lunes 01.06.2020

Munícipes y performers

Resolver las contradicciones que genera el capitalismo globalizado es una responsabilidad que atañe con particular intensidad a eso que se conoce como el Occidente. Y la que requiere urgencia inmediata en su tratamiento, dada su capacidad de yugular la viabilidad de la experiencia humana, es la de haber situado el hiperconsumismo como eje del engranaje que lo mueve todo. Esta es una contradicción que enfrenta un mundo de recursos limitados ante a una voracidad consumista insaciable, algo que nos condena por inviable. Todos lo sabemos, pero de momento no hay plan B, no parece haber alternativa con capacidad suficiente para seducir la conducta de miles de millones de seres humanos que ven en el consumo desatado un ideal, un modo de vida.

Occidente tiene una doble responsabilidad en abordar esta cuestión, en primer lugar una responsabilidad que podemos decir moral por haber creado este fallido modelo de vida, y en segundo por ser el espacio geopolítico que contiene el mayor número de experiencias de éxito y fracaso ligadas al consumo desmedido como referente. Hasta aquí la parte sencilla, el diagnóstico: el modo de vida occidental no es viable. Ahora lo complejo, la terapia o cómo revertir esta situación. Difícil cuestión pues el consumo es un acto basado en el intercambio por el que nos proveemos de lo necesario para mantenernos con vida, es una interacción social de base material, pero es al mismo tiempo un acto simbólico con el que adquirimos, o creemos adquirir, una posición relativa al estatus social al que aspiramos, característica dominante en la economía de mercado que Marx introdujo en sus tesis como fetichismo de las mercancías.  El consumo tiene que ver con la cobertura de necesidades materiales y con la recreación simbólica de la realidad. Así es que tratarlas debe tener que ver con la gestión de las necesidades materiales y con la producción o eliminación de una realidad mitificada según un catálogo de símbolos insertos en gamas de productos.

La satisfacción de las necesidades materiales se halla en proceso de superación, solo la codicia impide una cobertura universal de todo cuanto hombres y mujeres necesitan para vivir una vida digna y salubre sincronizada con los recursos del planeta, es una cuestión de acuerdo y gestión. Pero todo lo relacionado con la creación de  entidades simbólicas se encuentra muy alejado de nuestro alcance, ni sabemos con certeza cómo se producen las sucesivas esferas de realidad simbólica, ni sabemos medir su alcance, ni entendemos suficientemente  su capacidad de auto regenerarse.  Sabemos que como en el caso de los gremlins, si se dan las circunstancias requeridas (de humedad en el caso de los gremlins o de promoción marketiniana en el caso de los mercados globales) se multiplican y actúan con una irresponsabilidad límite.

Por las razones aducidas, Occidente debería embarcarse en modelos vitales en los que la carga simbólica desaparezca como elemento sustantivo de los objetos de consumo y se sitúe de nuevo en el de los productos  inmateriales que dan sentido a la vida interior de los sujetos. La producción cultural y científica de mitos y de utopías es el lugar adecuado para los símbolos. La producción de objetos destinado a la reproducción de la vida debería focalizarse a la estricta aportación de niveles superiores de calidad en lo producido, entendiendo por calidad su capacidad para mejorar las condiciones de la vida material de la sociedades en proceso de desenganche. 

La pregunta es dónde obtendríamos energía y “saboir faire” para atacar estos dos flancos del hiperconsumo. Y mi respuesta está inscrita en el enunciado de esta artículo, en los ayuntamientos y en el arte performista.

Los ayuntamientos, proactivos en esta cuestión se entiende, porque son las instituciones vinculadas a la ordenación de lo que ocurre aquí y ahora. Son unidades de organización política que pueden cogestionar la ordenación racional del consumo de los recursos necesarios, adecuar el ritmo social a esta modalidad de consumo (la racional ajustada a la sostenibilidad), así como combatir el uso de recursos cuya única finalidad es marcar o significar diferencias meramente aparentes. Gestionar el espacio de proximidad de un modo sostenible.

Pero combatir la apariencia no está en manos de munícipes, sino de artistas, de productores de realidad simbólica. El arte no ha dejado de profundizar en ello, en la búsqueda y presentación de realidades simbólicas una veces trascendentes otras veces conniventes. El arte de la acción (performativo) también juega a ello, a promover una presentación simbólica de la realidad, pero su compromiso con el aquí y el ahora conecta esta forma de arte con la recuperación de lo que resulta necesario y de lo que es mera contingencia prescindible. El arte acción colecciona en un instante todo lo que resulta relevante para la vida.

Y es que salvar al mundo de la hecatombe consumista requiere recuperar el control del contorno espacial inmediato y de crear mitologías reconocibles sin la mediación de curas, coachings o publicistas.

Munícipes y performers