lunes 01.06.2020

Es más, mucho más de lo que parece

Desde el 74, el capital ha ganado todas la batallas regulatorias, sobre todo en lo referido al comercio sin tasas compensatorias y a la libre circulación de capitales, pero toda campaña tiene su Waterloo

Me refiero a la lucha contra los tratados internacionales para el desarrollo del comercio, que bajo siglas como CETA, TTIP o NAFTA  se están desplegando en distintas partes del planeta. Y digo esto porque en las últimas fechas, coincidiendo con jornadas de lucha y contestación, han aparecido decenas de manifestaciones expresadas  vía artículos, tweets o llamadas de otro tipo para oponerse a la firma de los tratados mencionados, que me parecen distorsionados, rebajados en sus potencial crítico y por ello un tanto estériles.

Comparto el diagnóstico de que los tratados encubren un sutil engaño y que son una agresión a los derechos de trabajadores en particular y la  ciudadanía de manera general. Pero  discrepo  en la génesis y objetivos que se atribuyen a este tipo de tratados. Se les presenta como si de una maniobra ocurrente se tratara, una operación de marketing surgida de la necesidad de incrementar sin más la cuenta de resultados de las grandes corporaciones. Y esto es cierto en parte, la aplicación de los tratados internacionales va a verse reflejado en las cuentas de explotación, pero esta no es en ni la causa ni el efecto principal. Es más, mucho más que esto que parece a primera vista.

Las multinacionales disponen de grandes posibilidades de maniobra para acrecentar sus ratios de rentabilidad, en principio no tendrían por qué apostar por los tratados como mera forma mercantil de agrandar beneficios. Si lo hacen es porque siguen una regla escrita por un militar alemán llamado Karl Klausewitz para quien el sentido de la guerra es inferir el mayor daño posible al enemigo. No importa la situación, no importa el tempo. Hasta la claudicación final, el dolor (gratuito o no, recordad Siria) es lo único que debe perseguir el combatiente. Y esto hacen las multinacionales manejando a discreción las instituciones en Washington o en Bruselas, causar el mayor daño posible a su enemigo ¿Qué quién es su enemigo? Cualquiera que no forme parte del selecto club que forman las elites cosmopolitas identificables por su pertenencia a consejos de administración, posesión de stock options, o cómo mínimo tarjetas black.

¿Es que había una guerra? ¡Pues sí, alma de cántaro! El que algunos abandonaran su vocación marxista y proclamaran que la guerra de clases había terminado no era sino una rendición incondicional. Colaboracionismo al fin en una guerra que explotó en el año 1974 con la voladura de los acuerdos interclasistas de Breton Woods. Pero la rendición no ha servido de mucho, pues siguiendo la máxima de Klausewitz hay que aplicar el mayor dolor al menor precio posible. El capital ha venido ganando esta guerra batalla tras batalla, lo decía el mismísimo Warren Buffet, lúcido gestor del fondo de inversión Hataway, ¡Claro que hay una guerra de clases, y nosotros los capitalistas vamos ganando!

Sí, así es, el capital no ha perdido ninguna batalla decisiva en el control del planeta y sus modos de gestión y organización desde que se vio descomprometido de paliar los desastres de las dos grandes guerras y la liquidación de los imperios coloniales que le habían afectado de lleno. Su exposición al desastre le llevó a un cierto entendimiento con las clases antagónicas, que desde el año 74 ha dejado de resultar necesario. Rota la tregua, ha utilizado armas de destrucción masiva, mediante el tutelaje y adiestramiento de dictaduras sanguinarias exterminadoras de los elementos más recalcitrantes, amparados en el escudo de la guerra fría.

Reducida la contestación al grado de indefensión, desnortadas las clases populares el FMI se encarga del cuidado del campo de prisioneros. Reparte el rancho y manda a aislamiento a quien persevera en el desacato. Evitar los desequilibrios macroeconómicos es ahora la justificación empleada para aplicar la pena continua y el castigo puntual.

La globalización es una oportunidad de oro para acentuar su dominio. Los problemas locales puede ser reducidos a mera marginalidad, ya no es necesario tener que aguantar a matarifes vestidos de general ni a lunáticos disfrazados con plumas y pieles de leopardo a juego. La digitalización puede evanescer esta necesidad. El dinero y el poder pueden emanciparse de su condición de sujeto físico y local y guarecerse en el limbo global de Wall Street, London o Singapur.

Las clases dependientes ya no son un enemigo, vistos en la escala global se diluyen, pero sí lo son algunas de las instituciones históricas residuales, como las estructuras legales sobre las que se sostienen los gobiernos soberanos. ¿Nos dañan? Se preguntan los estrategas de guerra del capital. No, pero entorpecen nuestro objetivo y a veces protegen a trabajadores y consumidores. Pues saltemos por encima. Si son sus instituciones, pues guerra institucional, sin son sus legislaciones, pues cambio legislativo, si interfieren los tribunales, creemos tribunales alternativos, hasta podríamos nombrar al exministro de España  Soria como presidente de algún tribunal de arbitrio de conflictos ente los estados y, por ejemplo, las multinacionales del petróleo, o del turismo…

Desde el 74, el capital ha ganado todas la batallas regulatorias, sobre todo en lo referido al comercio sin tasas compensatorias y a la libre circulación de capitales, pero toda campaña tiene su Waterloo. La oposición a los tratados internacionales de libre comercio, desnudada ya su verdadera identidad, puede ser la batalla sobre la que gira el destino de la guerra. Por eso lo que ocurre estos días en la calles de Europa es mucho más de lo que parece.     

Es más, mucho más de lo que parece