lunes 01.06.2020

Hay que revisar cómo entendemos el fenómeno migratorio

El xenófobo y el racista no aportan nada al debate sobre el fondo de los movimientos migratorios

Los hechos determinantes de la globalización son el intercambio generalizado de información, el movimiento indiscriminado de capitales y los desplazamientos de personas de uno a otros lugares. Por tanto la migración, sea de datos, de cuentas o de personas constituyen el hecho más destacado del comienzo de este tercer milenio. Y sólo por ello, las migraciones deberían ser el objeto de la reflexión, debate y consenso al más alto nivel de cuantos conflictos retan a la humanidad. Y conviene recordar que para analizar cualquier problema necesitamos un marco de referencia.

La migración de datos posee un marco referencial o contexto en el que se debate su existencia y evolución. Acotado entre el mantenimiento de la neutralidad en la red o su pérdida, es decir quién gestiona y cómo la red sobre la que discurre la información o datos, así como la incubación libre de verdades y mentiras (fakes, redes, bots, etc.) Ambos son planteamientos que, como se apunta,  enmarcan la cuestión de la migración en el terreno de los datos: cómo fluye la información, quién debe gestionar su tráfico y cómo se garantiza la veracidad o la reserva.

La movilidad del capital también tiene las coordenadas que habilitan un debate riguroso. Por un lado está la posición defendida por la banca de inversión internacional que reclama el libre movimiento sin restricciones y responsabilidad tan solo ante los inversionistas y tenedores de títulos de capital, y por otro se encuentran los defensores de la regulación y la fijación de impuestos especiales a los movimientos financieros que con distinto grado de exigencia plantean movimientos sociales, numerosos académicos y grupos de presión como Oxfam, Attac, etc.

Para la valoración del par de fuerzas que actúan como coordenadas en el análisis de movimiento del tercer contingente que hemos mencionado, la migración de personas, creo que resulta aún más esencial definir su encuadre (sobre las razones que provocan dicho movimiento no entro no porque no sea tema crucial, sino porque no es el fondo de este artículo). En la “intelección” de la cuestión de las migraciones y por tanto en el trato que  debe darse a las personas migrantes hay dos posiciones razonadas. Una primera que se sostiene sobre principios humanistas de hermandad universal de los seres que desde posiciones morales religiosas o de ética laica defienden, sin más, la integración de las poblaciones migradas. No se ignora el impacto que las migraciones puedan tener sobre las poblaciones de acogida, pero el imperativo moral en la visión laica o la caridad en el bando religioso se sobreponen a cualquier otra consideración. Este sería el eje de ordenadas.

Existe otra posición (o eje de abscisas) que podríamos denominar utilitarista que intenta comprender el fenómeno de la migración como algo susceptible de ser gestionado con criterios de rentabilidad social agregada, por la incorporación de nuevos sujetos portadores de valor económico.

Pues bien, desde aquí yo proclamo que no son suficientes ambos argumentarios, que el debate y la reflexión sobre el movimiento de persona exige una tercera coordenada para ubicar realmente la cuestión. Tenemos la obligación moral de recibir de modo humano a las personas que llaman a la puerta y hemos de asumir el compromiso de incorporar a estas personas de modo que puedan ganarse la vida y la de los suyos de manera digna y en provecho de todos.

Y en este todos está el quid de la cuestión de la tercera coordenada, pues el todo es un conjunto de relaciones sociales dominadas por prácticas culturales y poblado de hábitos que se convierten en ley que favorecen el encuentro ente unos y otros si todo va bien, o fortalece las diferencias cuando no. La cohesión de un agregado social no depende del color de la piel per se  ni del origen nativo, si no de la existencia de espacios de intercambio, algo  que genera una dinámica de ganador a ganador. Cuando estos espacios no existen o están desvirtuados por injerencias legalistas, el juego muta hacia el territorio de perdedor contra perdedor y el todo social se debilita.

De modo que el espacio de combate para racionalizar el proceso general de las migraciones, evitar daño e incomprensión y fomentar el beneficio mutuo, debe centrase en derruir y reconstruir, no muros, sino espacios simbólicos antes refractarios, promover pautas culturales en las que reconocerse y crear pasillos para la participación en las instituciones sociales que convierten los hábitos en legitimidad.

El movimiento permanente de personas a lo ancho de este mundo globalizado va a continuar, es un hecho tan poderoso que puede llegar a desestabilizar sociedades desde luego, por ello hay que volver a recordar que la fuente de mucha incertidumbre inquietante y de dolor innecesario no requiere sino repensar las migraciones en un nuevo contexto alejado de la opción de los xenófobos por no ser una respuesta intelectiva si no visceral. El xenófobo y el racista no aportan nada al debate sobre el fondo de los movimientos migratorios.  

Hay que revisar cómo entendemos el fenómeno migratorio