ella, para la producción de bienestar social.[6]” El artículo 10 “La dignidad de la persona...el libre desarrollo de la personalidad” y el 14  “Los españoles somos iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por... o cualquier otra condición o circunstancia personal o social” entre otros artículos de nuestra Constitución, nos pueden indicar un camino para mejorar.

¡Iniciemos el año con un buen pie nos queda un largo camino! ¡Ha llegado el momento de una sociedad poslaboral! ¡Busquemos la mejor solución! ¡Feliz año!


[1] Nussbaum, Marta (2011: 172). Crear capacidades. Paidós.
[2] Bauman, Zygmunt (2000:11) Gedisa Editorial.
[3] Esquinas, José (2012). Cultivos para el siglo XXI. El País 10-12-2012.
[4] Durán Heras, María Ángeles (2012:28): El trabajo no remunerado en la economía global. Fundación BBVA.
[5] Patel, Raj (2010:77). Cuando nada vale nada. Las causas de las crisis y una propuesta de salida radical. Los libros lince.
[6] Iniciativas para la cohesión social en América Latina. Madrid: Fundación Internacional y para Iberoamérica de políticas Públicas (FIIAPP)

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