miércoles 29/9/21

Hay que subir los salarios pero ya

La pobreza debida a la merma salarial  se trasmite y generaliza impactando en todos los ámbitos de la vida del país.

Si, sí, dicho así de claro y en tono cheli. Hay que subir los salarios pero ya mismo, que pa luego es tarde. Ya basta de diatribas sobre si la contención salarial es o no una medida de carácter transitorio para robustecer un tejido productivo dañado por las deudas y la desinversión.  No cabe otra interpretación, la raquitización de los salarios en España es una escabechina, un cuento contado por un idiota, lleno de furia y de ira que carece de cualquier sentido (gracias Shakespeare).

No hay nada que discutir, basta analizar los resultados de esta tozudez para comprender la relación que se da entre un paro convertido en estructural del 24% y la incapacidad de la economía española para generar alternativas de desarrollo consistentes: son los salarios menguantes. La vía de escape de retorcer aún más si cabe los salarios inhibe el necesario proceso de modernización y depuración que requiere la economía española. Digo que no hay nada que discutir sabiendo que en términos académicos se desarrolla  una viva disputa entre economistas que apuestan por la contención salarial como mecanismo de ganancia de cuota de mercado y aquellos otros que consideran que los bajos salarios impiden la actualización y la adaptación de las empresa a las necesidades modernizadoras, pues los salarios bajos son un suero para la innovación y la adaptación vía formación a las exigencias crecientes de los mercados. La cuestión está en disputa y desde una y otra posición se aportan datos y experiencias contradictorias en contextos productivos diferentes. Está tan irresuelta que incluso Val Mart, la compañía líder mundial en ventas al detalle, pionera  en la aplicación de políticas de bajos salarios, se encuentra en proceso de retorno, asumiendo la elevación de las retribuciones a sus vendedores como forma de ganar el terreno que ha ido perdiendo respecto de competidores más dispuestos a formar y pagar por un servicio de ventas más sofisticado y conectado con la expectativa del comprador y no sólo con una ligera rebaja del precio del producto.

Pero en España no se ha producido debate alguno y aún menos alguna reflexión sobre el efecto directo e indirecto de la elección de la bajada de los salarios como eje central de la política económica. Quienes se sintieron seguros por un accidental respaldo político en las urnas y aquéllos que durante años quisieron ajustar las cuentas a los sindicatos (a quienes siempre vieron como el enemigo en casa), antes de abrir un debate reflexivo sobre qué se quería hacer, porqué y con qué consecuencias, tomaron la iniciativa al modo en que los esbirros actúan, con más saña y crueldad que el líder o el amo, careciendo de las razones que a éste pudieran asistirle. El gobierno español ha actuado en esta cuestión como el perro guardián, ladrando , soltando dentelladas,  atado en corto por una cadena que el amo le ha puesta al cuello. Cuanto más ladra, cuanto más defiende el mecanismo de contención salarial, más le estrangula la cadena como a esos perros que se asfixian intentando ahuyentar a los  extraños que tan sólo pasean cerca de la cerca.  Los salarios de miseria y la legislación  contractual perpetrada por la reforma laboral contra la lógica en la conformación de los salarios, forman un lodazal del que resulta difícil salir. Esa, y solo esa es la cuestión, nada que debatir tan solo acertar en cómo salir de esta miserable situación en la que estamos todos inmersos.

España no es un país exportador. Los salarios míseros no activan su potencial exportador. Las fluctuaciones de su balanza exterior se deben a fenómenos exógenos como la debilidad actual del euro o del precio del petróleo. No es que se deba renunciar a la exportación, pero de algo producido con calidad aquí y no como mera aportación de mano de obra barata para la cadena de valor generada en Alemania o EE.UU. Porque la pobreza debida a la merma salarial  se trasmite y generaliza impactando en todos los ámbitos de la vida del país. Un país que destaca por su cultura y su creatividad.

Hay que comenzar a subir los salarios ya, antes incluso de lanzar propuestas de conversión de nuestra economía y antes de apuntar en qué dirección avanzar. Existe el convencimiento generalizado de que la viabilidad de la economía de una región o de un país va a depender de su capacidad de adaptación a los cambios que son el único fenómeno concreto de la nueva realidad. Esa adaptación pasa por construir un mínimo compromiso de la gente con su vida, con su futuro, con su proyecto y por tanto con su forma de ganarse el sustento. Si no hay sustento no hay futuro, no hay proyecto y no hay vida. Primero subir salarios, después, y de manera inducida, apostemos por un modelo de economía y de vida dignos y actualizado.

Cómo subir los salarios no es una cosa complicada. Basta con dos acciones concretas y simples: Elevación del salario mínimo y recuperación de la negociación colectiva. Sobre este par de fuerzas sí que se puede iniciar un debate y estructurar políticas económicas destinadas a la satisfacción de productores y consumidores  y no a la miseria colectiva.   

Hay que subir los salarios pero ya