lunes 01.06.2020

No logo / No logos

Naomi Klein está de moda (perdón, quería decir es trending) porque aparece una nueva entrega del combate de esta mujer contra la barbarie del consumismo que identifica vida con éxito en el mercado (como productor y/o como consumidor). Respetando sus deseos (entiendo yo) no voy a promocionar su libro, no voy a prestar este espacio para hacer marketing de un libro contra el marketing, pero como este artículo está en parte inspirado en sus reflexiones, quiero dejar claro que a mí me merece todo el respeto del mundo y por mi parte queda dicho que Naomi Klein es una pensadora necesaria en el contexto de capitalismo actual.

No logo, el título del libro con el que alcanzó notoriedad internacional, es un texto que expone la loca tergiversación que los mercados introducen en la vida de las personas transformando su escala de valores y el repertorio de los actos a seguir en la vida por una serie de ritos de compra que tienen que ver con posiciones de las marcas para construir discursos falsarios. En su interpretación, que comparto totalmente, el mundo organizado por las marcas viene a decir, para qué esforzarte en ser una buena persona, veraz, un ciudadano comprometido, un sujeto admirado que recibe reconocimiento y simpatías por su dedicación a las causas nobles, cuando puedes ponerte un desodorante que va a poner bajo tus pies a todo quisque. Nadie va a preguntar si eso que te pones en las axilas y te convierte en irresistible ha sido fabricado en condiciones de esclavitud por un ejército de desahuciados sociales, ni si los vertidos químicos resultantes del proceso afectan a las aguas, el aire o los suelos.  Si acaso, siguiendo la lógica de las marcas que moldean los mercados,  se preguntarán si mereces la pena, dado que usas desodorante en lugar de finas esencias aromáticas puestas a disposición de quien pueda pagar  150 € por decilitro. Eso es estar en sociedad, ir a más, estar puesto, lo otro es jujanar.

No logo plantea con lucidez esta cuestión, que yo asumo, la de la relación perversa de las marcas con la orientación general del sentido de la vida. Pero  a mí me preocupa más la cuestión de la interferencia de las marcas y los mercados en lo cotidiano, en la distancia corta, porque eso es lo que afecta al logos, a la manera de entender,  asimilar  y comprender el mundo y sus elementos. El logos es la forma de verse, de interpretarse y finalmente de aceptarse y con ello aceptar todo lo demás.

Por ejemplo, la relación de una comunidad con su pasado es fundamental, define el modo en que dicha comunidad va a guiarse en el futuro. El peso y la relación con los ancestros es particularmente importante, el modo en el que se recuerdan, se respeta su memoria y se acoge su legado configura el orden y valor que le damos a lo que hoy, que aún estamos vivos, hacemos. El sentido trágico y trascendental del recuerdo de los que ya no están, se ha convertido en una irrisoria y patética banalización del continuo de la vida llena de arrabaleros disfraces que cambian la lógica de exigir el respeto de la memoria histórica por un holliwodiense truco o trato. La celebración de las ánimas convertida en party de Halloween, el recogimiento de los actos fúnebres  en mercancía de todo a cien. Esto responde a una alteración del logos que distorsiona la vida en común.

Esto no es más que un ejemplo de la interferencia de los mercados en la constitución esencial de las comunidades. El mercado va introduciendo mecanismos de injerencia en cada rincón de la vida y va desplazando cualquier práctica que se resista a ser mercantilizada. Se puede comprar y vender prácticamente todo, productos, servicios, finanzas, gobiernos y oposiciones. También se puede comprar y vender la voz y la modulación del discurso que sostiene la contumacia de gobiernos inalterables ante el dolor y la lealtad de oposiciones conniventes. Desde luego que se puede comprar y vender los espacios de privilegio que aportan el boato del propio poder (esta es su especialidad). Se puede comprar y vender el agua y el aire que bebemos y respiramos, la salud y la enfermedad, incluso quienes somos y por tanto quienes deberíamos ser…

Por si resta alguna resistencia nada como convertir un acto simple y  prosaico como las rebajas en una festividad, en un acto mitológico llamado black Friday (me sorprende que la Iglesia no reaccione, que se revuelva ásperamente contra la procesión minoritaria del coño insumiso y acepte con resignación este atropello a la exclusividad en materia de sacralizaciones). Ellos verán, pero lo que nosotros ya vemos es que la desorganización del logos tradicional y su suplantación por uno que no tiene más base que la cuenta de explotación de las empresas concurrentes en el mercado produce arritmia física y fatiga sicológica, que deriva en ansiedad que solo se libera totemizando una víctima para ser sacrificada en el altar.

La inmigración cumple ese papel sacrificial en Europa (Le Pen, Wilders, Orban, etc), en Reino Unido (May, Farage, etc), en EEUU (Trump, Rubio, etc) y en otros lugares del planeta. El desorden debido a la acción de los mercados  no puede repararse más que con un chivo expiatorio. Las cosas te van mal porque el mercado te exige cada día algo más y te otorga una gratificación vaga y transitoria, te da poco para que vuelvas pronto y alguien debe pagar por este sindiós.     

Antes que después habrá marcas (logo) que patrocinaran fletes para devolver personas inmigradas más allá de las sagradas fronteras. De este modo obtendrán exenciones fiscales y calmaran el logos (ideario)  comunitario que no puede aceptar mentalmente que una respetable marca actúe en contra de los principios universales. 

No logo / No logos