miércoles 16.10.2019

Sabía muchas cosas, pero todas las sabía mal

Es lo que dice Platón sobre el tonto del culo Margites, personaje hueco, héroe de la contra Odisea que lleva su nombre, algo que podríamos extender a parte importante de nuestra clase política, sobran las ejemplificaciones de torpeza supina. Podríamos hacer sangre sobre la proverbial falta de inteligencia para gestionar un simple problema de discrepancia de tercer nivel, al alcance de los estudiantes de primer curso de negociación colectiva, pero no es este el objetivo del artículo, bastante se ha dicho ya, si no lo entienden, entonces es que no hay nada que hacer con ellos, mi consejo es no volver a votarles. Pero allá cada cual.

Lo de lanzar nuevas propuestas, modificando de manera radical las leyes educativas anteriores por parte de cada nuevo equipo de gobierno es un signo de la estupidez que carcome a todos ellos, y es la justa representación de que saben mucho, pero todo lo saben mal

Esta reflexión sobre la estupidez consustancial en nuestra clase política pretende saltar sobre la ineptitud transitoria para ordenar una cierta gobernabilidad y así poder centrarnos en espacios de responsabilidad mucho más importantes, con efectos directos sobre cada uno de nosotros y sobre el conjunto social, por ejemplo la incapacidad de diseñar y llevar a cabo políticas educativas eficientes y ajustadas a las necesidades que de manera perentoria presenta la realidad formativa española. Lo de lanzar nuevas propuestas, modificando de manera radical las leyes educativas anteriores por parte de cada nuevo equipo de gobierno (todos legitimados por la urnas) es un signo de la estupidez que carcome a todos ellos, y es la justa representación de que saben mucho, pero todo lo saben mal, porque son incapaces de desarrollar un proyecto que encandile a la sociedad hasta el punto de convertirla en irrevocable.

Y no será porque el asunto de la educación sea una cuestión cerrada, tangencial y de alguna manera aburrida o refractaria al ingenio político y la creatividad organizacional. Más bien al contrario, en la definición de políticas educativas se encuentra los retos y las oportunidades más valiosas de cuantas puede encarar la clase política en el diseño de leyes y en la ejecutoria de las mismas.

El cáncer del mundo moderno es la desigualdad, y por tal suele entenderse la desigualdad de renta, los desequilibrios en la capacidad de compra, pero hay una frontera que separa a los bonificados y los perjudicados que va más allá de la posesión o disfrute de cosas consumibles. Esa frontera escinde radicalmente nuestro mundo entre quienes han adquirido el dominio sobre la abstracta composición del mismo y aceptan la variabilidad consustancial de la vida, frente a quienes no han podido superar la fase monolítica de la  representación unicausal de todo lo que nos rodea. Dicho en otras palabras, la desigualdad más injusta es la que divide nuestra sociedad entre quienes disponen de recursos para entender que la vida es un regalo en sí misma y aquellos que solo pueden vivir mediante la compra de sucesivos regalos. La agencia que media entre una y otra orilla es la educación, la actividad por la que hombres y mujeres pueden escapar del nativismo simplista e introducirse en las complejidades emocionales de la vida más allá de las experiencias de proximidad.

Resolver este desequilibrio es la tarea principal del legislador en materia educativa. Elevar el nivel de la inteligencia general de nuestra sociedad pasa por fortalecer los procesos de dominio abstracto del mundo. El arte y la ciencia son la punta de lanza, el modelo a imitar. Pero lo que nos encontramos es un proceso inverso, de reducción del amplio espectro de la adquisición de destrezas mediante la educación a un mero reconocimiento de iconografías que ayudan a reproducir una conducta ajena. La tendencia a reducir el lenguaje a unos escasos vocablos polisémicos y a dos o tres verbos auxiliares apoyados por emoticonos, la semiótica favorita de las redes, es un reflejo de cuanto se arguye aquí. Un proceso de simplificación que apuesta por la orientación final a la compra de algo, de alguien, o de ambos en cómodos plazos y con cupones de descuento.

Pero me temo que quienes se ven en la obligación tecno-política de abordar la educación pertenecen más al mundo de la simplificación que al de la interpretación abstracta. Hecha salvedad de algunas cuestiones organizativas sobre la dotación presupuestaria, la territorialización y sus consecuencias así como la fijación de los recursos humanos, temas importantes pero marginales respecto de la cuestión central, las posiciones sustanciales se agrupan entre quienes consideran que la educación debe servir para afinar la maquinaria social, mediante la eficacia en la inserción laboral y familiar (pragmáticos), y quienes se apoyan en la idea de que la educación debe formar seres humanos vindicadores, no dóciles ciudadanos dispuestos a votar cuando se les diga (utópicos). Cada facción enarbola sus razones y lucha por imponerlas, olvidando que un ciudadano “despierto”, siendo crítico, es quien más aporta a la sociedad, incluido el terreno profesional y familiar, y que la educación debería ubicarse en la búsqueda sensata de la inteligencia general. Esta es la cuestión de fondo, promover la inteligencia general por encima de toda otra particularidad.

Y que conste que la mayoría de las personas que participan en el diseño del modelo educativo es gente instruida, que sabe, lo que parece es que lo saben mal. 

Sabía muchas cosas, pero todas las sabía mal