lunes 01.06.2020

Fallan los mecanismos inhibidores

El daño autoinfligido que se deriva de múltiples decisiones tomadas de manera libre por ciudadanos autónomos e instruidos en muchas partes del mundo suena a fallo generalizado de la función de los inhibidores que ya describieron hace tiempo los principales etólogos  con Lorenz a la cabeza. Trump, Brexit, Fillon y otros mazazos  por venir,  revelan un descuido con efectos muy perjudiciales para la evolución civilizadora que el hombre ha iniciado con las sociedades basadas en el respeto a los derechos de hombres y mujeres

Los biólogos etólogos interesados en la conducta de los animales y su relación con las especies y su evolución, advirtieron que la violencia cumplía un papel esencial en el desarrollo de la vida, tanto la violencia intraespecie, de individuos de una especie dirigida contra congéneres, como extraespecie, en pugna con individuos de otras especies. En su opinión la violencia juega un papel determinante en el modelo de evolución. La violencia es una especie de mecanismo de ralentí que mantiene el motor siempre activo. Pero tiene un inconveniente, un gran inconveniente, la violencia es destructiva, peligrosa en sí misma. Por ello, como mandatorio natural de la viabilidad de toda especie, la vida genera un blindaje frente a la violencia excesiva, son los denominados mecanismos inhibidores que previenen del daño que la violencia puede provocar sobre todo entre los sujetos de la misma especie (también  modula el impacto cuando actúa sobre sujetos de otras especies).

Los inhibidores impiden que el daño colateral del ejercicio de la violencia acabe afectando a la propia evolución de la vida. Por ello los animales que dirimen su preeminencia en combates a testarazos, como cabras o ciervos no pueden dañarse de manera letal por la composición de sus cornamentas o los predadores no pueden dejar de respetar los ritos de sumisión del vencido. Ambos pueden definirse como mecanismos inhibidores de salvaguarda del proyecto de la especie en particular y de la vida general.

El hombre, la especie  con mayor capacidad de destrucción cuando recurre al ejercicio de la violencia tiene mecanismos inhibidores biológicos, pero sobre todo morales y culturales que actúan como elementos de contención que impiden la autodestrucción ¿Funcionan siempre?  Repasa la historia amigo y extrae tus conclusiones.

Lo que parece un hecho incontestable es que la humanidad se ha embarcado en un proyecto autodestructivo. Nuestro modelo de vida no es viable, el consumismo es insostenible (además de absurdo) para una población que se proyecta a los 9000 millones de seres en breve, los recursos se agotan y sus fuentes cada día están más contaminadas. Los síntomas del fracaso del modelo son contundentes, a pesar de la contumacia de los negacionistas, la percepción de la inminencia del desastre general ya no computa  como amenaza vaga sino como hecatombe asegurada. La conciencia de la autodestrucción semilla pautas de conducta que están neutralizadas por la norma  moral y por la acción relajante de la cultura, pero han dejado de ejercer sus efectos. Por ello, tanto la ética como la cultura se han convertido en instrumental obsoleto para la fase vital en la que se encuentra una parte sustantiva de la humanidad que parece haber optado por el camino corto, por el suicidio.

Como esos sujetos que se arrojan por la ventana del piso 18 de un edificio en llamas, los acontecimientos iniciales de este siglo XXI suponen otros tantos lanzamientos al vacío de seres humanos tratando de escapar de la austeridad como forma de dominio de unos pocos hombres sobre todos los demás, de la miseria y el conflicto armado en pateras sumergibles, del odio racial y el sectarismo religioso que persigue la diferencia y penaliza la singularidad… Revisar este comienzo de siglo es pasar lista a los ausentes, asistir a una poda que tiene por fin depurar todo lo que no que no forma parte de la norma. Y esto va contra la humanidad como especie que hizo de la diversidad y de la pluralidad su caso de éxito.

La conciencia de amenaza objetiva de destrucción cierta y la constatación subjetiva del debilitamiento de la fuerza de reconstrucción moral y cultural, desata un proceso de bloqueo de los inhibidores de la destrucción propia y ajena que está en marcha y no parece que vaya a parar. 

Repetir el inicio del siglo XX con mimetismos financieros, reforzamiento de políticas austericidas, ensalzamientos nacionalistas y como resultado de ello recurrencia al fascismo es como si la humanidad se hubiera puesto de acuerdo en que si vamos a extinguirnos mejor cuanto antes ¡Fuera los inhibidores, quién necesita los escrúpulos morales, abajo la inteligencia, viva la muerte!

Fallan los mecanismos inhibidores