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domingo. 14.08.2022

De qué va todo esto

Permítaseme comenzar con el relato de una intervención que un importante hombre de negocios realizó hace años en una visita a Madrid.

Permítaseme comenzar con el relato de una intervención honesta, aunque extraordinariamente cínica, que un importante hombre de negocios realizó hace unos años en una visita a Madrid. El directivo, CEO (jefazo) de una multinacional del marketing y la publicidad fue preguntado por su conocimiento de las tendencias del consumo a nivel mundial. Esta fue su respuesta: Miren ustedes, yo vivo en un apartamento en Manhattan, mi vecino, Robert de Niro, es un gran cocinero y juntos pasamos muchas veladas entretenidas. Cuando me siento estresado, dispongo de una villa en la costa Azul en el sur de Francia, pero donde realmente descanso es en una granja que poseo en Nueva Zelanda. Yo no les cuento esto para alardear, sino para poder decirles que yo no tengo ni idea de lo que consume la gente, pues mi estatus me sitúa en una pauta de consumo que no es frecuente. MI trabajo consiste en hacer que la organización que dirijo formada por miles de personas continúe haciendo dinero para sus clientes y para sus accionistas. Yo no sé lo que quiere y consigue la gente. Fin de la cita

Una actitud cínica como digo, pero clarificadora sobre cómo se organiza la sociedad en torno al modelo capitalista, de qué va todo esto. Y esto va, de que algunas personas organizan el mundo para el resto, y lo curioso es que estos diseñadores de mundos desconocen cómo es y cómo se vive en el mundo que ellos visualizan para terceros. La desregulación promercados promovida por la versión del capitalismo 2.0 es una herramienta que facilita que esta incoherencia lógica, que ésta sin razón sea plausible, pueda legitimarse y llegar a imponerse como la única y estricta realidad.

La existencia de políticas para ordenar los hechos de la vida que tienen que ver con la enfermedad y su tratamiento, con la socialización de los conocimientos y la trasmisión de los saberes y las habilidades, con la previsión de lo que lo ocurrirá cuando no tengamos fuerza para el trabajo, o cómo capitalizamos el esfuerzo solidario de la sociedad con quienes necesitan el apoyo comunal, han dado como resultado lo que conocemos como estado de bienestar que cubre esas facetas de la vida mediante servicios de salud, educación, pensiones o dependencia, que son el resultado de siglos de contraste entre lo que ocurría en el ámbito de la realidad social y la mejor forma de dar cobertura a las necesidades colectivas habidas en ella. Los servicios públicos no siempre han tenido el mismo formato, pero siempre han ido evolucionando según las coordenadas que ligan recursos disponibles y público objetivo a ser atendido. Una ecuación sencilla que el capitalismo desregulador intenta desbaratar.

Los operadores económicos del “capitalismo sin complejos” perciben que es muy costoso vender productos a personas que cada día manifiestan mayores suspicacias sobre la utilidad o la calidad de las mercancías de este loco desenfreno consumista. Al mismo tiempo observan que estos reacios consumidores no dudan un segundo en agotar toda su renta, en gastar hasta quedarse sin dinero en procurarse salud, educación, ahorros para el futuro o ayuda a quienes puedan socorrer. El capitalista desregulador piensa, por qué no les vendo esto que tanto desean. Ni siquiera tendría que hacer marketing, esto se vende solo. Un asesor (tienen muchos y para cada cosa los suyos) le dice: Ya lo tienen, señor. Pues vamos a quitárselo y luego se lo vendemos responde el asesorado, mitad carcajeado, mitad asombrado de si mismo.

Dicho y hecho. La operación vista desde la óptica de un CEO como el que disertaba impúdicamente en Madrid, no tiene desperdicio, es redonda, sólo hay que pulir algunas aristas. Y para ello primero hay que contar con un grupo experto entusiasta formado por académicos que certifiquen que aquello que, atónitos, vamos a contemplar, no es hurto, es necesidad impuesta por los mercados. Segundo, hace falta un grupo trapacero que simulando ser un partido político se encargue del trabajo de campo, legislación apropiada y represión policial y judicial incluida. Tercero hacen falta contar con portavoces más menos mediáticos para agitar las aguas y que aquello que resulta meridianamente claro para todo el mundo, se enturbie y con ello se nuble parte de la razón de las víctimas de este truco del almendruco. Cuarto, es aconsejable crear un decorado como el TTIP para que esta latrocida operación quede enmarcada en un conjunto homogéneo  dominado por el color oscuro, casi negro, como ocurre en los espectáculos grotescos de magia.

Y todo ello ha sido llevado a cabo en Europa, y con particular inquina en España. El, lo ves - ya no lo ves, esta(ba) perfectamente articulado. Solo que los diseñadores que lo idearon son tipos como el CEO mencionado, que desconocen qué quiere la gente y qué es lo que pueden conseguir cuando se movilizan.

De qué va todo esto