lunes 01.06.2020

Hay que resistir la frustración

Ya sé que no es fácil en las condiciones actuales, hay que resistir la frustración y no tenemos cuerpo, ni ganas, ni argumentos. Sólo el pálido consejo de Delors cuando decía a los europeos inquietos por la lentitud del proceso convergente: “hay que darse mucha prisa en tener paciencia”.

Pues eso, que la izquierda una vez más ve su sueño roto ante la eventualidad frustrada de corregir el sentido de los acontecimientos en la formación de un gobierno progresista en España. Y yo os digo que sí, que la cosa es realmente frustrante, pero que es una seña de identidad histórica de la izquierda el ser refractarios a la depresión inducida por la frustración. Es frustrante no poder formar gobierno, pero no es el objetivo último de la izquierda el formar gobiernos  y gobernar de manera razonable con la bendición de quienes bendicen desde sus consejos de administración o sus consejos editoriales. La izquierda entiende gobernar como un instrumento de cambio más, no como el instrumento del cambio.

Y claro que esto provoca frustración cuando nos movemos en un entorno temporal en el que la elección de un gobierno concentra toda la actividad política. Es comprensible y no es despreciable intentar gobernar, pero no es el objetivo final de la izquierda. Insisto que el objetivo de la izquierda es provocar la emancipación de los seres respecto de su estado de desigualdad, dependencia, injusticia y falta de oportunidades. Ese es el objetivo de la izquierda humanista para quienes la gobernación es una herramienta más en la caja de soluciones del estadio histórico que corresponda, que han revisado todos los pensadores y humanistas que en el mundo han sido, de Marx a Benjamin, de Diógenes a Gandhi.

Hay que ser muy iluso para pensar que los objetivos de la izquierda se logran encabezando gobiernos y dominando cámaras legislativas. Esto ayuda sin duda, pero ni siquiera creo que sea particularmente útil en el devenir de las ideas de progreso que han ido evolucionando como logros del ser humano debidos a la fuerza y la convicción del pensamiento liberador.  La transformación de la socialdemocracia en Europa de instrumento del progreso en báculo del liberalismo abstracto se debe a su obsesión por ser opción de gobierno y no opción de justicia e igualdad.  La izquierda no debería renunciar a tratar de gobernar, pero no es bueno obsesionarse en ello. Los avances más impactantes de la civilidad y de la igualdad de los seres lo han provocado actitudes de izquierda fuera de la acción de gobierno. Es más importante para la igualdad racial Martin Luther King que Obama, es más importante para reivindicar la educación como arma emancipadora del pueblo Miguel Hernández que Largo Caballero.      

El enemigo a batir por parte de la izquierda no son los partidos conservadores, sino el conservadurismo que se cultiva en todo acto social que retrotrae cualquier iniciativa al mantenimiento del statu quo. El conservadurismo se disfraza de realismo porque encuentra una justificación en lo existente para proclamarse el bando de la sensatez autorizado para su eterno mantenimiento. Desarmar ese autoproclamado realismo es la tarea principal de la izquierda. Desvelar y desenmascarar la mentira oculta en la pretendida razón inamovible es la tarea de la izquierda. Pero, como puede comprenderse, es una tarea titánica, con más lagunas que logros, cuesta meses retirar el chapapote de las playas, pero solo se requiere un poco de ambición descontrolada para volver a petrolear toda la costa en escasas horas (verdad comisario Cañete). El trabajo de la izquierda es sinónimo de progreso y humanismo, pero también de frustración, nos viene de lejos, tiene que ver con la dimensión de la propia existencia de la izquierda, oponerse a las fuerzas que encadenan la humanidad a su situación de desamparo. Cuenta para ello, eso sí,  con excelentes compañeros de viaje, la ciencia, el arte y el pensamiento proveen de recursos para el combate, pero es un combate muy desigual que genera lúcida frustración. En España vivimos en la actualidad uno de sus  ejemplos más impactantes: la idolatría hipersubvencionada de la iglesia católica sostén del carácter conservador  frente a la desidia con la que se arrinconan a la ciencia y la saña con la que se gravan las “tontás” de la cultura.  

Fracasar en este combate sí que debería llevarnos a la depresión colectiva, participar ahora en un gobierno atado por el dictado alemán, no tanto*.

Palabras de Tolstói en Guerra y Paz: El alemán es el más seguro de sí y de la peor manera, más firme y antipática, porque imagina conocer la verdad, una ciencia que él mismo ha inventado y que constituye su verdad absoluta.

Hay que resistir la frustración