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lunes. 15.08.2022

El crepúsculo de la austeridad

La austeridad es un ídolo para el pensamiento neoliberal, un ídolo igualmente adorado por nuestra querida Europa...

La austeridad es un ídolo para el pensamiento neoliberal, un ídolo igualmente adorado por nuestra querida Europa. Pero ¿qué es la austeridad? La austeridad no es más que “una forma de deflación voluntaria por la cual la economía entra en un proceso de ajuste basado en la reducción de los salarios, el descenso de los precios y un menor gasto público.[1]” Todo ello en aras de conseguir una mejor competitividad para aquellos que pueden competir en el exterior (las grandes empresas) y, también, mediante la devolución rápida de las deudas públicas, generar una mayor confianza empresarial en el exterior. Confianza que, en muchos casos, conlleva inversiones especulativas de agentes internacionales no con el propósito de mejorar la economía de nuestro país sino para seguir aumentando su riqueza.

Los resultados de las elecciones griegas del pasado domingo día 25 de Enero suponen, sin embargo, una bocanada de aire puro, una esperanza para una nueva forma de entender la política y la economía. Políticas que reorientadas podrán girar hacia sus verdaderos fines: la cobertura de las necesidades y el bienestar de las personas, de los ciudadanos.

El rechazo a las medidas de austeridad  impuestas por la Troika (Banco Central Europeo, Fondo Monetario Internacional y Consejo Europeo), es la principal lectura que podemos hacer de estos resultados electorales. El triunvirato todopoderoso se ha convertido, sin pasar por las urnas, en el gobierno real de aquellos países que se han visto obligados a recurrir a sus ayudas. Pero…, ¿desde cuando la Troika ha conseguido que los países a los que ha ayudado mejoren sus economías? Aquellos que jalean y recomiendan sus medidas, los interesados de las mismas, probablemente consideren que sus actuaciones alcanzan los objetivos perseguidos, pero está claro que la evidencia existente en todos los países asistidos y, sin remedio, arruinados, deja, sin resquicio a la duda, muy claras las consecuencias desastrosas de la austeridad requerida.

Ya en el los primeros años de este siglo, el premio nobel Joseph Stiglitz en su libro El malestar en la globalización nos advertía de los cambios que el FMI había tenido en relación a la concepción que de este organismo tuvo Keynes. A éste, en base a los fallos que tenía un mercado libre, le inquietaba que pudieran generar un paro persistente y demostró que era necesaria una acción colectiva global, “porque las acciones de un país afectan a los otros. Las importaciones de un país son las exportaciones de otro. Los recortes en las importaciones de un país, por cualquier razón, dañan las economías de otros países.” Pero ya hace mucho que el FMI no sigue las directrices que en sus inicios asumió y en el desastroso camino recorrido ha entorpecido el desarrollo de muchos países y ha dejado sin esperanza a millones de personas. Stiglitz concluye y resume la actividad del FMI: “suele fraguar políticas que, además de agravar las mismas dificultades que pretende arreglar, permiten que esas dificultades se repitan una y otra vez.” [2]

Los bancos con la connivencia de los políticos y de aquellos que acumulan el talismán del poder (el dinero), nos hicieron un regalo envenenado, siguiendo el conocido refrán: el que regala bien vende, pensaron que, o mejor dicho no pudieron contener su creatividad, los beneficios que obtenían eran magros, apenas les posibilitaban unos resultados atractivos para los accionistas. Buscaron, entonces, herramientas que pudieran llevarlos a conseguir beneficios exponenciales, corrieron riesgos con nuestro dinero sin consultarnos y, como resultado, terminaron arruinándonos a todos. Pero, quien maneja los medios de comunicación (es obvio decir que  en España son los bancos) tienen fácil excusa. Nos hicieron creer que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades, cuando ellos nos empujaron a comprar generándonos deudas impagables. Nos hicieron creer que era el sector público el que no funcionaba, cuando nuestras cuentas públicas estaban saneadas y con superávit: sólo habíamos empezado tímidamente a mejorar nuestra sociedad del bienestar social y, además, el gasto en comparación con los europeos era sensiblemente menor, como también pasaba en los países del Sur, en los países mediterráneos. Nos hicieron creer que no había alternativa y que la solución era facilitar el despido para aumentar el empleo, reducir los derechos sindicales para que fuéramos una mercancía intercambiable y fácilmente manipulable, reducir los derechos sociales para mejorar la vida de todos, recortar y recortar (ajustes lo llamaban) para que pudiéramos vivir mejor en un futuro que nunca termina de llegar.

Pero la realidad es dura y contumaz ya que, aun cuando no quieres reconocerla, te vuelve una y otra vez y te muestra su cara: la desigualdad, la pobreza, la hipocresía, la insensibilidad. Y te muestra los números de nuestra ceguera. Así la última Encuesta de Población Activa (EPA) emitida por el Instituto Nacional de Estadística, nos informa de que a finales del 2014 eran 5.457.700 las personas activas en búsqueda de trabajo que no lo pueden encontrar y están en paro y que 1.766.300 familias tenían en paro a todos sus miembros activos. Pero hay quien sólo ve números que suben y bajan si los traspasamos a unas gráficas, y, sin embargo, detrás de cada uno de estos números, hay ciudadanos que malviven y sufren, que están en riesgo de pobreza o incluso en riesgo de no poder mantener cubiertas las necesidades básicas de alimentación, vestido y vivienda. En esta situación, incluso, parece mucho pedir hablar de sanidad, educación, igualdad de oportunidades, pobreza energética,  etc., etc. Ya que, no hay alternativa, todo lo que se hace es lo que se tiene que hacer para mejorar la situación dejada por los otros, los anteriores. Y así nos envuelven estos regalos, que son los regalos de la austeridad, el ídolo adorado por nuestros políticos. ¡Demos gracias a Dios!

Por ello, hoy necesitamos partidos que no confundan sus objetivos. No pueden ser empresas cuyos fines principales sean la permanencia y el crecimiento a toda costa. Los partidos, en democracia, se crean para mejorar la vida de los ciudadanos no para vivir a su costa. Si se pervierte su razón de ser la sociedad está en peligro y lo apropiado y ético debe ser su destrucción. ¡No hay que aceptar estos regalos! No obstante, la victoria de Syriza nos abre una puerta a la ilusión, un rayo de esperanza, una puerta a un mundo más humano que no sólo mida el desarrollo de la sociedad mediante la cuenta de beneficios de las empresas y las alzas en las bolsas y mercados.


[1] Blyth, Mark (2014:31). Austeridad: Historia de una idea peligrosa. Crítica. Editorial Planeta S.A.

[2] Se ha utilizado la edición de 2002 del Círculo de Lectores.

El crepúsculo de la austeridad