lunes 01.06.2020

Gaudeamus igitur

La universidad ha entrado a formar parte del catálogo de bienes susceptibles de ser acumulados por las élites extractivas que antes no perdían el tiempo en esas cosas menores y centraban sus esfuerzos en la participación en un consejo de administración o en un club de polo

Alegrémonos pues, canta en sus primeras estrofas el himno in pectore del mundo de la Universidad. Un canto que contrasta la virtud del conocer frente al desquicie de la ignorancia, que celebra la alegría de vivir por encima de la funesta convicción de la muerte. La vida son dos días, no los malgastes, estudia, conoce,  aprende, acude a la universidad, sé feliz mientras aceptas tus limitaciones como ser humano, proclama el himno. Y eso digo yo, alegrémonos de lo que está sucediendo en el mundo académico, pues su borrascoso protagonismo enriquece a una universidad que de ser un lugar arrinconado, mítico e inaccesible para cerca del 75% de los españoles que, aunque la financian con sus impuestos, apenas entienden ni participan de nada que tenga que ver con su vida ni con las instituciones académicas a ella conectadas, pasa a ser objeto de debate, a poblar la cotidianeidad ¡Oh milagro, la Universidad presente en la vida de los españoles! 

Ahora son millones quienes saben algo muy preciso sobre la universidad: que está en la pomada social, que otorga estatus, que muchos de los que se ufanan de su superioridad la han conquistado, con buenas o malas artes, en las sedes universitarias. Antes de este descubrimiento ya intuían que si los puestos de trabajo se repartían en orden descendente en función de la jerarquía del título universitario obtenido, ello se debía a algo indiscernible que ocurría entre los escaños de las aulas magnas. Ahora ya saben con certeza qué es lo que ocurre allí, además de los circunstanciales esfuerzos realizados por quienes pasan unos años de dura disciplina pedagógica: la universidad ennoblece. Tanto que hay muchas personas dispuestas a cualquier indignidad con tal de adquirir su dote de nobleza.

Se ha producido un desvelamiento, la universidad ha quedado expuesta, no tanto a escrutinio, cuanto a transparencia (querida o no). Comienza a verse el fondo de la vida institucional, y no solo bajo la óptica de los miembros de las clases altas y medias favorecidas por la existencia de la entidad universitaria. El inmenso resto de la sociedad comienza a tomar nota de la actitud de las clases beneficiadas por su existencia tal cual se da, corresponsables por tanto de lo que ocurre, participes a título lucrativo de los excesos cometidos por ésta.

Porque los fraudes en la obtención de títulos emitidos por la universidad no es sino el epítome de otros males que se han diagnosticado con reiterada insistencia sobre la endogamia de la universidad española y su falta de predisposición al espíritu crítico y al fomento de la epistemología adecuada a la investigación. Diagnóstico que no ha llevado a pauta de curación de ningún tipo e ilegible para el profano, para ese 75% de españoles que no van a la universidad ni se les espera a ellos o sus hijos, que no pueden pronunciarse sobre el grado de endogamia que cerca los claustros ni puede o quiere valorar la arquitectura universitaria orientada a la investigación y la innovación. Pero que sí entienden claramente que la universidad tiene algo muy especial pues los de arriba se parten la camisa por obtener sus favores. Y de esta toma de conciencia emergerá el antibiótico que cure de una vez la enferma universidad española, alegrémonos pues.

La alegría que recorre el país al completo (o debería) es, como en el caso de la secuencia del ADN, de doble hélice pues los acontecimientos nos acercan primero al objeto universitario en sí mismo, a sus estructuras, logros y carencias. Y segundo simplifica la comprensión de la relación estructural que la universidad tiene con el resto de las dinámicas sociales, políticas, económicas y laborales. Y con esta doble hélice se garantiza el éxito de la información contenida tanto en el fluido nucleico como en el universitario. Conocer es disfrutar así que sí, gaudeamus amigos, pues hay motivos de alegría y confianza en que esta difusión social del rol de la universidad no puede sino hacerla más fuerte, más justa, más de todos.

Por si esta llave de doble hélice de reinterpretación no fuera suficiente para alegrarnos del futuro que espera a la universidad, queda una tercera llamada de atención sobre su renacida trascendencia vital que no puede sino llenarnos de regocijo. La universidad ha entrado a formar parte del catálogo de bienes susceptibles de ser acumulados por las élites extractivas (1) que antes no perdían el tiempo en esas cosas menores y centraban sus esfuerzos en la participación en un consejo de administración o en un club de polo.

Si la Universidad y el mundo académico de verdad interesan a las élites extractivas como parece, no podemos sino cantar a grito pelado: Gaudeamus igitur.


(1) Por qué fracasan los países. Acemoglu y Robinson, Deusto editorial. (Si se cita, se cita...).

Gaudeamus igitur