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miércoles. 10.08.2022

Preludio de un nuevo modelo de sociedad

Los resultados electorales del domingo nos permiten ir saliendo del atolladero en el que nuestra sociedad se encontraba.

En estos momentos en los que parece que lo viejo se resiste a abandonar su castillo dorado y lo nuevo llama con fuerza, irrumpiendo incluso por algunas puertas importantes. En estos momentos en los que el Partido Popular pierde dos millones y medio de votos con respecto a las anteriores elecciones municipales pero sigue siendo la fuerza política más votada. Se deben valorar los logros obtenidos y ponerse “manos a la obra” con objeto de demostrar que hay otra forma de hacer política que piense más en las personas y que se sustente precisamente en ellas ya que “la política es autoayuda colectiva[1]”. No hemos conquistado el castillo pero es la ilusión de un nuevo modelo de sociedad más justa la que nos tiene que dar fuerzas para su ocupación definitiva.

Los resultados electorales de ayer domingo 24 de mayo, nos permiten ir saliendo del atolladero en el que nuestra sociedad se encontraba y alumbrar en algunas ciudades y comunidades autónomas nuevos modelos de sociedad que sean más humanos, más igualitarios. Modelos sociales que promuevan la integración y la justicia social. El capitalismo de amigotes, de casino, de especulación que teníamos sólo nos ha llevado a situaciones de austeridad, desigualdad y pobreza que afectan a la gran mayoría de los ciudadanos y merman sus derechos y su dignidad. La dinámica capitalista, machaconamente vivida sobre todo desde la liberalización de los sistemas financieros, allá por los años 80 del anterior siglo, se alimenta de la extracción de rentas de los de abajo hacia los de arriba en un movimiento sin fin que contradice el fundamento de una sociedad solidaria. En consecuencia, el sistema que venimos padeciendo hace que las crisis, tan dañinas ellas, sean periodos necesarios,  inevitables e indispensables, del ciclo capitalista debido al proceso de acumulación progresiva que le es inherente y del que no puede librarse.

La OCDE (Organización para la Cooperación el Desarrollo Económico) en un informe presentado el pasado jueves, puso de manifiesto nuevamente que las desigualdades entre ricos y pobres siguen aumentando y se han situado en su máximo nivel desde inició de su medición por esta organización hace 30 años. En España, nos informa, las grandes fortunas crecieron un 9,2 % el año pasado, hasta acumular más de 164.424 millones de euros, lo que equivale al 15,6 % del PIB. En la otra cara de la moneda, sin embargo, tenemos que trece millones de personas vivían en 2014 por debajo del umbral de la pobreza, con unos ingresos de apenas 8.000 euros anuales, que repartidos mensualmente supondrían menos de 700 euros. El patrimonio de los más ricos no para de crecer como a diario podemos ver en los medios de información. Amancio Ortega, el hombre más rico de España y uno de los tres más ricos del mundo tiene un patrimonio en el año 2014 de 46.000 millones de euros según la revista Forbes. Este estado de cosas tiene que cambiar si no queremos volver a tiempos pasados más oscuros.

No podemos vendarnos los ojos ante la realidad. El capital requiere beneficios y el sistema financiero que tenemos montado, en el que domina la especulación sobre las necesidades de crédito de las empresas, proporciona más beneficio que la economía real quedando ésta anoréxica. Las empresas requieren obsesivamente una mejora continua en sus datos económicos lo que, cuando no lo buscan de manera ilegal, lo pueden encontrar disminuyendo los costes de la mano de obra o mejorando la productividad. De ahí la obsesión de buscar nuevas tecnologías que supongan la sustitución de los recursos humanos por los robots. Éstos no se cansan, no protestan, no piden aumentos de salario. La automatización supone un incremento de la productividad. Y “Los indudables y asombrosos aumentos de productividad, volumen producido y rentabilidad que consigue el capital en virtud de su organización de la división técnica y social del trabajo se producen a expensas del bienestar mental, emocional y físico de los trabajadores en su empleo[2]”.

Ya nos avisaba Karl Polanyi, de que una crisis capitalista tiene menos que ver con una quiebra económica en sentido lineal, y más con comunidades desintegradas, solidaridades resquebrajadas y el saqueo de la naturaleza. Las raíces de la crisis capitalista se encuentran menos en contradicciones intra-económicas, como la tendencia a la baja de la tasa de ganancia, que en un cambio momentáneo de la posición de la economía respecto a la sociedad.

No podemos dejar que la esclavitud de los nuevos contratos impulsados por la reforma laboral de 2012 y los que se pretenden implantar como el contrato a tiempo cero sea el mundo obligado para la gran parte de los ciudadanos. El problema no es la productividad, ésta no para de aumentar y  “¿Quién va a dar un paso adelante y comprar todo ese aumento de la producción?... La automatización está a punto de invadirlo todo, en casi todos los sectores, en una amplia variedad de ocupaciones, y tanto entre los trabajadores con títulos universitarios como entre los que carecen de ellos. La automatización llegará a las naciones desarrolladas y a los países en vías de desarrollo. Los consumidores que impulsan nuestros mercados son prácticamente todos, gente que tiene un empleo o depende de alguien que lo tiene. Cuando una fracción substancial de esa gente pierda su empleo, ¿de dónde vendrá la demanda en el mercado?[3]”.

Un indicador de la tendencia de la mano de obra hacia la simplicidad y los bajos salarios se manifiesta en la deslocalización de las labores sencillas hacia aquellas naciones que disponen de mayor reserva de mano de obra y por ende más barata. Por otra parte el gran incremento de la oferta de trabajo con respecto a su demanda debido a las incorporaciones de grandes masas de trabajadores en Asia y África y la mujer en los países desarrollados, ha supuesto un gran incremento del ejército industrial de reserva lo que abarata el salario. Pero este ejercito industrial mercantilizado además “es de dos tipos: en primer lugar están los trabajadores desempleados; en segundo lugar, las innovaciones tecnológicas que mejoran la productividad laboral [que] dan lugar a despidos y desempleo[4]”.

Estoy convencido finalmente de que un nuevo modelo de sociedad no puede tener como elemento esencial de convivencia el trabajo. En una escala globalizada la búsqueda de beneficio conseguirá un trabajador más esclavizado y un beneficio más banal que hará de palanca para búsquedas menos éticas de ganancias por parte de los especuladores. La ética que se abrirá paso en este contexto será la que algunos califican como del sálvese quien pueda, impulsada por las élites a través de la deudocracia y que fomentará, sin duda, posiciones xenofóbicas, racistas y excluyentes, que amenazarán con la supervivencia de las grandes mayorías.


[1] Monedero, Juan Carlos (2013:15). Curso urgen de política para gente decente. Seix Barral.

[2] Harvey, David (2014:130). Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo. Editorial  IAEN, Quito.

[3]Ford, Martin (2009:96-97). Teh lights in the Tunnel: Automation, Accelerating Technology and teh Economu of de Future, Estados Unidos Acculant Publishing.

[4] Harvey, David (2014:173). Diecisiete contradicciones y el fin del capitalismo. Editorial  IAEN, Quito.

Preludio de un nuevo modelo de sociedad