viernes 10.07.2020

La insensatez del PIB

El Producto Interior Bruto (PIB) se concibió en un período de crisis profunda y proporcionó una respuesta a los grandes desafíos de los años treinta [del anterior siglo]. Para hacer frente a nuestras crisis de desempleo, recesión y cambio climático, también nosotros tendremos que buscar nuevas cifras, nuevos índices. Lo que necesitamos, en definitiva, es un tablero de mandos completo que incluya una serie de indicadores para monitorizar las cosas que hacen que la vida merezca la pena [1].

Es muy evidente de que no todo lo que aumenta el PIB aumenta el Bienestar. Accidentes de tráfico, guerras, aparatos con ciclo de vida corta, etc., pueden aumentar el PIB pero no el bienestar de las personas. Hay que tener cuidado, entonces, con lo que medimos pues los objetivos pueden ser contrarios a los intereses de los ciudadanos. Debemos considerar que “El mundo nunca se verá tal como es a través de la óptica del mercado. Y no está mal que así sea. Armados con este conocimiento, podemos entrenar otros sentidos para afrontar el mundo de un modo distinto. Lo mismo debe suceder con nuestro enfoque de la economía y de la sociedad. Hemos sido criados para ver sólo el valor monetario de las cosas, y esta lógica nos oprime. Debemos entender que los precios no pueden ser nuestro único indicio para ver las cosas, y sólo cuando hayamos dejado de pensar en estos términos podremos creer que estamos en vías de recuperación [2].

La reverencia que los políticos, economistas, prensa e incluso ciudadanía tienen por los aumentos del PIB, y la importancia que damos a los decrementos en meses sucesivos, no son lógicos en este tiempo. Ya nos decía Amartya Sen (1993), que “A la economía no le conciernen sólo el ingreso y la riqueza, sino también el modo de emplear esos recursos como medios para lograr fines valiosos, entre ellos la promoción y el disfrute de vidas largas y dignas. Pero si el éxito económico de una nación se juzga sólo por su ingreso y por otros indicadores tradicionales de la opulencia y de la salud financiera, como se hace tan a menudo, se deja entonces de lado el importante objetivo de conseguir el bienestar.”

No existe duda de que hay otros indicadores de desarrollo y bienestar que debieran emplearse, “al pensar en la obsesión de las sociedades modernas por el crecimiento económico, sorprende la poca atención que se presta en los debates públicos y los discursos políticos a la cuestión de si un mayor crecimiento económico aumenta realmente el bienestar. Es posible que el hecho de eludirla beneficia a quienes tienen intereses en el sistema dominante: si el crecimiento económico no aumenta el bienestar, no se podrán justificar muchas de las estructuras económicas y políticas del capitalismo desarrollado. Pero, también, puede ser que las personas normales estén interesadas en ignorar la evidencia de los efectos del crecimiento sobre el bienestar. Si la gente tiene la convicción de que unos ingresos mayores la harán más feliz, reaccionará generalmente ante la decepción que sigue al logro de tales ingresos concluyendo que, sencillamente, no ha conseguido suficiente. Se trata de un ciclo sin fin –una esperanza seguida de decepción y de una nueva esperanza-, a no ser que lo rompa algún acontecimiento o una revelación repentina [3].

Clive Hamilton cree que “incluso en el marco establecido por los valores del mercado que considera a los seres humanos como máquinas de consumo, la obsesión por el crecimiento puede ser empobrecedora. Por un lado, nuestros indicadores de progreso muestran que las cosas han ido a mejor durante décadas; por otro, la mayoría de la gente se queja de que la sociedad se desmorona. Quizá el problema esté en que nuestros índices de progreso son erróneos. Nuestra medida del progreso nacional (crecimiento del PIB) está inseparablemente ligada al sistema de precios. Se supone que una actividad contribuye al bienestar nacional por el mero hecho de que se produce para ser vendida, y sólo en cuanto tal. El rasgo definitorio de la prosperidad es la transacción monetaria.

Esta forma de medir el bienestar nacional omite dos grandes campos: las aportaciones al bienestar realizadas por la familia y el medio social, y las del medio ambiente. Ambos son fundamentales para nuestro bienestar, pero como lo que aportan queda fuera del mercado, simplemente no cuentan.  El trabajo llamado reproductivo; aquel que realizan los miembros de la familia en el seno del hogar, en beneficio de la propia familia, o los trabajos realizados por la propia comunidad vecinal, local o nacional de forma voluntaria o forzada, o los trabajos de autoconsumo, al no existir remuneración monetaria, no se cuentan como empleo ni como producto, sin embargo muchos de ellos resultan esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo y de las relaciones sociales. Son, incluso, soporte indispensable del trabajo productivo. En los últimos tiempos, no obstante, se ha recuperado el debate sobre el trabajo de cuidados al que se considera imprescindible para la reproducción social y el bienestar cotidiano de las personas. Trabajo que aún sigue siendo responsabilidad casi exclusiva de las mujeres y no se tiene en cuenta en las medidas del producto habituales [4].

Las aportaciones al bienestar social del medio ambiente no son discutibles, pero éste soporta la voracidad del crecimiento continuo y su deterioro y en forma de externalidades afecta negativamente a la población. No podemos separar las calamidades como la delincuencia, el abuso de drogas y el suicidio juvenil de los cambios sociales producidos por la economía de mercado. El desempleo, el exceso de horas de trabajo y las expectativas generalizadas que la satisfacción deriva de las adquisiciones materiales son productos del sistema de mercado y tienen efectos profundos sobre nuestro bienestar. La imposibilidad de establecer una relación estrecha entre el crecimiento económico y el aumento de bienestar, al menos por encima de cierto umbral, indica que la búsqueda del crecimiento se produce a expensas de cosas que aumentan realmente el bienestar de las personas.

Esto ha llevado a algunos a ampliar el análisis de las causas determinantes del bienestar e intentar elaborar alternativas contables al PIB como medida del progreso nacional. Una de esas alternativas es el Indicador de Progreso Genuino (IPG), conocido también como Índice de Bienestar Económico Sostenible (IBES). Utilizando métodos económicos ya establecidos, el IPG combina un conjunto de factores que influyen en el bienestar y los reúne en un solo índice directamente comparable con el PIB a lo largo del tiempo. Aunque este indicador alternativa presenta algunas dificultades conceptuales de medición, su elaboración revela gráficamente las notorias insuficiencias del PIB como medida de progreso nacional.

En aras al crecimiento esencia del PIB nos podemos finalmente obsesionar con la productividad, pero “La productividad es para los robots. Lo que los humanos hacen bien es perder el tiempo, experimentar, jugar, crear y explorar. [5]”


[1] Rutger Bregman. Utopía para realistas. Salamandra 2017. Edición ebook.

[2] Patel, Raj (2010:107): Cuando nada vale nada.

[3] Hamilton, Clive (2006:43)

[4] Patel, Raj (2010:77) nos dice: La reproducción de los trabajadores exige más que el simple nacimiento de bebés: hay un complejo proceso de crianza, alimentación, vestido, vivienda, educación, socialización y disciplina, y en estos costes radica tal vez una de las mayores explotaciones a escala mundial: el lugar del trabajo doméstico de las mujeres. El trabajo diario de criar a los hijos, mantener un hogar y realizar trabajo comunitario (esos eslabones impagados de la cadena laboral que las feministas han dado en llamar la triple carga de las mujeres) sigue sin ser valorado a escala mundial.

[5] Kevin Kelly, The Post Productive Economy. The Technium 2013.

La insensatez del PIB