lunes 01.06.2020

Lo de Trump y lo de Cataluña

Hay algo que une al presidente elegido por los americanos, o por muchos de ellos, y lo que sucede en Cataluña. El momento político de ambos casos responde a un fenómeno compartido en España y en USA: el sentimiento de la pérdida de control por parte de una franja significativa de la sociedad  que les lleva a adoptar posiciones políticas que desembocan en la elección de un Idi Amin (1) rubio en la casa blanca o a renunciar a negociar el estatus de un territorio histórico.

Los filósofos  de la globalización como Baumann o Sloterdijk y los teóricos más concretos como el nobel de economía Schiller, apuntan a la pérdida del sentimiento de seguridad por parte de amplias capas de las sociedades avanzadas como hecho responsable de situaciones inauditas, tales como el advenimiento a la presidencia de los EEUU de un “trilero” maleducado cuya prepotencia sólo puede responder a la sicosomatización de un complejo que sus biógrafos relatarán algún día, o al hecho de que sea la potencia perdedora de la guerra fría la que finalmente acabe imponiendo su candidato como presidente de la potencia formalmente ganadora. Absurdo verdad, tan absurdo como negar la trayectoria de independencia que sacude a Cataluña.

La argucia política que ha llevado a Trump a la Casa Blanca, si es que se decide a abandonar los salones dorados de su “tower”, se sostiene sobre la misma base social que retarda solucionar razonablemente la cuestión de Cataluña. No es otra que la existencia de grupos sociales, interclasistas, que se sienten amenazados, que han perdido la seguridad en sí mismos, que creen haberles sido expoliado el control de su destino y que aspiran a recuperarlo mediante un proceso de comunión con los instintos básicos depositados en la patria acogedora de la perdida autonomía y en la designación de un agente diabólico que promueve sus desdichas. Inmigrantes y separatistas son responsables de su pérdida de auto orientación. Los convulsos mercados y la desregulación bancaria que afecta a su condición de hombres asentados son ideas demasiado complejas, demasiado lejanas, demasiado difusas. Si éstos, mercados y bancos, fueran percibidos como responsables de sus desgracias, éstas aumentarían de hecho ante el sentimiento de impotencia de actuar en defensa de una situación que de facto ya solo existe en la rememoración nostálgica. Lo que nos ocurre a los perdedores de la globalización está relacionado con las estructuras de los mercados y con la desregulaciones bancarias y financieras, pero su corrección, caso de que se produjese, no va a llevarnos al punto de partida, al estadio de confort anterior.  La historia no da marcha atrás.

La lectura sociológica del voto emitido en USA nos dice que no es cierto que hayan sido los trabajadores pobres blancos quienes han ascendido a Trump a la presidencia agobiados por la penuria económica y la falta de expectativa. En los estados más reñidos, en Pensilvania en Michigan y otros, el voto a Trump ha sido superior entre perceptores de renta por encima de los 50.000 $, y han votado demócrata (por Hilary Clinton) en proporción de 52 a 48 quienes se sitúan por debajo de este nivel, justo dónde se ubican los emblemáticos “poor whites” . De modo que no han sido los blancos pobres los responsables de este lamentable hecho. Más parece obra de gentes que, sin ser los ganadores del premio a la economía globalizada, no están en la peor de las situaciones.

Excepto que sí lo están porque han perdido (y para siempre) el sentido de autoridad que concede vivir en un mundo hecho a tu imagen y semejanza.  Tratar de hacer América grande otra vez es un intento por recuperar el pasado, es una  quimera similar a la de pensar que por tomar viagra vas a volver a revivir ese gran seductor que fuiste. La inseguridad desestabiliza y la pérdida de control de la propia existencia lleva a buscar refugio en el útero materno, la gran América o la gran España.

El voto de rechazo del partido popular a cualquier opción política sensata respecto de la cuestión de Cataluña está firmemente anclada en esta posición, en la de ofrecer a un grupo social retrógrado una idea balsámica dirigida a todos aquellos que ven perdido el acogedor ambiente de una madre patria que, entre incienso y rancho, confortaba con sus bellos villancicos emitidos por megafonía eclesial para todos los españoles.


(1) Según la lucida expresión de Iñaki Gabilondo, recordándonos el paralelismo con aquél energúmeno iconoclasta  que defenestraba a los rivales que osaban ganarle en natación (o en cualquier otra disciplina)  que atentara contra el brillo del poder que los británicos depositaron en este sargento convertido en rey de Uganda en los años 70.

Lo de Trump y lo de Cataluña