sábado 14.12.2019

La tiranía es un hábito

Se ha puesto de moda elevar a la condición de líderes a botarates que tras su confirmación electoral mutan a la condición de tiranos

La tiranía es un hábito, lo dice Dostoievski en memoria de la casa de los muertos. Así en frío, esta reflexión pone los pelos de punta, pero lo peor es que la práctica abominable del tirano se traslada a los pueblos a velocidad de vértigo y con los peores resultados, pues también deviene en hábito. El tirano reconoce en su doble moral que lo que hace daña a otros, pero le beneficia a él. Y por ello no le importa ni lo más mínimo perpetuarse en su macabra insistencia maléfica. El perfil esquizoide de todo tirano le protege, pues cuando no hace daño a nadie, también él mismo se siente útil y bondadoso al inaugurar centros de mayores o pantanos, que le alivian del mal sabor de boca que le produce su conducta desviada. Cuando la debilidad moral del tirano arraiga en los pueblos, éstos carecen de mecanismo de defensa esquizo para compensar su bajeza. El tirano es siempre capaz de flirtear con distintas versiones y optar siempre por la que mejor le conviene. Cuando los pueblos se despeñan por sendas de la irracionalidad y el brutalismo, no tienen freno.

Pongamos un ejemplo, Trump es absolutamente consciente de que su posición frente a los inmigrantes le beneficia porque le atrae votos y respeto. Pero él no tiene nada personal contra los inmigrantes, sus padres, abuelos y sus dos esposas son inmigrantes de hecho, han adquirido la nacionalidad USA hace sólo unos años. Su actitud tiránica frente al colectivo de los migrantes se debe a razones de aprovechamiento de un hecho cotidiano en la historia de los EEUU, que con la brutalidad que el tirano puede provocar lo convierte en un torbellino lleno de oportunidades. Es lo que se conoce como chivo expiatorio. Cuanto más irracional y más severo sea el sacrifico del chivo, cuanto más alto sea el altar o más cámaras le dediquen su atención, más ganancias para el tirano que diseña el exorcismo. En un par de semanas, la marcha de los refugiados de centroamerica hacia el norte ha sido más seguida y conocida que la travesía del desierto de Moisés y sus acompañantes que deambularon 40 años. Su apuesta ha sido la de convertir el hambre de unos miles en unos millones de votos, transformar la natural la compasión en una extraña turbación.

Hasta aquí es algo sabido, lo que resulta menos entendido es el fenómeno de la transfusión que la brutalidad del tirano inyecta en su pueblo. Si quieres seguir con el ejemplo anterior he de decirte que no hay que ser muy conspicuo para relacionar la matanza de judíos en la sinagoga de Pittsburg con la actitud supremacista del tirano en jefe. Pero si deseas contrastar con otras tiranías reconocidas, revisa las imágenes de la Alemania nazi o a los vecinos de toda la vida de Sarajevo denunciarse entre ellos a sus respectivos animales al mando. Comprobarás que la inquina y perversión están a la altura de los líderes que proclamaron sus odios respectivos. Solo que en el corazón de los pueblos se queda incrustado  largo tiempo, más allá de la desaparición del tirano y de su causa.

Por qué esto se produce así es algo que desconozco, pero de lo que no me cabe duda es la alta inflamabilidad social que producen las bravatas del tirano, aquí todavía arrastramos el cadáver de un dictador porque parte de mensaje de odio quedó grabado a fuego y a sangre en el corazón de quienes convirtieron una carnicería en una cruzada. El tirano dedicó su vida a pescar, cazar y acumular patrimonio expoliado con el que darse un vida de regalo que enjuga lo sentimientos de culpa que pudieren surgirle. En cambio, lo que se conoce como franquismo sociológico, que no ha cosechado más que insidia y desprecio nacional e internacional, aun da la lata sin que sepamos exactamente por qué.

Todo parece indicar que la acción tiránica tiene un efecto modificador de las estructuras de las sociedades en las que aparece. Es como esas proteínas sintéticas que inoculadas en el ADN de cualquier ser producen una alteración de éste dando lugar a otro que luego se reproduce durante generaciones.

Y todo esto viene a cuento de que parece que se ha puesto de moda elevar a la condición de líderes a botarates que tras su confirmación electoral mutan a la condición de tiranos. Cuando aparecen las evidencias tiránicas de la perversión y surgen los arrepentimientos, dar marcha atrás es muy complicado y sugerir que todo ha sido una broma producto del enfado con el establish resulta ya muy tarde, pues el modelo de acción tiránico dedica sus primeros esfuerzos a encender los motores de la mala hostia y hacerla contagiosa. Llegados a este punto, la actitud tiránica se convierte efectivamente en un hábito que tiñe de déspota al tirano y de esbirros a los ciudadanos antes soberanos.

En Mayo, en las elecciones al parlamento europeo vamos tener la oportunidad de jugar al juego de la papeleta rusa, con un montón de candidatos prototiranos en todos los rincones del continente y muchos europeos tentados de ponerse al límite. Quiero recordarnos a todos que cuando el juego es un hábito se convierte en adicción y cuesta mucho salir de ella.    

Y estamos hablando de Europa, ese pacífico territorio que contiene el mayor número de tumbas de soldados y vecinos represaliados de los conocidos en la Historia.

La tiranía es un hábito