lunes 01.06.2020

Cuando el conflicto se convierte en tapadera

Viendo lo que ocurre entre los políticos de nuestro entorno, no me queda por menos observar que muy poco hemos evolucionado, que el infantilismo, o al menos la adolescencia, abunda en aquellos que tienen que dirigir las sociedades humanas. Aprender de situaciones precedentes debiera ser lo normal en el hombre. Pero parece que lo más habitual, sin embargo, es que el hombre sea un lobo para el hombre como ya señaló el filósofo Thomas Hobbes. Poco nos diferenciamos de otras especies que enseñan las garras y los dientes en un mundo, no obstante, más adverso. Pero el hombre, a pesar de que tiene más posibilidades, hemos de reconocer que se comporta con engaño, egoísmo y malicia; haciendo imposible la búsqueda de un mundo mejor para todos.

Incluso parece que las buenas intenciones de algunos políticos, lo único que pretenden es tapar y esconder tras cortinas de humo, las intenciones no declaradas. Ya que como nos decía el educador brasileño P. Freire “¿Cómo esperar de autoritarios y autoritarias la aceptación del desafío de aprender con los otros, de tolerar a los diferentes, de vivir la tensión permanente entre la paciencia y la impaciencia? ¿Cómo esperar del autoritario o de la autoritaria que no estén demasiado seguros de sus verdades? El autoritario que se convierte en sectario, vive en el ciclo cerrado de su verdad en el que no admite dudas sobre ella, ni mucho menos rechazos. Una administración autoritaria huye de la democracia como el diablo de la cruz.[1] “Y de sectarios partidistas estamos rodeados.

Y es que se nos llena la boca con la palabra democracia, cuando la estamos envileciendo, la estamos vapuleando sin misericordia día a día. Realmente no queda más remedio que más democracia para resolver los problemas que nos acucian. Pero en una democracia la tolerancia con las ideas del otro debiera ser un factor que procure el aprendizaje, que procure las ideas que no lleven a resolver los problemas. “Ser tolerante [nos dice también Freire] no significa ponerse en connivencia con lo intolerable, no es encubrir lo intolerable, no es amansar al agresor ni disfrazarlo. La tolerancia es la virtud que nos enseña a convivir con lo que es diferente. A aprender con lo diferente, a respetar lo diferente. En un primer momento parece que hablar de tolerancia es casi como hablar de favor. Es como si ser tolerante fuese una forma cortes, delicada, de aceptar o tolerar la presencia no muy deseada de mi contrario. Una manera civilizada de consentir en una convivencia que de hecho me repugna. Eso es hipocresía, no tolerancia. Y la hipocresía es un defecto, un desvalor. La tolerancia es una virtud. Por eso mismo si la vivo, debo vivirla como algo que asumo. Como algo que me hace coherente como ser histórico, inconcluso, que estoy siendo en una primera instancia, y en segundo lugar, con mi opción político-democrática. No veo cómo podremos ser democráticos, sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente.[2]”

El diálogo, la búsqueda de opciones mediante la conversación sincera es imprescindible. El diálogo debe ser un encuentro entre seres humanos que puede ayudarnos a transformar el mundo. Sólo con el otro podemos transformar el mundo. Reconocer al otro es una forma de humanizar, humanizarnos y hacer el mundo más habitable. La violencia siempre genera violencia y pocas veces se puede terminar una negociación machando al contrario. No obstante, el remedio que aplicamos para resolver nuestras diferencias sigue siendo la solución militar, las guerras, el autoritarismo, el “porque lo mando yo”, incluso porque así lo dicen las leyes, aunque, por activo y por pasivo somos conscientes de que poco adelantamos con ello, salvo el beneficio de aquellos que aumentan su fortuna o su poder consiguiendo que todo siga igual. Los grandes cambios, no obstante, han surgido siempre como consecuencia de importantes evoluciones en la forma de pensar. Las ideas, por otra parte, siempre han sido los muros más difíciles de saltar. Aquello en lo que creemos como dogma de fe, porque en muchos casos se ha asentado en lo más profundo de nuestro ser, suele ser la prisión que no nos deja caminar: evolucionar. Por ello cambiar el esquema de pensamiento, la cultura, los valores, etc. puede ser un camino adecuado para el cambio y la resolución de conflictos.

No vivimos sólo para que nuestros sentidos perciban el mundo, sino también para que con nuestras acciones podamos modificar y conseguir un mundo mejor que nos encamine a un desarrollo de nuestras capacidades, y éstas, a la vez, nos ayuden a buscar valores que entronquen con nuestros fines, con el sentido último de nuestras vidas, o, al menos, nos permitan valorar las mejores decisiones que nos encaminen hacia un mundo más armónico y beneficioso para la humanidad. Para ello hay que huir, por principio, de la posesión de la verdad, ya que aquel que cree tenerla está encadenado a ella y no tiene libertad. La mejor herramienta para conseguir resultados beneficiosos en nuestras sociedades sigue siendo la educación, la educación abierta, dialogante y no doctrinaria, que ayude a conocer, comprender y humanizar a nuestros semejantes, generando compasión, generando incremento de empatía[3].

En estos tiempos capitalistas en los que la innovación ha reemplazado a la productividad, en los que las empresas innovadoras son las que crecen exponencialmente, nuestros gobernantes siguen anclados a formas que deberían haber sido enterradas hace mucho tiempo; formas que sólo demuestran el escaso nivel de empatía para realizar su trabajo, o, también, más que las ganas de mejorar la sociedad que dirigen, la intención de tapar sus debilidades, sus corrupciones, su egoísmo, su poca sensibilidad con los demás.


[1] Freire, P. (2005:19). Cartas a quien pretende enseñar. Buenos Aires: Silgo XXI.

[2] Freire, P. (2013:45). Pedagogía de la tolerancia. Rio de Janeiro: Paz e terra.

[3] Ver también mi artículo La humanidad cotiza a la baja.

Cuando el conflicto se convierte en tapadera