miércoles 28/7/21

No sólo crea riqueza el sector privado; la importancia de los déficits públicos

Parece que una idea muy extendida es que el sector privado es el único que crea riqueza. El Estado mejor que sea reducido y no afecte al funcionamiento del mercado, dicen los fundamentalistas del mercado. Por eso las políticas que llevan a cabo quieren impulsar los beneficios de las empresas para que reinviertan en la economía y así exista crecimiento económico. Y esto nos lo han grabado en la mente a fuego como si fuera una verdad absoluta. No obstante, cada día está más claro que un mercado a su albur, sin embridar fomenta desigualdades cada vez más grandes. Y con grandes desigualdades, los que obtienen beneficios abusivos no los reinvierten en la economía real, en investigación, desarrollo e innovación, no los dedican a mejorar el bienestar de todos, a mejorar la estructura económica de la sociedad. Se dedican a especular en los mercados financieros. Se dedican a ganar dinero fácil y no precisamente con el sudor de su frente.

Si la especulación financiera fue la principal causa de la crisis última, llamada gran recesión. Seguimos actuando igual y con las cacareadas mejoras macroeconómicas, incremento del  PIB, seguimos haciendo lo mismo, financiarizando la economía, especulando con los beneficios y retirando recursos de todo tipo de la economía real. Siendo el efecto más dañino de estas actuaciones el paro crónico, la cantidad de personas sin trabajo o con trabajo precario que pudiendo realizar su aportación a la sociedad no pueden hacerlo, lo que parece un verdadero disparate. Así estoy de acuerdo con María Mazzucato que, en una economía capitalista, considera: “La razón por la que puede que no haya empleos es porque las empresas y la economía se está fiananciarizando.”

El mercado es una invención de las sociedades humanas y no es tan antiguo como muchas puedan pensar. Pero el mercado no funcionaría sin la presencia del Estado. “Ningún elemento o institución de carácter económico es “natural”, propio de la naturaleza, sino que es una creación del ser humano organizado en sociedad […] eso que se conoce como libre mercado es un oxímoron […] Puede haber mercados cuyo diseño está destinado a proteger a los más indefensos y a los que menos poder tienen, o puede haber mercados cuyo diseño está destinados a permitir que los más poderosos tengan la libertad de imponerse y aprovecharse de los más indefensos. [1]”

También “el Estado entendido como núcleo del  poder legal no es una institución positiva o negativa en sí misma. El Estado es una herramienta para cambiar la realidad social y económica y puede ser utilizado para multitud de objetivos [2]”. Según el economista Abba Lerner “La principal responsabilidad del Gobierno (que no puede ser asumida por nadie más) es la de mantener una proporción de gasto total en bienes y servicios que no sea mayor ni menor que la proporción que permitiría adquirir a precios actuales todos los bienes que es posible producir.  Si se permite que el gasto total supere este umbral, se generará inflación, y si se permite que esté por debajo, se generará desempleo.”

Uno de los mitos que Eduardo Garzón trata de mostrarnos en su último libro es que se piensa que el Estado tiene que recaudar impuestos para gastar. Sin embargo, es justo lo contrario. El Estado no puede recaudar impuestos en la moneda oficial si antes no ha emitido la misma, bien imprimiendo monedas o mediante anotaciones en cuentas. La forma, por tanto, mediante la que el Estado crea dinero es a través del gasto público. Cuando el sector privado está congelado, cuando la máquina inversora no funciona, el Estado, conforme nos decía Keynes, tiene que invertir y gastar para generar demanda agregada. Lo que es una locura en situaciones de crisis es limitar el gasto público, limitar el déficit al 3 % del PIB, salvo intención maléfica de apostar porque el mercado siga acumulando riquezas en manos de unos pocos.

Nos señala Eduardo Garzón que “la existencia de déficits públicos ha sido siempre recurrente y natural, puesto que todas las economías del planeta tienden a fomentar en la medida de sus posibilidades su propio desarrollo, y una de las maneras de conseguirlo es incrementado el gasto total (y, por tanto, el ingreso total y el PIB) a través de esta herramienta fiscal. [3]” No nos puede sorprender, por tanto, que “de las 187 economías que hay en el planeta, solo 26 (apenas el 14 %) registraron superávit fiscal en el año 2015;” siendo esto lo normal en la historia.

Si el déficit del Estado puede estimular la economía, si un Estado que imprime moneda no puede nunca quebrar, si el Banco Central puede gastar sin pedir “¿Qué demonios hacemos recortando en pensiones, sanidad, educación, dependencia, salarios, desempleo, etc., para cumplir con esa maldita regla acientífica e improvisada por cuatro personas que obliga a reducir el déficit público? [4]”

Debemos recordar que “el dinero es una forma de medir los compromisos y la moneda una forma –entre otras muchas—de materializar esa medición. [5]” Lo importante son los productos y servicios que una sociedad puede producir  (con eso vivimos) y para eso es nefasto tener recursos ociosos. Pero jugamos a que los beneficios sean cada vez mayores y se los apropien unos pocos más codiciosos, y, encima, cada vez hay más constancia de que, como nos dice Mariana Mazzucato  “el riesgo se mueve cada vez más hacia el sector público y el sector privado recibe los beneficios.” Algunos recogen las ganancias y la mayoría pagamos los platos rotos.


[1] Garzón, Eduardo. Desmontando los mitos económicos de la derecha
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4]Ibídem.
[5] Ibídem.

No sólo crea riqueza el sector privado; la importancia de los déficits públicos