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lunes. 08.08.2022

La banalidad del mal

La corrupción se extiende como mancha de aceite por toda la sociedad, pero los resultados de las  distintas elecciones habidas en nuestro país en el último año, parecen avalar que estamos banalizando el mal; expresión que utilizó y analizó Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén. Nuestra sociedad de hoy, parece demostrar que nuestros conciudadanos consideran que es mejor lo malo conocido que lo bueno por conocer y que los males que nos aquejan son males necesarios y comunes. No cabe duda de que para llegar a esta situación los medios de comunicación vinculados a los poderosos han entrado en pie de guerra para cerrar toda la posibilidad a nuevas ideas y sensibilidades. Y no sólo a nuevas ideas sino a la posibilidad de que el pueblo pueda ponerse a pensar. Confundir, dar espectáculo y banalizar el mal podría ser su lema.

Nos hemos acostumbrado tanto a los casos de corrupción que parece ser la forma habitual de comportarse de nuestros ciudadanos. Asumimos la corrupción como si fuera la carrera universitaria más aplaudida en nuestro país. Debemos tener en cuenta que “La banalidad del mal no tiene que ver con la psicopatología, sino con la normalidad, aun si la característica de esta normalidad es la de ser funesta y siniestra [1].” Y, así se pregunta el psicoanalista y psiquiatra francés Christophe Dejours “cómo la racionalidad ética puede perder su puesto de mando, al punto de resultar no borrada, pero sí invertida. [2]”

Los ciudadanos que vivimos en democracias creemos estar por encima de los demás, aquellos que viven en otros sistemas políticos, pero algo está afectando a nuestros sentimientos, algo está anestesiando nuestro sentido de justicia. A mayor corrupción, a mayor número de muertes de inmigrantes, a mayor número de mentiras demostradas, a mayor número de guerras y muertes innecesarias, a mayor desigualdad y pobreza; el mundo democrático más se mantiene en posturas radicales y extremistas a favor de valores insolidarios y contrarios a los derechos humanos.

El aumento de la desigualdad en los países desarrollados, entre los que España y Estados Unidos son punteros y paradigmáticos, nos demuestra la división que algunos pretenden de la humanidad y, por tanto, el descenso del humanismo de forma acelerada. En nuestro país sabemos que no sólo las clases medias están siendo perjudicadas por el pensamiento mágico del neoliberalismo sino que ha sido el 20% más pobre de la población española el que más renta ha perdido en estos últimos años, lo que demuestra la baja moralidad de nuestras políticas. En España los ricos son cada vez más ricos, y los pobres son cada vez más pobres, y la brecha entre unos y otros seguirá aumentando mientras no se tomen medidas que cambien la dirección actual.

El informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social (EAPN), nos dice que en España hay 13 millones de personas en riesgo de pobreza o exclusión y de esos 13 millones, 3,5 se encuentran en una situación de pobreza severa. Sin embargo, se sigue desahuciando a gente atrapada por el juego sucio de los bancos que sólo sirvió para beneficio de ellos mismos. Se venden viviendas públicas a los fondos buitres para que sigan cerrando la horca de la que penden los inquilinos y así hacer negocios rentables con el dinero de todos.

Escribía también Hannah Arendt que “Solamente en los casos en que tenemos buenas razones para creer que esas condiciones podrían ser cambiadas, pero no lo son, estalla la furia. No manifestamos una reacción de furia a menos que nuestros sentido de justicia se vea atacado”. Creo que las condiciones, fuera de un falso populismo, pueden ser cambiadas. Y para cambiar las condiciones de esta situación, a mi modo de ver claramente injusta, la base tiene que ser el cambio de nuestros valores. Por ello se necesita educar en valores democráticos que busquen una sociedad más justa en la que todos podamos vivir dignamente y perseguir nuestro desarrollo integral.

Hasta el propio Papa se pregunta ¿por qué salvamos a los bancos y no a los emigrantes?, mientras la mayoría de la ciudadanía vota a favor de que los mercados lo arreglarán todo e insensibles a la realidad social, se permite y se banaliza la corrupción, la injusticia, la desconsideración al emigrante, la despreocupación con el desahuciado, la indiferencia ante el que queda atrás en la carrera competitiva de este capitalismo desenfrenado.

La escisión del yo, es una de las razones que apuntan los expertos. La facultad de pensar se suspende en sectores concretos, pero, en cambio, se mantiene ejerciéndose de modo correcto en los demás sectores de la vida privada: educación de los hijos, trabajo, vida amorosa, intereses artísticos y culturales, etc. La ausencia de pensamiento en aquellos sectores contra los que no se puede luchar, en sectores en los que nos sentimos impotentes, en los que sentimos miedo e inseguridad, podría ser la causa de la maldad banalizada.

Es importante recordar y grabar en nuestra mente lo que nos decía la ONU en la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana; [...] el desconocimiento y el menosprecio de los Derechos Humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad y que se ha proclamado como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y la miseria disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias.” No se puede tener una conciencia laxa frente a lo que pasa. No se puede educar sólo para competir y ganar a los demás en un mundo en el que al final todo se perderá. Hay que educar para convivir y buscar una vida libre y digna para todos.


[1] Dejours, Christophe (2009:114). Trabajo y sufrimiento. Editorial Modus Laborandi S.L.

[2] Ibídem (2009:115).

La banalidad del mal