lunes 01.06.2020

Tremendo tremendismo

Hasta la fecha la ciencia y los científicos españoles no han podido sino mesarse los cabellos ante tanta desmesura, tanta impostura y tanta proposición incontrastable, que es, una vez más hay que decir, el método del tremendismo: tergiversa más que los demás y así obtendrás tu derecho a exigir respeto

No me gusta hablar del país en el que nací, éste, España. Y no me gusta porque en lugar de verme reconfortado por el prurito del anfitrión orgulloso de resultar objeto de curiosidad, cuando he de hacerlo por obligación o cortesía me siento siempre en un apuro, del que solo puedo salir mediante recurso al tremendismo, esa forma abrupta de practicar el relato, la imagen o el toreo, que puede extenderse a otros campos como la visión histórica o la pugna política. El tremendismo es exageración que suple a la veracidad porque ésta, la verdad, resulta inaceptable.

Recuerdo que hace unos años, un militar noruego encargado de las misiones humanitarias de su país me interrogaba sobre los valores compartidos por los españoles, la columna sobre la que descansa la identidad española y, por tanto, el mortero de nuestra cohesión, cuál es el aglutinante que nos mantiene unidos como nación que podría resultar aleccionador para otros. No sabiendo que responder, saliendo por la tangente, le dije que el futbol cubría esa función. Su mirada desaprobatoria indicaba que no aceptaba payasadas, pues además de la curiosidad, tras su pregunta se encontraba un dilema angustioso, el de promover el voluntariado para misiones arriesgadas por solidaridad de los ricos noruegos con los necesitados del sur en África. Comprendido esto comencé a estrujarme la cabeza.  Tras una reposada reflexión solo hallé una respuesta que me pareció verdadera y honesta: somos una nación muy vieja, le dije. Hemos pasado por casi todas la formas de estado y de gobierno. Unas han sido exitosas y otras han provocado daños y fracaso. Hemos sido una nación imperial y subordinada, innovadora y atrasada, toda forma de pensamiento liberador y de represión intelectual han encontrado su espacio aquí. Este enorme bagaje de tantos años nos lleva a un justificado escepticismo declarativo sobre las bondades de esto o de lo otro. Ya no creemos en casi nada que no sea sagrado o exagerado. Por eso nuestra actitud es tremendista. Solo damos pábulo a lo esperpéntico, a lo disparatado, a lo irrisorio (de ahí el éxito de telecinco).

Y por eso, solo somos capaces de enfocar una cuestión, toda cuestión, cuando se manifiesta inabordable, explosiva, sobreactuada, configurada con los ribetes de tremendismo. Que la organización administrativa territorial sea una cuestión que deba resolverse a “lazadas”, confirma mi teoría. Sacar los huesos de un asesino y derruir el circo que en su conmemoración se practicó sobre el horror allí instalado 43 años después de su desaparición es otra prueba del tremendismo explicativo de nuestra condición de hoy. Que cuatro palurdos y una familia de aprovechados sea suficiente como para sostener un debate político de fondo es el punto final de esta oda al tremendismo en que hemos convertido a esta nación.

Para mí queda probada que la tendencia al melodrama tremendista es el mejor modo de reconocer  la españolidad. Y no digo que esto sea ni bueno ni malo. Es una característica que, insisto, creo que proviene de los muchos años de convivencia: ya todo nos resulta atragante. Por eso el fragor en la defensa de las posiciones personales o políticas que han surgido de una ideación perturbada de la realidad nos lleva a extremos ridículos, pero ay, a veces muy dolorosos. 

Cómo salir de esta situación no es cosa fácil, o dicho de otro modo es cosa difícil (Rajoy dixit). El demonio del tremendismo, una vez habita en tu ser, no se deja expulsar ni anatemizar. Mucho menos mitigarse por la fuerza de la razón. Por eso la ciencia, el altar de la razón, juega un papel tan marginal en la historia de España, de momento aporta muy poco al fondo de la cuestión española que parece sólo puede resolverse o evolucionar de la mano de las crispaciones y aspavientos que forman la coreografía de la puesta en escena tremendista. Hasta la fecha la ciencia y los científicos españoles no han podido sino mesarse los cabellos ante tanta desmesura, tanta impostura y tanta proposición incontrastable, que es, una vez más hay que decir, el método del tremendismo: tergiversa más que los demás y así obtendrás tu derecho a exigir respeto. 

Pues como digo, menuda putada lo de la ciencia. No parece que vaya a sacarnos de este hastío en el que hemos convertido el ser nacional, porque nuestro derecho al escepticismo tremendista no nos releva de la obligación de vivir en coordenadas aptas para la convivencia. Estamos condenados a vivir en nuestro contexto histórico - geográfico y solo hay una cosa que en mi opinión puede hacerse al respecto, que es denunciar la esencia tremendista de nuestra actitud diluyéndola en un marco de referencia abstraído. Reírnos y espantarnos.

Eso es lo que hizo Goya en sus pinturas y en sus caprichos: tremendizar lo tremendo. Somos así de animales y solo el arte nos civiliza.

Tremendo tremendismo