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viernes. 07.10.2022

La exportación está empobreciendo al mundo

Quizás el ejemplo más doloroso del comercio internacional se tenga en el campo de la alimentación...

Desde los tiempos de los primeros economistas se ha prestado atención a las ventajas que proporciona el comercio como factor de desarrollo. “El intercambio comercial permite que los países se especialicen en aquellas actividades en las que  son comparativamente más eficientes, y proporciona a las empresas la posibilidad de disfrutar en mayor medida de las ventajas de las economías de escala.[1]” Hoy en este mundo globalizado se considera que una economía competitiva es aquella en la que sus ventas al exterior de bienes y servicios ganan peso relativo en el conjunto de las exportaciones mundiales sin perder, sus productos nacionales, cuota en el mercado interior”. Estos modelos, llamados export-led, son auspiciados por nuestro actual gobierno y presumen imaginando que el crecimiento de la economía viene impulsado por las exportaciones y, por tanto, que la capacidad de exportar bienes y servicios estimula la inversión interna y la creación de empleo. Sin embargo, son muchas las críticas que se han hecho a este modelo y entre ellas, para resumir, considero contundentes las siguientes:

La llamada falacia de composición. Se considera que a nivel mundial la suma de las importaciones y las exportaciones, como es obvio, es una suma cero. Por lo que parece claro, que la mejora en la competitividad de unos países tiene que ir, inexorablemente, en detrimento de la competitividad de otros.

La carrera hacia el mínimo salario (race to the botton). La lucha competitiva por los recursos a que nos lleva el punto anterior nos lleva a buscar la competitividad en los costes de la producción y todos sabemos que el coste más fácil de recortar es el del salario de los trabajadores. Por ello, lo que tenemos actualmente es una carrera hacia el salario a coste cero que finalmente perderá el 99 por ciento, o más,  de la población.

La competitividad internacional hace que la economía entre los países sea una continua lucha por unos mayores índices de exportación y de los recursos externos, siendo patentes los efectos negativos sobre la naturaleza. Pero en este sistema está claro que hablamos de vencedores y perdedores y, por tanto, de un sistema injusto y desigual que vuelve a perder el norte de las personas como objetivo básico. Un ejemplo claro de esta rivalidad se da en el contexto europeo que a pesar de su unión política, aplicando las mismas reglas de austeridad y competitividad, ha hecho aparecer desequilibrios en la eurozona que potencian los resultados de unos (especialmente Alemania), incrementando las deudas de otros (Grecia, Irlanda, Portugal, España, etc.). Es otra obviedad que cuantos más países apliquen la austeridad menores serán las posibilidades de incrementar las exportaciones netas ya que el PIB común será regresivo.

Por otra parte, “la política de devaluación interna ha sido justificada desde las instituciones comunitarias no sólo como instrumento para resolver los desajustes de balanza de pagos, sino, como la base sobre la que se debía asentar la recuperación del crecimiento económico. Así, una reducción de los costes laborales unitarios en aquellas economías con mayores déficits comerciales y con más endeudamiento externo debería permitir el restablecimiento de su competitividad, de modo que fuese la demanda externa la que impulsase la recuperación económica. El salario se convierte de este modo en variable macroeconómica de ajuste con la pretensión de que favorezca la demanda de exportaciones[2]”.

Quizás el ejemplo más doloroso del comercio internacional se tenga en el campo de la alimentación, por la importancia que tiene este sector para la cobertura de las necesidades básicas de los ciudadanos y en el mantenimiento de la vida misma de la población mundial. En el último libro de Esther Vivas[3], El negocio de la comida, se hace un análisis profundo del sistema agroalimentario y escribe dentro del apartado alimentos viajeros “la comida viaja de media unos 5.000 kilómetros del campo al plato...generan casi cinco millones de toneladas de CO2 al año...La globalización alimentaria en su carrera por obtener el máximo beneficio, deslocaliza la producción de alimentos, como ha hecho con tantos otros ámbitos de la economía. Produce a gran escala en los países del Sur, aprovechándose de unas condiciones laborales precarias y una legislación medioambiental casi inexistente, y vende su mercancía acá a un precio competitivo. O produce en el Norte, gracias a subvenciones agrarias en manos de grandes empresas para después comercializar dicha mercancía subvencionada en la otra punta del planeta, vendiendo por debajo del precio de coste y haciendo la  competencia desleal al campesinado autóctono.[4]” Así podemos constatar que “Una hamburguesa puede estar hecha por carne de 10.000 vacas [esta composición nos recuerda a algunos productos financieros que fueron el origen de la actual crisis] y pasar por cinco países diferentes antes de llegar al supermercado.[5]” ¡Viva la productividad! Ya no es necesario ir por el camino más recto y corto para mejorar tiempos y métodos, se pueden dar mil vueltas por nuestro abierto mundo y, a pesar de todo, seguir teniendo excedentes de producción para incrementar el botín de unos pocos.

En este contexto de globalización se podría esperar que el mundo mejore pero lo que verifica la realidad es lo contrario. En el mundo se producen alimentos que cubrirían las necesidades de una población muy superior a la actual. Sin embargo, el sistema imperante que sólo es libre para todo aquello que favorece a los intereses de las multinacionales y los países más desarrollados consigue esclavizar a aquellos que son los verdaderos productores y acumular poder y riqueza en manos de las pocas empresas que dominan el mercado internacional. El acaparamiento del mercado cada vez por menos empresas disminuye la libertad de las personas a la hora de elegir lo que realmente quiere y le es beneficioso. Las empresas, como nos dice Esther Vivas, deciden lo que se tiene que producir, lo que se tiene que distribuir y lo que en último término se come, sea beneficioso o no para la población, siempre que sea rentable y deje beneficios a las empresas dominantes.

España en los últimos decenios ha ido aumentando sus exportaciones en productos del sector agroalimentario por encima del 10 por ciento, cuando el nivel de empleo y la importancia relativa del sector dentro del PIB ha bajado a pasos agigantados, aumentando, en consecuencia, la productividad. ¿Esto ha conllevado una mejor situación de los agricultores? ¿Ha permitido mejorar el empleo de nuestro país?  Rotundamente no. Como ha pasado a nivel mundial, los que sí han hecho negocio son aquellas empresas y fondos de pensiones que han especulado con la compra y venta de empresas y la reducción de los costes laborales por debajo de lo que los derechos humanos consideran mínimo. Sólo tenemos que informarnos para ver estar realidad, el ERE de Coca- Cola, despidiendo a cientos de personas mientras se obtienen beneficios, no es más que la parte visible de un mundo cada vez más precario y pobre en el que el reparto de los beneficios no se distribuye de forma justa y siempre la mayor tajada cae en el lado de aquellos que menos se esfuerzan y más especulan con la salud, con la comida, con las personas, con las mejoras sociales, con el derecho a la vida, con el derecho a una verdadera justicia. ¿Podremos cambiar este estado de cosas?


[1] Alonso, José Antonio y Rodríguez, Diego (2013:340) Comercio Exterior en el libro colectivo Lecciones de Economía Española. Thomson Reuters, 11ª Edición.

[2] Alvarez, Luengo y Uxó (2013:247). Fracturas y crisis en Europa. Eudeba Editorial Universitaria de Buenos Aires.

[3] Vivas Esteve, Esther (2014) El negocio de la comida. Icaria Editorial, S.A.

[4] Ibídem (2014:33)

[5] Ibídem (2014:95)

La exportación está empobreciendo al mundo