domingo 05.07.2020

Pon un pin

Ya sé que el título de esta columna es una gracieta que debería haber evitado, pero es que venía botando. Resulta que la educación, como Teruel, existe, pero sólo nos acordamos de ella cuando algún suceso extraordinario la saca de su apacible mansedumbre y la señala como lugar de atención, llena de likes y recomendaciones de no perder la oportunidad de visitar. Y a mí, que la educación me parece la utilidad social más importante de cuantas existen, solo me  cabe desear el que ojalá cada día le pusieran un pin. Ahora bien, si puedo elegir, que sea un pin o llamada de atención con cierta trascendencia, no estupideces irrelevantes para el proceso de adquisición de conocimientos y de hábitos con impacto en la conducta responsable.

No deseo entrar en la valoración del pin inducido por los facciosos de Vox que tan bien ha caído en el desierto discurso del PP, está claro el fin, el objetivo perseguido y la metodología dispuesta para cosechar descontento o desequilibrio mental. También queda claro que el somaten clerical funciona de manera engrasada, tú me das de comer defendiendo la existencia de un modelo de educación añejo y sinsentido, pero lucrativo, y yo excito a los crédulos feligreses (sorprendentemente aún quedan) en homilías, sacristías y declaraciones campanudas sobre la calculada libidinosidad con la que algunos infantes tientan a sus párrocos y confesores contoneándose al acercarse de un modo que alguien les habrá enseñado, vamos digo yo. 

Giner de los Ríos: “Las clases deben venir a ser una reunión durante algunas horas, grata, espontánea, íntima, en que los ejercicios teóricos y prácticos, el diálogo y la explicación, la discusión y la interrogación mutua alternen libremente con arte racional”

Ya digo que no quiero entrar en esto que da para mucho, y concentrarme en algunas causas que debieran generar vocación inequívoca por el hecho educativo. Quiero poner más de un pin y empezar por una causa general. Necesitamos convertir la educación en el pilar de nuestra sociedad por razones de extrema vulnerabilidad, nuestra vulnerabilidad. Aquí quiero poner mi primer pin, me explico, nuestra dependencia del proceso educativo ya no es cuestión de la estricta instrucción necesaria para moverse en un mundo complejo que tiende a requerir mayor dominio de habilidades, por esto la educación también resulta necesaria, pero primero por razones de viabilidad social o de mera existencia. Recordad que el último gran drama vital se desarrolló en dos fases en Europa, a cuyas trincheras acudieron millones de hombres y de mujeres armados, pero sin capacidad de oponerse a quienes les enviaban al matadero. Sólo un número muy elevado de ciudadanos educados y poseedores de criterios personales podrían haberse opuesto a esa locura disfrazada de intereses nacionales. Esto estaba tan claro y tan acentuado en la realidad Española de entreguerras que los esfuerzos republicanos por elevar la condición educativa de la población obtuvo como represalia el fusilamiento masivo de enseñantes, el exilio de los pensadores y el borrado de la institución más noble conocida en nuestra historia, la Institución Libre de Enseñanza.

Las acometidas recientes contra la soberanía popular no pueden (de momento) apelar a la defensa de la patria vía confrontación armada, buscan alternativas, por ejemplo hacer grande de nuevo a una nación o recuperar la identidad religiosa o cultural perdida. El discurso y los recursos de los extractores de poder se enmascaran y solo puede combatirse con la elevación de la educación y los conocimientos de las gentes expuestas al expolio. No hay mejor defensa ante las mentiras, fakes o bulos, que una persona cultivada en la valoración de las evidencias. Aquí pongo mi segundo pin, para defenderse del autoritarismo modernizado necesitamos fortalecer la educación y hacerlo siguiendo dos objetivos: educar a más gente y hacerlo en clave de ciencia. Educar a todos y educar mostrando datos constatables. Este pin debe portar en su anverso la efigie de Ramon y Cajal o de Margarita Salas y tener en su reverso, para no girarlo nunca y solo recordar el dolo de las buenas intenciones mal concebidas, la de Menéndez Pelayo, quien ideó una fantasía nacional que todavía restalla por las pulseritas de los acólitos actuales.

Y ahora, que el pin de los pamplinas ha traído como consecuencia indirecta fijar la atención sobre los aspectos relevantes de la educación, ahora que el currículo se impone al ideario de centro, ahora que el profesorado reclama y justifica la asistencia de personal no docente pero autorizado, ahora que las disfunciones y el incivismo en las aulas tiene identificada parte de su génesis, ahora que la educación es algo más que el derecho a la opción libre de los padres meapilas y a disfrazar las oportunidades de negocio privado, ahora que la educación debe acompañarnos a lo largo de toda la vida, como digo ahora es la hora de la educación. Hablemos mucho de ella, pongamos un pin cada día para cada día poner en marcha un debate educacional.

Y así entraremos en el más útil y satisfactorio de todos ellos, el pin de cómo mejorar nuestro sistema educativo. Yo traigo aquí uno expuesto en 1879 por Giner de los Ríos: “Las clases deben venir a ser una reunión durante algunas horas, grata, espontánea, íntima, en que los ejercicios teóricos y prácticos, el diálogo y la explicación, la discusión y la interrogación mutua alternen libremente con arte racional”.

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