domingo 23.02.2020

Lo preocupante no son las mentiras

La esfera pública ha sido vampirizada por la mentira. Las fake news y las declaraciones que no resisten el contraste con los datos se erigen en vehículo de la comunicación política y están a punto de desbordar ese territorio para expandirse por cualquier otro. Las mentiras ya corren mucho más que un cojo, ni Usain Bolt se acerca a su velocidad.

Sobre esto hay acuerdo, repulsa y rechazo. Pero no me parece que la cosa más preocupante sea decir y exponer cuestiones de manera alternativa a lo que dice la realidad, lo que de verdad debería preocupar es haber contribuido a generar un  tipo de sociedad en el que la mentira y la fabulación obtienen el premio de la aceptación muy por encima de lo que digan los datos o las informaciones verificables.

La capacidad de penetración de herramientas no concebidas para la mentira pero descomprometidas respecto la restricción o represión de las mismas (Facebook, Google, Twiter, etc) es brutal. La mentira vive en este medio como pez en el agua

Esto sí que me parece preocupante. Hemos construido, unos con más responsabilidad que otros desde luego, un mundo tan vil que solo se vislumbra uno mejor en la ocultación de la verdad. La mentira se ha convertido en el motor de la expectativa, en la promesa de que la basura que inunda el actual será barrida por el viento de la historia. Ese deseable mundo queda tan lejano que parece que solo una ensoñación irreal puede acercarlo a quienes estamos viviendo el infierno de la realidad.  Tragarse como situación cotidiana la muerte de decenas de personas que buscan refugio, o aceptar la intoxicación de nuestro organismo y la extinción de cientos de otras especies como pago a nuestro modo de vida, requiere de una presentación fraudulenta del mundo que nos rodea y lo que nos espera.

Y hay emisores muy diestros en la fabricación y sobre todo en la difusión de las mentiras. La derecha alternativa que domina el mundo sajón y la derecha cavernícola realquilada en  Europa utilizan un modelo de comunicación muy efectiva que ya estaba inventada y probada por la publicidad hace muchos años. No se trata de vocear la bondad del producto, sino que el producto encaje en un mundo virtual apetecible: poniéndote este desodorante, el mundo entero caerá rendido a tus pies. No es cierto, pero sería tan  maravillosa que con ese simple gesto todo el mundo me quisiera en lugar de ignorarme que… renunciamos a la realidad y optamos por la recreación emocional. El, te gusta conducir de una potente marca de vehículos, es el referente luego ideologizado de las palabras de Ayuso sobre lo que molan los atascos en Madrid.  

El problema de fondo no es que mienta tanto la marca como la responsable política, el problema gordo es que hemos creado un modelo de sociedad que ya solo puede conectarse con las emociones y apasionarse por la vida a través de discursos irreales, engancharse a  auténticas falsedades destinadas al error personal y al colectivo, al desastre vamos.

Mientras éste se produce hay quien obtiene ventajas. El capitalismo encuentra el modo de aprovechar en beneficio de unos pocos las carencias de los muchos. Habiéndote vendido todo lo imaginable, ahora te vende sueños, de grandeza, de pureza racial, de historia imperial, de pasado perfecto. Y mientras una parte sustancial de nuestra sociedad se flipa con esas brumosas promesas, te cuelo una reforma laboral que lleva hasta el contrato de cero horas o el despido en medio de una prescripción médica de baja. A quién le importa si pago o no pago impuestos aquí, a quién debiera preocupar que me apropie por inmatriculación o por venta criminal las propiedades públicas, lo que importa es si los que se oponen a estos tejemanejes son constitucionalistas o no.

Mi preocupación por el estado en el que se encuentra la conciencia social que admite la mentira como una más de la expresiones de la vida llega al nivel de pavor cuando me apercibo del ritmo de penetración de las herramientas en que se apoya la extensión de la mentira, pues para obtener respaldo ésta no requiere rigor sino el ser ampliamente compartida. Los analistas Long y Spence en su seguimiento del despliegue de tecnologías rupturistas describen como el automóvil necesitó de 62 años de existencia para llegar a 50 millones de usuarios en el mundo. La electricidad bajó esa cifra a 46 años. El teléfono móvil tan sólo necesitó 12. Pokemon Go llegó a los 50 millones de usuarios en 19 días.

La capacidad de penetración de herramientas no concebidas para la mentira pero descomprometidas respecto la restricción o represión de las mismas (Facebook, Google, Twiter, etc) es brutal. La mentira vive en este medio como pez en el agua. Y la capacidad de resistencia social ve minada la fuente de su tradicional observancia de la verdad: una moralidad desejemplificada y una credulidad reforzada por años de ficciones publicitarias. 

Así se acaban cumpliendo las visiones que Guy Debord describiera sobre la sociedad del espectáculo, solo que esta sociedad actual no vive ensimismada en la producción de una abundancia lisérgica, sino que camina hacia el ramplón low cost. El problema de fondo no es la mentira, sino su aceptación incondicional.

Lo preocupante no son las mentiras