martes 27/10/20

Perrear, perrear y perrear

Hay varias acepciones de la palabra perrear. La más usada en la actualidad es la que hace referencia a ese baile lúbrico en el que las parejas actúan siguiendo una coreografía que recuerda mucho los encuentros reproductivos de los canes, esa sexualidad ambigua de los perrillos en celo. La segunda en orden de difusión es la de perrear como sinónimo de hacer poco o nada y además verse embargado por una melancolía que redobla el dolce farniente. Tocarse los huevos en lenguaje popular, pero hacerlo con deleite. Una tercera apunta a la empatía sentida por los animales que nos acompañan y al cariño que se desata entre cuidadores y acompañantes perrunos que deriva en una relación de amistad que lleva a compartir algo más que la mera presencia: respeto y aprecio mutuo. 

De una manera u otra todos perreamos de acuerdo con alguna o varias de esas significaciones. Por ejemplo la señora Ayuso ya destacó como perreadora digital del mítico Pecas. No soy asiduo de las redes sociales y por tanto no puedo juzgar si su asesora de imagen se lo curraba y proyectaba una figura idealizada del perrín, o si hacía justicia del chucho destacando tan solo las virtudes del animal para contrarrestar las animaladas de su dueña y señora (Aguirre) Lo cierto es que Pecas, que se sepa, nunca trasgredió más normas cívicas que las de mingitar en vía pública y eso no es responsabilidad enteramente suya (hay que llevar bolsita y botella de agua para eliminar los restos), algo que no puede decirse de su mentora (del perro digo) Ayuso perreaba con denuedo atendiendo a la tercera acepción, la del respeto entre iguales.

Para seguir ejemplificando y mostrar que se puede perrear en uno o varios sentidos, continúo con el caso que nos ocupa, la señora Ayuso que al frente de un nutrido grupo de palmeros se arrancó con graciosas contorsiones rítmicas frente a su muy idolatrado hospital de campaña (¿política?)en Ifema. No sé si sus bamboleos frente a las cámaras se puede considerar perreo libidinoso, pero si a eso le sumas un bocata calamata, entonces yo creo que sí, que ya llegas a nivel perreo, tú ya me entiendes. Era un día seco y soleado, pero creo que alguien humedeció.

De lo que se sigue que con tanta actividad no cabe acusarla de perrear en el sentido de abandonarse a la calma chicha, a dejar pasar la vida lánguidamente, a verlas venir sin más. Porque, aunque en un doble ático con vistas de ensueño estés expuesto a la desidia, ella no hizo otra cosa que trabajar y trabajar. Pasó días y días organizando compras de material necesario para proteger a los madrileños, se encargó personalmente de que no faltaran test PCR y de que hubiese protocolos de actuación para las áreas de salud, educación y sobre todo turismo. El poco tiempo que le quedó no lo malgastó en ñoñerías, se arremangó y dijo, a ver qué pasa con esos contratos para tener médicos y profesores, que los 1500 millones de euros se me van a quedar cortos. De perrear nada, si algún día se distrajo y fue a misa o a hacerse unas fotillos, ni fue por devoción ni por postureo, sino por exaltación del activismo que, siguiendo la estela de Manuela Malasaña, creyó necesario para levantar la moral de los madrileños. Y si no ¿por qué aplaudió la apertura temprana de bares y restaurantes? Para celebrar la victoria, leñe.

De modo que espero os quede claro que la presidenta perrea, perrea y perrea, pero en el buen sentido de la reiteración, porque no solo tiene background en la ensaltación de la vida canina, también porque no ceja, trabaja como la que más para que la ciudadanía de la comunidad de Madrid se sitúe a la vanguardia del covid (ahí están los datos)y porque cuando llega la ocasión puede mover sus caderas como si el Calentito no hubiera cerrado nunca.

Es más, ayer mismo que tuvo noticias de la utilización en Dinamarca de perros adiestrados para la detección de casos de Covid que ya han tenido éxitos contrastados en la identificación de  dolencias varias en las que han demostrado una capacidad de diagnóstico bueno, fidedigno y barato,  se puso a dar saltos de alegría, cabriolas sin fin y movimientos rotatorios de sus cuartos traseros, y mientras babeaba no paraba de gritar, ésta es la mía, ahora me toca a mí, nadie sabe más de esto que yo, a perrear no me gana ni Rex por muy policía que sea,  Fernando Simón, empaqueta tu equipaje y vete con Calleja, pero para mucho tiempo.

En esas estaba cuando se le acercó Casado y le endilgó una chuche que guardaba olvidada en un bolsillo desde el último encuentro con M. Rajoy.

Perrear, perrear y perrear