sábado 19/9/20

Las compras selectivas: una necesidad

En estos momentos en los que se adora enloquecidamente al dios Consumo, se requiere una sensibilidad especial que nos ayude a contribuir a un mundo mejor.

En estos momentos en los que se adora enloquecidamente al dios Consumo, se requiere una sensibilidad especial que nos ayude a contribuir a un mundo mejor, con respeto a los derechos humanos y en  busca de una menor desigualdad. Son muchos los años en los que las grandes empresas han conseguido pingües beneficios en base a actividades inmorales, como el tráfico ultramarino de esclavos, el colonialismo, las dictaduras genocidas, la explotación de los trabajadores mediante extenuantes jornadas pagándoles sueldos que no cubrirán sus necesidades más básicas, la destrucción del medio ambiente: haciendo a los ciudadanos deudores de sus costes, etc. Por eso cuando salgamos a comprar distintos artículos, deberíamos pensar que consumir por consumir no nos hace más felices necesariamente, que llenar nuestras casas de artículos que amontonamos, a veces desde el mismo momento en el que desenvolvemos el paquete, no contribuye a una mejora de nuestra vida, ni a la de los demás, que vivimos en un mundo interconectado y que nuestras decisiones aquí afectan a muchos otros en otros lugares.

Los tristes ejemplos que nos ofrecen las grandes empresas son cientos pero por la importancia que tendrá el consumo en estas fiestas no puedo dejar de referirme a las empresas que forman el sector de la electrónica que se ha convertido en comprador nato de gran número de metales y minerales. Buena parte de los mismos provienen de países en vías de desarrollo donde se dan casos de explotaciones, incumplimiento de los derechos laborales, atentados contra la salud de los trabajadores, contaminación del medio ambiente o pérdida de recursos vitales como el agua. El coltán del Congo es el caso más conocido entre los minerales usados en el sector. El Tantalio es un material que se usa para construir pequeños condensadores (que almacenan electricidad) para móviles, cámaras digitales y ordenadores portátiles, y que se extrae del coltán muy escaso en el mundo. El 80% de las reservas de coltán están en la República Democrática del Congo. Algunas de las explotaciones de coltán y sus beneficios están bajo control militar (tanto de soldados individuales, del ejército o de mandos ruandeses o ugandeses: el Estado en apoyo de los intereses privados y no de los ciudadanos) empleando para la extracción a trabajadores locales (incluso niños que en algunos casos han encontrado la muerte), parte de los cuáles son prisioneros y empleando métodos de trabajo que comportan problemas graves de salud.

El mundo del petróleo, dominante de la geopolítica, y las empresas que lo dominan en las últimas décadas es otro de los claros ejemplos de pisoteo de los derechos humanos más básicos siendo el primer derecho el de la vida de las personas.  Un botón de muestra que debe darse a conocer, en palabras de Naomi Klein escritas en un lejano 1999: “Desde la década de 1950, Shell Nigeria ha extraído el equivalente a 50 mil millones de dólares de petróleo de las tierras de los Ogoni, en el Delta del Níger. Los ingresos del petróleo representan el 80 % de la economía nigeriana –10 mil millones de dólares anuales--, y más de la mitad proviene de Shell. Pero el pueblo Ogoni no sólo ha sido despojado de los ingresos que produce ese rico recurso natural, sino que mucha de su gentes sigue viviendo sin agua corriente ni electricidad y sus tierras y aguas han sido envenenadas por las averías de los oleoductos, por vertidos y los incendios provocados por las emanaciones de gases [1]”. En estas circunstancias no es de extrañar que el escritor y aspirante a Premio Nobel de la Paz Ken Saro-Wiwa, líder del movimiento para la supervivencia del pueblo Ogoni organizara campañas para pedir reformas y exigir compensaciones a Shell pero injustamente la respuesta cruel y sangrienta fue que el general Sami Abacha  ordenó a los militares nigerianos atacar a los Ogoni matando y torturando a miles de ellos y ejecutando posteriormente al escritor. Otra muestra del poder del dinero y el apoyo de las instituciones públicas.

No obstante, “La conducta de las multinacionales es sencillamente un subproducto de un sistema económico general [...] Pero eliminar las desigualdades básicas de la globalización de la libertad de mercado parece una tarea demasiado grande para nosotros los mortales [2]”. Cuando las empresas no paran en la búsqueda de sus intereses. Así el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea, el llamado TTIP (Transatlantic Trade and Investment Partnership) es una muestra encarnizada de la lucha de las empresas en pos de un beneficio cada día mayor. La idea base del TTIP: la homologación de normas y exigencias administrativas que suavizarían las normas europeas. Ya que estas normas son más restrictivas en cultivos transgénicos o en el uso de hormonas de crecimiento, los suplementos alimenticios o la aplicación masiva de antibióticos en el ganado, como también lo son en la privacidad de los datos, las explotaciones de hidrocarburos con la técnica del fracking o cuestiones laborales. El objetivo es, por tanto, homologar la regulación desde la cuna para evitar divergencias que restrinjan el comercio y la inversión. La crítica es que esta supervisión puede debilitar la iniciativa parlamentaria, y dar acceso antes a los lobbies de las empresas y sectores económico en el proceso legislativo, obviando los poderes elegidos democráticamente.

La lucha de las empresas por reducir los costes ha contribuido también a una carrera por pagar los salarios más irrisorios e indecentes y con ello sólo se consiguen efectos perversos infringiendo los derechos humanos y logrando un mundo más injusto y menos seguro. Pero no debemos renegar de la posibilidad de otro mundo más humano, en el que ni los fundamentalismos de la religión, ni el capitalismo salvaje en el que vivimos y en el que el consumo por el consumo se hace dios, están siendo ni serán la respuesta. Sin embargo, con nuestro voto al comprar o no algunos productos manchados con iniquidades, somos nosotros los que soportamos e incentivamos la actual situación. La compra selectiva de aquellos productos libres de injusticias (difícil tarea) tiene que convertirse en una batalla por los derechos humanos y las libertades públicas. Es verdad que es una batalla utópica, ya que las multinacionales se han dotado de instrumentos legales que les permiten iniciar pleitos con los países y las localidades que dicten normas contra el consumo de sus productos, pero es una lucha necesaria que puede dar y ha dado resultados sorprendentes.

Es difícil no obstante, especialmente para el ciudadano que vive con los recursos justos, decidir comprar productos más caros cuando el mercado nos ofrece gangas, nos ofrece fiestas del consumo en los altares del capitalismo. En un mundo en el que se vive el ahora, el momento, y no se quiere mirar más allá. Ver, entonces, a largo plazo, incluso a medio plazo se ha convertido en una gran proeza intelectual. Ver además que cada acto de compra afecta no sólo a uno mismo y a los que te rodean, sino también a mucha más gente en este mundo globalizado, es un esfuerzo titánico para un mundo hedonista. Debemos ser conscientes, sin embargo, de que muchas veces no solo no contribuimos a beneficiarnos a nosotros sino que incrementamos un mundo injusto, aumentamos los sufrimientos y fomentamos la desigualdad entre los países y las personas. La elección es nuestra.


[1] Klein, Naomi (2012:442). No logo: El poder de las marcas. Booket, Paidós.
[2] Ibídem (2012: 485-6)

Las compras selectivas: una necesidad