viernes 28/1/22

En el mundo del trabajo neoliberal

No podemos decir que las relaciones de trabajo que actualmente están presentes en nuestras sociedades no habían sido analizadas con precisión desde hace muchos años. Las consecuencias del mundo neoliberal ya habían sido advertidas por distintos autores. En el presente artículo voy a referirme al libro del psiquiatra y psicoanalista francés Christophe Dejours, titulado: Trabajo y sufrimiento. El libro fue publicado en francés en el año ya lejano de 1998 y con el título original: Souffrance en France: La banalisation de l’injustice sociale. En castellano fue editado en el año 2009. Creo no obstante, que las reflexiones y consideraciones del autor, son tremendamente actuales y certeras y, deben ser tenidas en cuenta.

Dejours nos dice que “Las relaciones de trabajo, son en primer lugar, relaciones sociales de desigualdad […] verdadero laboratorio de experimentación y oportunidad de aprendizaje de la injusticia e iniquidad, tanto para los que son sus víctimas como para  los que sacan provecha de él” Pero igualmente que “El trabajo puede ser también el mediador irremplazable de la reapropiación y la autorrealización.” Considera que lo que inclina la balanza, lo que puede hacer del trabajo una herramienta de autorrealización o  de injusticia, “El elemento decisivo que hace volcar la relación  con el trabajo  del lado del bien o del mal, en el registro moral y político es el  miedo.” (pág. 186)

Está convencido de que “Las nuevas formas de organización del trabajo [extremadamente competitivas] de las que se alimentan los sistemas de gobierno neoliberal tienen efectos devastadores sobre nuestra sociedad. Amenazan efectivamente a nuestra vida cotidiana y nos acercan a la decadencia, hacia la trágica separación entre el trabajo y la cultura (si por cultura se entienden las diversas modalidades por medio de las cuales los seres humanos se esfuerzan por honrar la vida.)” (pág. 203)

Se pregunta ¿Cómo somos capaces de aceptar sin protestar unas exigencias laborales cada vez más duras, aun sabiendo que ponen en peligro nuestra integridad mental y psíquica? Y ¿Cómo es posible que la gran mayoría de los ciudadanos puedan mirar a otro lado ante la suerte de los parados y los nuevos pobres? También le resulta chocante ver la aceptación de la humillación que de forma cotidiana se presenta en tantos lugares de trabajo.

El autor en el texto trata de comprender el porqué de la extraordinaria tolerancia de nuestras sociedades a una organización del trabajo que, por un lado genera rápido y grandioso enriquecimiento, mientras que por otro provoca una pobreza y una miseria estremecedora que, a su vez, genera todo tipo de desgracias, patologías individuales y violencias colectivas. Considera que “el sistema neoliberal, incluso si hace sufrir a los que trabajan, sólo puede mantener su eficacia y su estabilidad si cuenta con el consentimiento de aquellos que le sirven.” Y una de las razones que encuentra es la banalización del mal, como “proceso que favorece la tolerancia social ante el mal y la injusticia, proceso por el cual hacemos pasar por infelicidad algo que, en realidad, tiene que ver con el ejercicio del mal que algunos cometen contra otros.” (pág. 32)

“Al hablar de banalización del mal, no entendemos sólo la atenuación de la indignación frente a la injusticia y el mal sino, más allá de ello, el  proceso, que por un lado, desdramatiza este mal (que no debería nunca ser desdramatizado) y, por el otro, moviliza progresivamente una cantidad creciente de personas al servicio del cumplimiento del  mal, haciendo de ellas colaboradores. Nuestra tarea es comprender como y por qué la buena gente oscila entre colaboración y resistencia al  mal.” (pág. 182)

En el libro se estudia con detalle el texto de Hannah Arendt “Eichann en Jerusalén”, donde la autora empleó la expresión la banalidad del mal. Establece la normopatía como característica más relevante en el proceso de banalización. Son personas normales, vulgares, no son ni héroes, ni fanáticos, ni enfermos, no son perversos, ni paranoicos. Los normópatas que tienen éxito en la sociedad y el trabajo, se instalan cómodos en el conformismo, como en un uniforme, y por ello carecen de originalidad, de personalidad.

El análisis de Dejours llega a advertir caminos paralelos entre el nazismo y el neoliberalismo, si bien deslinda los distintos objetivos de ambos. “Entre los objetivos a los que se consagra la banalización del mal, o entre las utopías a las que sirve. En el caso del neoliberalismo, el  objetivo perseguido en última instancia es la búsqueda de beneficios y de poder económico. En el caso del totalitarismo, el objetivo es el orden y la dominación del mundo. Para la racionalización neoliberal de la violencia, fuerza y poder son instrumentos de lo económico. Para la argumentación totalitaria, lo económico es un instrumento de la fuerza y poder. La diferencia aparece también, durante las etapas ulteriores del proceso, en los medios implementados: intimidación en el sistema neoliberal, terror en el  sistema nazi. (págs. 184-185)

Por todo ello, en el análisis de la racionalidad pática sugiere que la violencia y la injusticia comienzan generando, en primer lugar un sentimiento de miedo, por lo que es legítimo preguntarse “si el miedo (que además puede surgir sin que medie violencia ni amenaza real o actual) no será ontológicamente anterior a la violencia, en contraposición con la idea de que la violencia será previa y estaría en el origen de la infelicidad de los hombres.” (pág. 188)

En estos días en los que el miedo se utiliza profusamente para ganar votos y en los que los índices de pobreza y desahucio son remarcables, me pregunto si no tendremos que pararnos, hacer una pausa, y pensar sobre el mundo al que las rivalidades partidistas nos están encaminando: ¡a la deriva, siempre a la deriva, para qué pensar!

En el mundo del trabajo neoliberal