sábado 21.09.2019

No diga populista, diga populero

Siempre que oigo la coletilla populista conectada a unas ideas o actitudes ridículas, pacatas, extemporáneas o abiertamente conservadoras me llevan los demonios, los demonios de la imprecisión

Comienza a saturarme oír adjetivar cualquier majadería política como populista. Nada más lejos de la realidad. El populismo nació siendo una iniciativa de los desamparados frente al dominio de quienes poseían recursos para imponerse. Y aunque hay distintas opiniones al respecto de su nacimiento, es ampliamente aceptado que nace en la lucha de los granjeros pobres americanos y de los trabajadores desprotegidos de la  industria contra la monopolización en el surgimiento de los ferrocarriles, el telégrafo, la electricidad y otras actividades en el naciente capitalismo americano del siglo XIX que atentan contra los principios liberales y sociales de la excolonia británica.  

El movimiento de los damnificados en el ámbito occidental nace en 1890 y se mantiene vivo hasta mediados del siglo XX. Parte de sus reivindicaciones y de sus apuestas fueron contempladas en el New Deal de Roosevelt, en cuyo equipo tuvieron presencia orgánica. Sirva el dato no como pedantería politológica sino como referencia de la importancia de un movimiento que, nacido del agobio y de la necesidad, va a convertirse en un referente de la estrategia económica y social que define el siglo XX, incluido todo el entramado del estado de bienestar social inducido por el programa socialdemócrata entreverado en el new deal rooseveltiano.

Los populistas del norte de América, como algunos movimientos revolucionarios del sur, asumen tesis premarxistas como la defensa del territorio por su relación con la producción agraria y ciertas señales identitarias por su vinculación a culturas localistas. Pero hasta ahí. El grueso de su planteamiento está polarizado por la lucha continuada contra el poder establecido y sus privilegios. Los movimientos populistas han sido una constante de las reivindicaciones de los desfavorecidos frente al privilegio de los poderosos con una identificación precisa de quiénes y bajo qué formulas actúa su hegemonía social. El señalamiento con nombre y apellido de quienes forman las elites y cuáles son sus instrumentos económicos de explotación ha formado parte sustancial de la reivindicación populista que de ese modo ha impedido la mistificación y ocultación de los intereses personales diluidos en consejos de administración, amparados por una forma particular de entender el culto religioso.  

El populismo es un movimiento social revolucionario que intercambia su dosis de conciencia de clase por una mayor beligerancia en la repulsa frente al privilegio, pero no por razones dogmáticas, sino por necesidad perentoria

Podría decirse que el populismo es un movimiento social revolucionario que intercambia su dosis de conciencia de clase por una mayor beligerancia en la repulsa frente al privilegio, pero no por razones dogmáticas, sino por necesidad perentoria. Es como si el reproche ante la injusticia y la desigualdad estallara sin más salida que abordar el colapso de lo que se ve desde la terraza de la azotea, desde lo que conozco e interpreto, pero intrínsecamente revolucionario, o cambio o nada.

Por esta razón, siempre que oigo la coletilla populista conectada a unas ideas o actitudes ridículas, pacatas, extemporáneas o abiertamente conservadoras me llevan los demonios, los demonios de la imprecisión. De lo que se habla en ese momento no es de lo popular orientador del movimiento populista, sino de lo populero  que distorsiona tanto el origen como la finalidad de quien en ello se esconde.

A diferencia del populismo, el movimiento populero se esfuerza en realizar una caracterización de lo popular que se corresponde con una caricaturización fácilmente manipulable. El populero tergiversa la visión de los acontecimientos para hacerlos coincidir con el devenir de los tiempos, justo esos tiempos en los que tan bien nos vino a mí familia y mí mismo. Trata de hacer coincidir el interés sectario con las aspiraciones generales obvias, travistiendo las ambiciones de casta en liderazgos tradicionales. La monarquía y el derecho eclesiástico son las formas más logradas de ese populerismo que aquí denunciamos. Pero existen otras manifestaciones con las que ahora tratan de atiborrarnos sus indomables representantes.

La defensa de la tauromaquia es quizá el ejemplo más tozudo. Sitúa el sacrificio gratuito de animales como una de las aspiraciones del pueblo, obviando que es una demostración cruel del modo en que se puede consumir el tiempo y la energía sobrante de las clases ajenas al poder. Abstraer a los individuos del sufrimiento y dolor que se exhibe requiere una capacidad de espectacularización del macabro evento solo comparable a los mejores montajes teatrales (éstos sin dolor).

El espectáculo deforma lo que tenemos delante de nuestras narices. Y a esto se dedica en cuerpo y alma el agente populero, se disfraza de populista y te presenta una realidad en la que, mira tú por donde, ganan los de siempre, sentados en los palcos de preferencia. El coso es sustituido por la televisión, la peña por la red y el pan y toros se mantiene vivo en versión 4.0. Lo que no cambia es la figura dominante del caballista, el fanático dispuesto a pasear en hombros al maestro y que la lidia suele ser cosa de tres. Por favor no vuelva usted a decir populista cuando se refiera a esto, diga populero y se acercará más a la realidad.

Te pido perdón amigo lector por este neologismo que suena tan parecido al de porculero, que no sé yo si es solo parecido onomatopéyico o hay más.

No diga populista, diga populero