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sábado. 25.06.2022

Lo incidental en el arte y en la política

Dejó dicho Adorno en su teoría estética que el arte es aquello que no es ninguna otra cosa. El arte es lo indefinible, lo inexplicable, lo inaprensible, lo imposible. Por eso el arte siempre sorprende porque aborda lo inabordable, porque se adentra en lo irreconocible, porque ilumina con luz negra para evitar el deslumbramiento. El arte no es nada que no quiera ser, pero tampoco es libre en su elección. El arte hace lo que tiene que hacer, sin responsabilidad alguna más allá de la experimentación. Porque el arte es sobre todo hacer, el arte es lo más alejado de la especulación que pueda aceptarse. El arte es el arte y su función, probablemente no deseada, es la de educar  facilitando la asimilación, convertir en algo razonable aquello que proviene del puro desvelamiento arracional. El arte es un caballo desbocado que no encuentra ninguna razón para no volar sobre prados y cercas, a riesgo de partirse la crisma en sus cabriolas.

El arte no tiene preceptos, nada guía su dirección y los requerimientos técnicos son apósitos posteriores que facilitan o mejoran resultados con técnicas (pictóricas, escultóricas, fílmicas, etc) que no aportan a la obra de arte más que academia, rigor y autoridad, algo que el arte combate por principio. En esta tesitura, lo incidental tiene un peso enorme. El arte ha ido acompañando a la historia  a base de incidentes, afortunados o no, que lo convierten en el intérprete de los tiempos, algo así como los subtítulos de las películas en versión original.  El que los escultores mesopotámicos optaran por adelantar un pie de sus hieráticas piezas fue un incidente en el arte, y (nunca mejor dicho) un gran paso para la humanidad. El movimiento deja de ser una estrategia de producción y guerra restringida a esclavos o guerreros, de ahí al olimpismo y a la reivindicación del valor de los juegos, la alegría, el entendimiento y la concordia no hay sino un simple paso, pero vaya paso. Que Masaccio reflejase guijarros  del pavimento y ropa aireándose en las ventanas que decoran las escenas bíblicas es otro incidente que acaba situando a la vida ciudadana del cuatroccento en el centro de la historia. El arte de Masaccio subraya el hecho de que es la ciudad la que acoge los acontecimientos, no es un rústico pesebre ni un fenomenal templo. Es la ciudad y a partir de ese momento los ciudadanos ya son el sujeto de la historia, el arte lo ha confirmado. El incidente artístico enlosa  el devenir de la historia.   

En política, lo incidental juega un papel igualmente destacado y determinante. Las tragedias más horrorosas de la historia de la humanidad  y algunas de las satisfacciones tienen su origen en un incidente que en principio carece de relevancia, hasta que se percibe el potencial transformador que el incidente posee para variar la marcha de la historia. El más destacado de todos, el asesinato del Emperador de Austria en Sarajevo provoca el enfrentamiento de Austria y Serbia que acabará desencadenando la I guerra mundial y su record de personas muertas y desplazadas en Europa. En el lado del haber, y con todos mis respetos para Mohamed Bouazizi, el joven tunecino que optó por inmolarse en protesta por el trato recibido de la autoridad de su país,  desencadena una ola de movimientos sociales, que aún no ha terminado y que tienen el valor de sacudir el estatus quo diseñado y esponsorizado por Occidente en Oriente Medio y norte de África. Incidentes que modifican el decurso de la historia, sin que ello signifique que la misma es una respuesta condicionada por el incidente. Es que el incidente tiene la propiedad de actuar como heraldo de lo que está por venir. Esto es en mi opinión lo único que comparten arte y política, su sensibilidad frente a lo incidental. Su respuesta desmesurada ante lo que en principio no es sino un detalle, un evento más.  Cuando la opinión pública otorga al incidente un carácter de cosa transitoria, algo en fase de superación, polvo que el viento se llevará, el arte y la política echan raíces en tan “efímeras” circunstancias.

Al menos así ha ocurrido  a lo largo de la historia del arte y de la política. En la actualidad disponemos de una buena colección de incidentes que podrían ser considerados el inicio de una nueva etapa de la evolución de la humanidad, incluso de su extinción. Trump es un incidente visto en determinada perspectiva, la salida del reino unido de Europa otra. Los golpes de estado parados con el pecho y agitados por vecinos y curiosos están en la lista de incidentes con potencial desestructurador. Hay otros más como la monopolización de los medios de comunicación expuesta como un asunto de los mercados, o las afirmaciones contundentes e irreversibles  que no aguanta ni media hora de chalaneo en los pasillos de los parlamentos. Todo ello puede considerarse incidental, pero son muchos incidentes, demasiados para estar jugando con fuego.

El fuego que una vez nos queme quizás sacralice el arte. 

Lo incidental en el arte y en la política