sábado 07.12.2019

Elogio del folclore, no cedas la palabra

Es unánime el reconocimiento de la existencia de dos tendencias que atrapan a las sociedades modernas: complejización de lo objetivo y simplificación de lo subjetivo. Nuestro entorno objetivo compuesto por lo social, lo geográfico y cultural se muestra ante nosotros de un modo desconcertante por su amplitud, algo que acentúa su complejidad. Por otro lado y por otras razones, las herramientas interpretativas se desajustan, provocando una debilidad del sujeto que intenta comprender qué es lo que ocurre en su entorno.

Cogidos en medio de ese choque, y cuando más necesario resulta, se constata la progresiva pérdida de habilidades cognitivas tradicionales relacionadas con los procesos de lectura, reflexión pausada y conformación de la propia opinión. El tiempo requerido para utilizar esas habilidades ha perdido lugar, siendo sustituido por una inmediatez que apela a la elementalidad de los datos necesarios para juzgar el mundo en el que uno vive. La simpleza expositiva de los datos se compensa con la elevación de la intensidad del mensaje y una excitación proactiva de los elementos friccionales del mismo. Así se consigue que juicios y opiniones deficientes se conviertan en solidas interpretaciones. Las redes sociales han jugado un papel, si no suficiente, si necesario en este proceso de puerilización o de interpretación de la realidad a partir de ideas poco elaboradas. Un grupo americano de expertos en semántica han estudiado la capacidad mental requerida para entender mensajes políticos; es necesaria una madurez cognitiva propia de los 17 o 18 años para entender el discurso político de Kennedy, solo 13 años para entender a Reagan, 7 años para entender lo que dice Trump.

El mejor amigo del bobo es su red social. Los hechos cantan, un profesor de la facultad de periodismo comentaba con tristeza y desesperación que sus alumnos, futuros periodistas, no leían periódicos (ni en papel ni en soporte digital). Yo ya estoy harto de hacer eslalon en la calle para evitar incómodos encontronazos con gente absorta en sus pantallas, a punto de batir su record de puntuación en algún juego trivial o trasmitiendo la última absurda fotografía de un amigo haciéndose un selfie al que solo le falta el belfo colgante.

El folclore agita ideas, genera formas y lanza conceptos que por elevados que sean, jamás se alejan de sus comunidades de origen

Por si esta situación no fuere suficientemente alarmante, la cultura, el espacio en el que tradicionalmente se han desarrollado las acciones para conectar al individuo con el mundo que le ha tocado vivir, está inmersa en un proceso de elitismo que lleva a la producción de arte, ciencia y filosofía hacia un rincón del cuadrilátero en el que resulta estéril para su misión de alumbramiento del desarrollo de la civilidad. Artistas, científicos y filósofos se están  convirtiendo en un grupo esotérico que les aproxima a la irrelevancia más allá de su exotismo general o su aplicabilidad puntual en esto o en aquello. 

Su querido o no elitismo les aleja de la resolución general de problemas y por tanto les convierte en actores sociales secundarios, altamente vulnerables. Tan pronto acechen la legitimidad del poder pueden ser barridos sin coste alguno para éste. Incluso su defenestración puede muy bien ser objetivo político del poder. Te defiendo amigo de estos “progres” que se ríen de ti. No sería la primera vez, el nazismo ya clasificó como arte degenerado toda aquella manifestación que chocara con los intereses oligopólicos de la industria alemana sostén del régimen genocida.

¿Deberían los intelectuales renunciar a sus caminos de exploración por tanto?  Yo creo que no, pero creo que sería bueno para todos el que se empeñasen en un acercamiento a las sociedades que fuera más allá de compartir expresamente las mismas injusticias o necesidades, un acercamiento que tendría más que ver con la comunicabilidad, con la facilitación de la comprensión del mensaje que el arte y la ciencia quieren trasmitir.

Y aquí es donde entra el folclore según pienso, pues el folclore en todas sus manifestaciones, sean musicales, artesanas, literarias, plásticas, conductuales, lingüísticas, u otras, posee un elemento de extraordinario valor: conexión inextricable con el entorno en el que nacen y se desarrollan. Por sofisticadas y abstractas que sean las producciones folclóricas, jamás se alejan del contexto de comprensibilidad en el que evolucionan. 

Y creo que es algo que debe ensalzarse no solo como elogio del folclore en sí mismo, sino como guía metodológica para enfrentarse a los peligros que un mundo escindido entre quienes plantean y quienes asumen (quienes producen y quienes consumen) nos reta. El folclore agita ideas, genera formas y lanza conceptos que por elevados que sean, jamás se alejan de sus comunidades de origen. El folclore nunca cede la palabra, siempre se entiende.

Un modo de vida que acoge intelectuales, productores de arte y ciencia que son incomprendidos por la mayoría de sus conciudadanos es tan precario como una sociedad que ha sustituido la moral por los likes.

Elogio del folclore, no cedas la palabra