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miércoles. 08.02.2023

La democracia pone al capitalismo en riesgo

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La Democracia con mayúscula está enfrentada claramente al capitalismo actual, al capitalismo basado en el fundamentalismo de mercado. Los intereses económicos más absolutos, centrados exclusivamente en el beneficio van, casi siempre, en sentido contrario a los intereses de una verdadera Democracia. Un voto hoy vale más o menos según la riqueza que manejes y el poder que esta riqueza te da. Que el egoísmo y el interés privado sea la solución a los problemas de la sociedad, parece, sólo, un lema teñido de engaño; una fórmula que sólo ha demostrado servir a los intereses de aquellos que defienden el inmovilismo porque la situación les es muy rentable. La verdadera Democracia, sin embargo, “sólo es posible sobre la base del fomento de la autonomía y la solidaridad, valores para los que la racionalidad instrumental, experta en destrezas técnicas y sociales, es totalmente ciega [1].” En Democracia una persona debe ser un voto. Los votos no se compran ni se venden.

Como escribía Polanyi, nada puede ilustrar mejor la naturaleza utópica de una sociedad de mercado, que las absurdas condiciones impuestas a la colectividad por la ficción del trabajo-mercancía. El actual capitalismo requiere una gran flexibilidad de los recursos que utiliza, entre ellos el hombre es tratado como una mercancía más, “El acento se pone en la flexibilidad y se atacan las formas rígidas de la democracia y los males de la rutina ciega. A los trabajadores se les pide también –con muy poca antelación- que estén abiertos al cambio, que asuman un riesgo tras otro, que dependan cada vez menos de los reglamentos y procedimientos formales. Poner el acento en la flexibilidad cambia el significado mismo del trabajo, y con ello las palabras que usamos para hablar del trabajo […] ha bloqueado el camino recto de la carrera, desviando a los empleados, repentinamente, de un tipo de trabajo a otro […]Es totalmente natural que la flexibilidad cree ansiedad: la gente no sabe qué le reportaran los riesgos asumidos ni qué caminos seguir […] Tal vez el aspecto más confuso de la flexibilidad es su impacto en el carácter […] a saber: el valor ético que atribuimos a nuestros deseos y a nuestras relaciones con los demás […] El carácter se centra en particular en el aspecto duradero, a largo plazo, de nuestra experiencia emocional […] El carácter se relaciona con los rasgos personales que valoramos y por los que queremos ser valorados.”

En el actual capitalismo el trabajo ha cambiado radicalmente, no hay una carrera predecible, el trabajador no se identifica con la empresa, ésta es dinámica e imprevisible con reajustes de plantilla y exigencias de movilidad absoluta. “En la actualidad vivimos en un ámbito laboral nuevo, de transitoriedad, innovación y proyectos a corto plazo. Pero en la sociedad occidental, en la que somos lo que hacemos y el trabajo siempre ha sido considerado un factor fundamental para la formación del carácter y la constitución de nuestra identidad, este nuevo escenario laboral, a pesar de propiciar una economía más dinámica, puede afectarnos profundamente, al atacar las nociones de permanencia, confianza en los otros, integridad y compromiso, que hacían que hasta el trabajo más rutinario fuera un elemento organizador fundamental en la vida de los individuos y, por consiguiente, en su inserción en la comunidad. [2]”

 El miedo guarda la viña, dice un antiguo refrán castellano. Y así el trabajador con su nuevo carácter y cargado de miedo guarda filas en el ejército de pobres y hambrientos que el capitalismo depredador mantiene en reserva, esperando por si un nuevo y ansiado empleo le saca de su situación. Se rebusca y acepta el trabajo como el hambriento saca un corrusco de pan de cualquier contenedor. Junto a este ejército de reserva, pero separados incluso por límites físicos y humanos, un pequeño porcentaje de personas se hacen cada vez más ricas. Así, la desigualdad es el gran problema de este capitalismo. No es cierto que los intereses privados generen beneficios para todos. Y la democracia ante la desigualdad se resiente, ya que “no es democrática una sociedad dirigida por elegidos, por burócratas o por expertos, que ya han olvidado que cobran toda su legitimidad de servir a los intereses universalizables de las personas. [3] ” Thomas Piketty en su denso libro [4] de 970 páginas titulado El capital en el siglo 21, deja diáfana su postura al respecto: “Su tesis es que la desigualdad económica es un efecto inevitable del capitalismo y que, si no se combate vigorosamente, la inequidad seguirá aumentando hasta llegar a niveles que socavan la democracia y la estabilidad económica.”

La Democracia con mayúscula, por tanto, es un riesgo para el capitalismo actual debido a que los ciudadanos pueden opinar y, cuando su voto vale como cualquier otro, pueden decidir de manera que los beneficiados no sean unos pocos sino la gran mayoría. La raíz de la Democracia tiene que girar alrededor de la autonomía, participación y desarrollo de los individuos. Los valores que debe transmitir la sociedad tienen que respetar los Derechos Humanos y propiciar las decisiones autónomas, eso sin con transparencia, sin engaños. Porque debemos huir de tendencias como las que analiza  Byung- Chul Han en su obra En el enjambre: hoy cada uno se explota a sí mismo y se figura que vive en libertad. Este es el mayor éxito de este capitalismo.


[1] Cortina, Adela (2007:214)  Ética aplicada y democracia radical. 4ª edición. Tecnos.
[2] Sennett, Richard (2000): La corrosión del carácter.
[3] Cortina, Adela (2007:213). Ética aplicada y democracia radical. 4ª edición. Tecnos.
[4] Piketty, Thomas (2013): Le capital au XXI siècle. Seuil.

La democracia pone al capitalismo en riesgo